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De entre los muertos

7 de diciembre, 2019

Hay infinitas maneras de invocar a Stanislavski, el padre rígido y ausente de los actores de Occidente, el papá sombra que ejerce de tío gagá en la era posdramática, el faro con el que navegamos de memoria. Stanislavski es a los actores (y a la actuación) lo que Freud al psicoanálisis o lo que Koch a la tuberculosis: malentendido, origen y motivo. Tal vez haya escrito demasiado y en un lapso muy breve. Es su coartada: pudo afirmar y desdecirse, pudo dejar libros y libracos de entrenamientos que sirven y que no, pudo ensayar una epistemología científica del acto ritual de encarnar vida. Stanislavski fue quizás –hoy lo sabemos– un gurú algo loco que eligió disfrazarse de científico para que los actores tuviéramos de qué agarrarnos frente a otras profesiones liberales que avanzaban sobre el mundo para dominarlo con sus saberes mensurables.

En el ciclo Invocaciones, que cura con mano medicinal Mercedes Halfon, Stanislavski se topa de frente con Ciro Zorzoli y el resultado es de lo más bello, piadoso e inspirado que haya visto este año. Una media docena de actores, como una huevera fragilísima, vestidos para una guerra entre cosas blandas o inexistentes (un hallazgo poético audaz de Julio Suárez, vestuarista siempre extraordinario): son como seis boxeadores soviéticos o mujiks rugbiers que no quieren (sí quieren) lastimarse el cráneo contra mesas imaginarias y circunstancias adversas. Porque al actor todo le es adverso, todo lo que toca es conflicto, todo amor es algo que no hay, toda felicidad es melancolía en el futuro que ya llega. Están a expensas de aquello que van a imaginar, dispuestos a golpearse contra todo y a no ganar nada, apenas quizás una palmadita de un compinche que verifique cuánto vale exponer el alma al torbellino solo para que una mentira se haga una verdad. El trabajo de los actores es –en la vida real– insólito. Pero este no es un espectáculo sobre actores o lo que implica actuar; es sobre lo que nos hace humanos. De allí que la conmoción sin nombre de este ejercicio del alma (que se llama Fantasmatic) no deje espíritu sin acariciar.

Diego Velázquez y Paola Barrientos, dos chamanes en calma ebullición, guían o entrenan a un elenco de jóvenes que deslumbran por sus diversos virtuosismos (otra palabra prehistórica y fundacional): Juan Ignacio Bianco, Matías Corradino, Hilario Laffitte y Marianela Pensado. Hay que nombrarlos a todos porque de ellos es el futuro; son jóvenes atípicos que vienen del pasado y han abierto el teatro al medio como un fruto apetitoso. No reconozco ninguno de los textos; tiendo a pensar que ni siquiera son de Konstantín Serguéievich Alekséiev Stanislavski, a quien todos hemos leído alguna vez para olvidarlo inmediatamente y así poder pasar a revisar rápidamente las novedades. Porque él nunca fue novedad; ya había dejado de serlo en el pasado, quizás incluso en el momento en que Chéjov se quejaba de lo que el buen director –tan serio y preocupado– le hacía a sus comedias. Y sin embargo… Sin embargo… El y sus libros lideraron una revolución. Quizás la única revolución planetaria que afectó al teatro todo. Tanto lo afectó que después lo dimos siempre por sentado: Kantor, Beckett, Chaplin, Keaton, Meyerhold fueron reacciones agudas a esto que se puso a andar solo para siempre.

Konstantín decidió dotar de un alma a lo que antes era movimiento espástico, mohínes y escafandra. Es ese acto maravilloso el que Zorzoli parece querer revivir en estas reflexiones: ¿hay alma adentro de estos fantasmas que somos? ¿Cómo hay que entrenarse para usarla mejor? Lo que el actor invoca, ¿no lo invoca siempre de entre los muertos y no lo vuelve a dejar allí cuando se lava el chivo y se va a casa? Los textos de esta obra no son de Stanislavski, pero probablemente sean de autores que él leía; tanto mejor. La invocación en voz queda es perfecta; no hay ironías, ni agresiones, ni clímax, ni progresos, apenas un entrenamiento deportivo para afinar unos instrumentos exóticos, caprichosos: hombres y mujeres.

Y un orgullo patriótico algo bobo: este espectáculo finísimo, sutil, sin estridencia, no podría haber surgido en ningún otro país. Esto pasa acá. Habría que desentrañar de una vez por todas el porqué.


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