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Carrió, la UCR y otra interna más en Cambiemos: los mandó Perón

A la grieta en la mesa chica del Ejecutivo se le suma la vieja disputa entre la líder de la Coalición Cívica y el radicalismo. Estallido, humor y mal gusto. 6|07|18

En Argentina no pasa absolutamente nada. La casa está en orden. Tanto así que desde hace dos días hablamos de las veleidades de Elisa Carrió. Histriónica como pocos, y más que nunca, la diputada pasa de interpelar a la clase media para que reactive la economía a base de changas y propinas a mostrarle el látigo al radicalismo. No le sale gratis pero esto pasará. Como todo.

La relación entre la UCR y Carrió supura desde hace décadas. Los radicales “racionales” (como el peronismo que busca la enésima reinvención) han logrado disimular su malestar hacia la rockstar legislativa. Los otros se amparan en la demoledora descripción que Raúl Alfonsín hizo de ella en 2007: “Traidora, enemiga de la Unión Cívica Radical, lo peor que se puede esperar en cuanto a enemigo, porque es hipócrita”. Ella todavía lo recuerda.

Caer en la boca de Carrió es como jugar a la mancha venenosa. Uno queda tocado hasta que otro comparte esa suerte. En ésas estuvo este viernes el entrerriano Atilio Benedetti. Coprotagonista del chiste que hoy escandalizó a los radicales antiLilita, el diputado quedó entre la sonrisa obligada ante y su intento por minimizar el exabrupto. El “tocado” Benedetti obtuvo una solapada reprimenda pública con el comunicado de la UCR.

Horas más tarde, le toca al presidente del partido, Alfredo Cornejo. Carrió retrucó la nota partidaria hacia el pasado filokirchnerista del mendocino. “Mil disculpas Cornejo, es una vieja broma que hago hace 20 años, que hace reír a la gente, solo que quizás no la recordás porque en esa época estabas en el Kirchnerismo”, tuiteó. Un sugestivo mensaje si se tiene en cuenta que la dirigencia política argentina no se caracteriza por resistir archivos. Hace veinte años, el kirchnerismo no existía, sus creadores ocupaban bancas en el Congreso dentro del bloque justicialista y Carrió (ya diputada) militaba la candidatura presidencial de Fernando de la Rúa. Se alejó luego de la victoría de la Alianza, disconforme con la composición del gabinete nacional. Años después, integraba la Comisión antilavado: junto a los todavía justicialistas Cristina Kirchner, Daniel Scioli, Carlos Soria y la entonces ARI Graciela Ocaña, prometía acabar con la corrupción en Argentina.

Mientras la UCR contiene el enojo, Carrió aporta humor al incidente: está en Córdoba y promete visitar a su “único jefe” y uno de los pocos radicales clave para el gobierno de Cambiemos, Mario Negri.

Sin gracia. Lo que antes causaba risas puertas adentro de la Casa Rosada se convirtió en un chiste desgastado. Los teléfonos que atienden a Carrió para aplacar su enojo -como con la media sanción del proyecto sobre despenalización del aborto- o moderar sus comentarios mediáticos -con el ida y vuelta con el todavía ministro Aranguren o las periódicas embestidas contra Ricardo Lorenzetti y Daniel Angelici- rotan. El interlocutor que hace terapia con la diputada cambia según el tenor del escándalo y el cansancio sostenido por calmar aguas agitadas sin necesidad. En el último minuto, y sólo si es necesario, aparece la foto con Mauricio. Cada vez hay menos paciencia y este último sketch generó fastidio.

Hay algo que todo el arco político debe agradecerle a la diputada: su funcionalidad en el debate. El plan económico de changas y propinas y el berrinche déspota de esta mañana corren el eje del debate público. A Cambiemos le sirve hablar de eso y no de la caída de la imagen de Macri o las barbaridades de la vicepresidenta Gabriela Michetti en La Nación. Mucho menos de la interna Marcos Peña – Gabinete económico y Marcos Peña – María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta. Tampoco hay tiempo para discutir la crisis de la AFA ni el congelamiento de la obra pública, que prometía revivir las agonizantes economías provinciales.

La UCR también le debe a la Dra Carrió. Esta es una buena oportunidad para volver a pelear una mayor participación en las decisiones centrales de Cambiemos y dejar de ser un miembro observante de la Coalición, más allá del protagonismo en el Congreso.

En un segundo semestre que está cada vez más lejos de la promesa presidencial de 2016, marcado por una crisis económica sin signos alentadores, Cambiemos muestra los hilos ante un peronismo que todavía no encuentra su nueva forma pero que apuesta a jugar fuerte en 2019. De momento, disfruta la escena (poco auspiciosa para el oficialismo) y le reza a Juan Domingo. Un sainete.


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