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Blues del domingo

El blog sería hoy un asunto de cuarentones, mientras que las redes sociales expresarían la potencia juvenil, su frescura. 11|08|19

Qué embole este domingo, no hay nada para hacer y no pasa nada interesante. O incluso hasta pasan cosas raras. Acabo de ver gente haciendo cola en una escuela. ¿Un domingo? No entiendo. Seguro debe estar ocurriendo algo que se me escapa. Lo que no se me escapa es la plata del bolsillo, porque no la tengo. Día 11 del mes y ya sin un peso, como corresponde al plan deliberado de empobrecimiento al que fuimos sometidos todos estos años (esperemos que la gente que está haciendo cola en la escuela no se vuelva a equivocar). Sin un peso entonces para comprar ni el diario, igual que el personaje de El terrorista, la genial novela de Daniel Guebel, me puse a leer periódicos viejos, entre ellos una nota en el New York Times, en la que se afirma que por primera vez son más los blogs que se dan de baja, que los nuevos que se crean. ¿El blog ya fue? Según informa la nota, el éxito de las autodenominadas redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, etc.) tendría mucho que ver con la decadencia del blog, que, en comparación, habría quedado viejo, lento y previsible. El blog sería hoy un asunto de cuarentones, mientras que las redes sociales expresarían la potencia juvenil, su frescura, su gusto por el desorden, su experiencia de lo descentrado.

Por razones estrictamente profesionales, hace un tiempo entré a Facebook (estaba interesado en conocer cómo aparecen allí ciertas editoriales independientes, cómo se promocionan, qué estrategias de comunicación utilizan). Después de haber saciado mis inquietudes laborales en el ámbito local, pasé a buscar varias editoriales extranjeras, entre ellas, una de las editoriales independientes francesas más prestigiosas (que publica a más de un escritor argentino). Pero no la encontré. Entré entonces a su página web, pero en ningún lado había un link a Facebook o Twitter. Tiempo después, casualmente me encontré con su editora, también propietaria de la empresa. Le pregunté por qué no estaban en Facebook. Con total naturalidad, me contestó: “¿No estamos?” Y después me obsequió la edición de Le Bruit du Temps, de Ossip Mandelshtam, que acababan de reeditar en su hermosa colección de bolsillo. ¿A cuento de qué venía todo esto? Ah, sí: que en ese desdén de la editora hay una enseñanza profunda para la literatura. Una sutil respuesta crítica a una pregunta clave: ¿sobre qué conversamos? ¿De qué hablamos?

Y ya que hablamos de traducciones y de pobreza, para hacerme unos pesos se me ocurrió vender la primera edición de La vorágine, de José Eustasio Rivera, una de mis favoritas en la literatura latinoamericana; sin dudas, la más grande novela colombiana. Rivera nació en 1889 y publicó su obra maestra en 1924. Inmediatamente fue un éxito y, hecho raro entonces y ahora, al poco tiempo fue traducida al inglés. Cuenta la leyenda que murió, en 1928, en Nueva York mientras estaba firmando ejemplares (poco importa si la historia es verdadera, aún como leyenda, es una de las más literarias que conozco). Hasta ese momento Rivera no había publicado prácticamente nada, apenas un poemario menor, con lo cual integra dos subconjuntos de escritores formados por muy pocos: primero, el de debutar con un libro genial, insuperable, perfecto. Segundo, el de morir inmediatamente después. Rareza, lo primero, suave gentileza lo segundo, que eleva su mito a un lugar único.


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