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Brutalidad Bullrich

La ministra de Seguridad no tiene formación en temas de esa cartera, pero sí posee credenciales de ser muy comprometida con cualquier tarea que se le asigne. Puede ser una pésima combinación cuando se va decidido por el camino equivocado. 31|03|18

Fue el diario Chicago Tribune en 1872 el que acuñó el término “brutalidad policial” cuando en la comisaría de la calle Harrison de esa ciudad golpearon brutalmente a un detenido. Desde que los Estados europeos modernos crearon las policías, en el siglo XVII, hubo casos de brutalidad policial; lo que no había era periodismo masivo para denunciarlo. Ahora, además de diarios, hay cámaras por todos lados y poco queda sin registrar. El último miércoles, el principal noticiero de la televisión de Estados Unidos, CBS Evening News, en solo tres minutos tuvo que reportar dos casos de brutalidad policial grabados con celulares y cámaras fijas que generaron protestas públicas. Las primeras fueron porque la Justicia dejó en libertad a dos policías que asesinaron sin ninguna contemplación a quien estaban deteniendo en Baton Rouge, Louisiana; y las segundas por el asesinato en California de un joven de 23 años en el patio de su abuela, donde corrió a esconderse de los policías que lo confundieron con el ladrón de un auto creyendo que el celular que tenía en la mano era un revólver: le pegaron veinte tiros. Ver los tres minutos (se le agregaron subtítulos en español) de las filmaciones de los dos asesinatos policiales muestra cómo el problema del gatillo fácil es inherente a todas las fuerzas de seguridad del mundo porque no hay institución que no tenga integrantes emocionalmente desequilibrados.

Lo que sucedió esta semana con los cuatro gendarmes que en un control de tránsito en Lomas de Zamora balearon perforándole el intestino a Gonzalo Nahuel Sala, de 19 años, tras escaparse con su moto de un retén porque no tenía registro, en parte es culpa de la brutalidad de la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, y su populismo de derecha. No es original en su búsqueda de querer sumar así la adhesión de las clases más bajas, quienes sufren mayormente la inseguridad. En Brasil, el candidato presidencial Jair Bolsonaro, en un acto de campaña la semana pasada, prometió luchar por “el derecho de la policía de tirar a matar para combatir la delincuencia: debemos hacer valer nuevamente la fuerza de la policía”. Es de esperar que las posibilidades de Bolsonaro de alcanzar la presidencia de Brasil sean bajas, a pesar de estar primero en las encuestas después de Lula, porque en un ballottage le sería difícil ganar, pero Patricia Bullrich ya es la ministra de Seguridad del gobierno electo, por lo que su tácito aliento –por omisión– a la brutalidad de las fuerzas de seguridad tendrá consecuencias más graves, si no corrige su mensaje, también para las propias fuerzas de seguridad.

Popularmente se dice, aunque con otras palabras, que es peor un ignorante que un mal intencionado. Patricia Bullrich no tiene formación en temas de seguridad y sí posee credenciales de ser muy comprometida con cualquier tarea que se le asigne. Puede ser una pésima combinación cuando se va decidido por el camino equivocado.

Es cierto que el gobierno de Macri puede mostrar la tasa de homicidios más baja desde 2002, 6,6 contra 12,3 homicidios por cada cien habitantes, pero el Buenos Aires Times, en su nota titulada “The institutionalisation of violence”, publicó que “desde que Macri tomó el poder ha habido 725 homicidios cometidos por las fuerzas de seguridad (362 de promedio anual mientras en Estados Unidos, con siete veces más habitantes, hubo 426 homicidios producidos por policías). A una tasa de 1,01 por día, es la más alta desde el regreso de la democracia, en comparación con el récord anterior de 0,74 por día durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner y 0,58 durante la de Néstor”.

Es un error ideologizar el problema como se lo hace desde la perspectiva de cierta izquierda, que considera a la policía solo una herramienta de la clase dominante para imponer la sumisión de los carentes o al delito como otra forma de lucha de clases ante la injusta distribución de la renta. Es desopilante ver esa mirada en el video del comediante K Martín Rechimuzzi en las redes sociales con su personaje Ministra Patricia. Pero si la respuesta a ese sesgo cognitivo fuera incentivar a las fuerzas de seguridad a actuar siempre ofensivamente sin importar las consecuencias y, corporativamente, disimulando cualquier mala praxis, se les hará un daño también a las fuerzas de seguridad. Una enseñanza que nos dejó la respuesta que el Estado dio en los 70 a la amenaza de la guerrilla es que la desproporción de retaliación termina volviéndose en contra de quien la ejerce.

Hay que recuperar la autoridad de las fuerzas de seguridad pero la mejor forma de destacar a la mayoría de los buenos policías es, justamente, destacando la falta de cobertura a aquellos que no lo son.

Es fácil conseguir aprovecharse de la credulidad y los prejuicios de mucha gente, como lo muestra otro desopilante video del mismo Martín Rechimuzzi cuando interpretaba el personaje de Randall López, un periodista trucho de la CNNL, en el programa El destape, de Roberto Navarro. Las risas que pueda despertar muestran que el populismo no es patrimonio de la izquierda. También la lucha contra la inseguridad trasciende las ideologías, algo que –a diferencia de Bullrich– sí parecen entender Vidal y Rodríguez Larreta.


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