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Buenas nuevas

No debe de haber muchas historias más interesantes que las de los jesuitas, su formación militante como soldados de una fe. 1|12|18

No debe de haber muchas historias más interesantes que las de los jesuitas, su formación militante como soldados de una fe. Hace unos años, leí un relato que me pareció muy instructivo sobre los triunfos y los alcances de su tarea de evangelización. En el siglo XIX, uno de los sacerdotes de la orden enviados a China a expandir la creencia en Jesús como Mesías le escribió a su principal que, luego de meses de realizar conversiones fenomenales y masivas de orientales, había descubierto que las almas rescatadas no eran tales, sino que los chinos fingían esa conversión para no decepcionar a su ilustre visitante, pero que por lo demás permanecían apegados a su culto de siempre. No debe de haber conocido la historia el misionero cristiano, de apellido Chau (significante es destino), que, contra toda previsión y prohibición, quiso salvar eternamente las almas de los integrantes de la tribu de una isla de la India que vive en el paleolítico y que lo recibió a los flechazos y lo ató y lo arrastró hasta el agua mientras él, tras buscar la salvación eterna de los otros, descubría tarde y dolorosamente que no quería morir en esta vida fugitiva.

En la puerta de un banco sobre avenida Cabildo, entre Quesada y Congreso, de noche duermen y beben y hablan, en confuso montón, amontonados, envueltos y cubiertos por frazadas y en el piso, algunos expulsados del sistema. Los transeúntes pasan rápido al lado de la ranchada, afectados algunos por el espectáculo, otros por los olores, otros por los gritos. Hace un par de noches, vi que alrededor de ellos se iba formando un círculo de personas que sonreían con expresión de felicidad. Rezaban, en trance, tomados de la mano. Del amontonamiento sobresalió la cabeza de una mujer que los miraba y empezó a gritar. Era un grito infrahumano, desesperado. Estos fundamentalistas de la salvación, al orar por ella contra su voluntad, estaban enviándola a su propio círculo del infierno.


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