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PANDEMIA

Democracias de concentración

20 de junio, 2020

El planeta se ha detenido y encontró una pausa para enviar un mensaje de replanteamiento de cómo está funcionando la democracia en que vivimos. La humanidad le respondió: nada cambiará.

Las “comunidades imaginadas” de Benedict Anderson se han transformado en una nueva comunidad global de carácter virtual, donde todos estamos interconectados y a esto le damos un valor de progreso.

Pero la aldea global presenta indicadores de distribución del ingreso preocupantes. A su vez, las sociedades de psicología y psiquiatría del mundo informan que las patologías de la salud mental han empeorado y los vínculos interpersonales se han deteriorado aún más.

La pandemia congeló la historia y nos arrodilló ante un espejo kafkiano para dejar a la luz las miserias y tensiones de una forma de producir y distribuir injusta, de una falsa cooperación multilateral, de una ficción de Estados poderosos que no pueden hacer frente al valor central de la vida y la salud. Pero sobre todo de una sociedad que no logra equilibrar los procesos de concentración del poder y la riqueza que Pierre Rosanvallon denominó “el desgarro de las democracias”.  

Los inobservables de los Estados predatorios, teorizados entre otros por Peter Evans, se hicieron visibles ante un mundo de espectadores confinados a zambullirse en la digitalización compulsiva.

El resultado de esta crisis sanitaria, económica y psicosocial será el aceleramiento de las contradicciones subyacentes que ya estaban presentes y evitará el sueño hegeliano de la historia como la evolución de la autoconciencia de la libertad.

Esta dinámica dejará a las sociedades con dos polos estructuralmente desparejos y en tensión permanente.

Por un lado, un bloque económico-estatal. Los grandes fondos de inversión comprarán activos en todo el mundo a un precio vil y serán más fuertes y condensados, influyendo en las economías de los países. Los Estados tendrán más poder de vigilancia, control y regulación, que será difícil desmantelar en su avance sobre los valores democráticos de la libertad y el equilibrio de poderes.

Por otro lado, los sectores populares sin empleo, y sumergidos cada vez más en la pobreza, seguirán siendo asistidos para sobrevivir, siempre a cambio de apoyo electoral.

Quedarán marcados estos dos estamentos extremos y otra vez el sujeto de la historia será una clase media reflexiva y activa –tan bien estudiada por Jürgen Kocka en Europa y Ezequiel Adamovsky en Argentina– con capacidad para mantener la conciencia del equilibrio institucional y la equidad.  El desafío de la representación será cuál extremo del espectro político intentará captar su apoyo: o un liberalismo gerencialista sin sentido de la igualdad, o un populismo estatista con pretensiones omnipresentes.

Y si no logramos desmantelar esta grieta, que ha sido el mayor daño causado al desarrollo y al bienestar, estaremos condenados a recibir las peores consecuencias de un mundo que flota en la incertidumbre.  

El sueño de una democracia social –basada en los principios del liberalismo filosófico a favor de las libertades, los equilibrios institucionales y una conciencia social distributiva– se disolverá otra vez en el aire.      

Como afirmó Richard Haass en su artículo del 7 de abril en Foreign Affairs: “La pandemia acelerará la historia en vez de reconfigurarla” y no cambiará su dirección general, sino que acrecentará su tendencia.   

El confinamiento ha puesto sobre la mesa una realidad solapada de fragmentación social y una falta de priorización en la esencia de las sociedades democráticas: la igualdad de derechos, las instituciones representativas y la distribución del ingreso. Como sostuvo François Furet, esperemos que “la historia no vuelva a ser ese túnel en que el hombre se introduce en la oscuridad”.

 

*Politólogo y doctor en Ciencias Sociales. Profesor de la Universidad de Buenos Aires.


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