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Bonsái

11 de enero, 2020

País de techo bajo. Te das cuenta cuando el lento ascenso de la infancia a la adolescencia llega con la lengua afuera a la mediana edad. Es decir: cuando los huevos se terminan de hinchar a la espera de lo que en general nunca sucede. La bruma de insatisfacción, recalentada, hierve la sangre. Un vapor de mal humor infla el globo que llevamos por cabeza. Comenzamos, entonces, a rebotar una y otra vez contra la mampara curva y opaca de los días que nos separa de otra realidad posible.

El globo, la cabeza, liberada de la mano del pibe que fuimos, voladora, ilusa, debía arrastrar detrás de sí a los pies y llevarnos a la aventura que soplen los vientos de la época. Ahí la vemos ahora, se desplaza sobre los límites del techo bajo, desesperada por salir. Tiene la cara roja y las mejillas inflamadas de quien se está ahogando. Las piernas cavan túneles de fuga en el vacío. Las manos, los puños cerrados, golpean, tratan de astillar el poder blindado de las mafias políticas, sindicales, judiciales y nadie, nada.

Somos bonsáis en este vivero. Con las raíces de la historia recortadas a la necesidad del relato, enterrados en macetas burocráticas del tamaño de una escupidera, nos convertimos en planta permanente de un Estado que nos riega con gotas de salario y subsidio o en helechos de energía todavía verde y blancas sonrisas relucientes que decoran los call centers en las empresas de servicios.

En el terrario de cristal te hacen creer que se dan todas las oportunidades de ser lo que quieras y crecer hasta la altura de tus posibilidades. Podés soñarte alto roble, duro quebracho o elegir el miserable destino de un pino Solanas si te cabe tanto desprecio.

Podados a destiempo, ajustados al límite, flameando a la intemperie como arbolitos de la calle, deshojados por las tormentas de las crisis, pedimos y ofrecemos “cambio, cambio” .

Cambio este país devaluado que me vendieron por cualquiera que no me obligue a comprar consignas, ni a rezar credos, ni a cantar marchitas ni a escuchar ni una ni veinte verdades. Quiero ser libre y pensar por mí.

Pero así son las cosas todavía por acá, amigo. En esta seca, bajo esta media sombra, se nace chiquito y medio boludo como en todas partes, pero si uno se lo propone, con la inocencia propia de la buena gente y el mérito necesario, es posible llegar a morir como un pelotudo entero.

Siempre y cuando, claro está, tenga todo en blanco, aproveche las moratorias, pague el IVA al consumo de sol, las cargas sociales, el abl y se ponga al día con los impuestos por el derecho a la vida. De ser así, algún día el techo se abrirá para que, por única vez, su cabeza de globo jubilado se asome, mire y se despida antes de ser retirado por las piernas y bajado a la tumba, donde será reducido a polvo de abono para la memoria de los bonsáis familiares.

Puesto en términos futboleros, es como si al fin ascendiera del Nacional B de los boludos a la Primera P de los pelotudos. Con el beneficio, al cabo de los años, por edad o enfermedad, de jugar “a morir” la Supercopa de la llamada Liga del Olvido. Si acaso llega a ese final y se le da el resultado a favor, aunque sea en una definición por penales, mano a mano, entonces, aun muerto, su querido nombre de eterno contribuyente al día será mentado donde se reunía con la barra de veteranos congelados, en la plaza Alzheimer.

Y no va a faltar uno que, con los ojos líquidos por la emoción, al borde del derrame cerebral, lea en la marquesina de su memoria encendida, para ahorrar, con las luces frías de LED bajo consumo, el cartel con su nombre y apodo, tal vez “Tito”, y añada a continuación el título conquistado: “Un pelotudo importante“.

 Los demás, orejeando sus cartas de truco y el tiempo que les queda, alzarán las cejas, apretarán los labios y asentirán. Los globos de sus cabezas rebotarán una y otra vez contra el techo bajo como si aplaudieran. Será esa su manera de recordarlo, Tito.

 

*Periodista.


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