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Contrato ilusorio

. 12|05|19

Las ciencias modernas permiten una cierta idea de ellas, por ejemplo que sería posible conocer la verdad de las cosas. No importa si los hombres y mujeres son científicos o si conocen al detalle lo que complejos procesos de cálculo permiten; sobrevuela intensamente la fuerte creencia de que habría causas que producirían ciertos efectos. Con esta estructura de pensamiento se construye sentido en un modo muy básico, y es que aunque no se conozcan esas mismas causas, algo por detrás las podría explicar. Puede no conocerse todavía el sentido de algo, pero se podría llegar a él, y en ese ejercicio de adivinaciones sobre la supuesta realidad, se entretienen la política y la opinión pública.

La simultaneidad del mundo, es decir todo lo que ocurre en un mismo instante, desafía el concepto originario de causa y efecto para problemáticas sociales. Si reemplazamos la idea de que el punto A nos conduce al B por la idea de que el punto A lanza estímulos para todas partes, la productividad del análisis se coloca en un sitio diferente y más complejo. Más que las causas, pasa a interesarnos quién es el que se dispone a observar y a comenzar a ejecutar juegos de adivinación sobre aquello que observa. Una serie de disparos a primera hora de la mañana contra un diputado nacional estimula rápidamente la idea de un atentado al sistema político; los diputados salen a hacer declaraciones públicas a los medios de comunicación, los medios investigan si Olivares tiene vínculo con los narcos y la televisión repite por horas el instante del asesinato. Todos, empujados por la desesperación, se ponen a construir sentido. A la noche de ese mismo día, una copia de ese ejercicio se preparaba para la presentación del libro de CFK.

El concepto de contrato social es muy ameno a las ciencias sociales, porque encontramos en él el origen de la constitución de los conceptos teóricos modernos sobre el orden social y la conformación del Estado moderno. Quien lo utiliza juega a exponerse como un intelectual de alta envergadura. Sin embargo, su origen está enraizado en la detección de que el ámbito social es más bien diverso y caótico, y que precisaría de ciertos acuerdos para ordenarlo.
La ilusión del acuerdo tiene un comportamiento equivalente a la ilusión de encontrar la verdad y el sentido a lo que nos sucede o rodea; algo que podría ocurrir y que además moralmente se encontraría en una escala superior. Pero la política se basa en el conflicto de sus actores, en la construcción de identidades basadas en sus respectivas diferencias, de modo que el espacio para los acuerdos es en realidad una contradicción. Si el acuerdo fuera posible, representaría algo que podríamos denominar, como diría Luhmann, una “reducción de complejidad” que eliminaría las identidades de los partidos. Los acuerdos pueden producirse al interior de los partidos, garantizando su unidad, y en contra de los otros; es decir reforzando con su acuerdo la diferencia con el resto. La discusión de los acuerdos que plantea el Gobierno bifurca hacia nuevos listados de acuerdos de los que nadie parece dejar de abrir opciones, incluso Cristina Kirchner. Y lo que atrae bajo estas condiciones no es el contrato, sino la discusión de las intenciones detrás de cada propuesta de contrato.

Prestar excesiva atención a las propuestas de acuerdo, a la mención de un “contrato social”, al repaso de sus puntos, hace desatender otros datos más nutritivos. No es el acuerdo el asunto, sino la diferencia. A excepción del tono calmo, la escenificación no fue la de una presentación de un libro, sino la de una réplica exacta de un acto de gobierno de 2014, y es allí donde están los datos más atractivos, ya que expresan el modo en que se representan a sí mismos como legítimos para exponerse masivamente. Misma oradora, mismos funcionarios, mismo pueblo en la calle. Desde ese refuerzo de su identidad, el mismo que construyó su enorme diferencia con todos los que no eran idénticos, es desde donde la idea de “contrato” es lanzada.

No existe un detrás en donde las verdaderas intenciones puedan ser encontradas. Lo que hay son puntos de vista que llevan adelante acciones, que serán interpretadas por otros puntos de vista, que responderán con acciones nuevas. Todo en simultáneo, todo junto, todos buscando sentido, en la batalla secuencial y unificada, del caos social, que permite tanto la carrera electoral masiva como la venganza personal en forma de asesinato.

*Sociólogo.


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