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Cuando duele

15 de febrero, 2020

¿Derrideano? No me consta. Pero en cualquier caso, un auténtico deconstructivista (no cita frases sueltas, no sobrevuela conceptos: deconstruye de verdad, quién sabe si asesorado por Juresa y Cristian Rodríguez). ¿De quién hablo? Del Gringo Heinze, el actual técnico de Vélez. El equipo que dirige acababa de perder 1 a 0 con San Lorenzo (partido con pica, un cuasiclásico). La prensa lo interroga, a poco de sellarse la derrota. ¿Habló con sus jugadores? ¿Qué les dijo? ¿Cómo fue? Y es entonces que Heinze declara: “Lo único que les dije a los jugadores es que no se hagan los hombres. Cuando duele, duele” (es una transcripción textual del Clarín Deportivo del lunes).

Hay un matiz muy sutil entre estas dos formulaciones: “hacerse hombre” y “hacerse el hombre”. Hacerse hombre: exigencia establecida por la cultura machista, el ideal de lo que un varón tiene que ser. Hacerse el hombre: asunción expresa de que hay en eso un rol impuesto, un artificio que se naturaliza hasta llegar a volverse mandato. Gabriel Heinze hace dos cosas, las dos cruciales: una, evidenciar la construcción cultural, el “hacerse”; la otra, negarla, proponer que “no se hagan”. Y permitirles así, a sus jugadores, eso que la cultura patriarcal les prohibía: la mostración del dolor, y hasta el dolor.

No hay en esto falacia alguna (no es como el lector que manda cartas contra el escritorio, y ganó por escritorio en octavos de final). El recio Heinze, el rudo Heinze, dice a lo Moria Casán: si querés llorar, llorá. Y rompe así, en los hechos, en un ámbito tan consagrado a la endogamia viril como es un vestuario de fútbol, con esa implacable restricción asestada a los varones para su mortificación (vedar el sufrimiento: un modo de hacer sufrir).

Carlos Gardel entonó en Tomo y obligo: “Siga un consejo, no se enamore/ y si una vuelta le toca hocicar/ fuerza, canejo, sufra y no llore/ que un hombre macho no debe llorar”. Sufrir y no llorar, reprimir el sufrimiento, alcanzar por obligación el ideal de lo indoloro (este modelo patriarcal del amor, amor sin dolor, ha cosechado una gran cantidad de adeptos últimamente. No me refiero, claro está, a los martirios tortuosos del maltrato artero de los vínculos destructivos, sino a esto otro, más frecuente: sufrir de amor, los sentimientos; lo que nos pasa, por ejemplo, cuando queremos a alguien y ese alguien no nos quiere; cuando queremos a alguien y nos deja, no nos extraña, nos ha olvidado).

Los padres y las madres del patriarcado enseñaban a sus hijos varones que no tenían que llorar. A eso se agregaba después el refuerzo gardeliano, el mandato de la indolencia amorosa. Un combo ciertamente atroz. Mejor suerte les tocó a los actuales jugadores de Vélez. El dolor les está permitido. “Cuando duele, duele”, les dijo Heinze. Y los liberó.


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