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Autobiografía de urna

. 2 de noviembre, 2019

Desde la fila en espera lo vi votar. Era su primera vez: lo aplaudieron. Miento si digo que no me emocioné. La escena me llevó a pensar, sin proponérmelo, en mi propio estreno en las urnas, allá lejos y hace tiempo. Era el año 85. Ya había anidado en mí un factor que todavía perdura: un resquemor con el radicalismo, por entonces (como ahora) en el gobierno. El peronismo atravesaba por entonces, para variar, una etapa de transformación; intentaba superar ciertas estructuras de anquilosamiento y herrumbre, para abrirse tanto mejor hacia una renovación progresista que agenciaban, entre otros, Carlos Menem, Carlos Grosso, Antonio Cafiero, José Luis Manzano, Chacho Alvarez. Mi voto fue para Carlos Grosso.

Varias cosas me pasaron después, y el peronismo se me fue yendo. Una de ellas, David Viñas. También algunas lecturas, que aquí no detallaré. Y también la crisis de Semana Santa, en abril del 87, apretado en Plaza de Mayo y vociferante, tomando nota de quiénes firmaban así sin más esa declaración aparentemente inobjetable, pero que albergaba una claudicación, y quiénes en cambio maliciaban gato encerrado y se abstuvieron de la rúbrica. Lo cierto es que, en el 89, yo ya votaba a la Izquierda Unida: Néstor Vicente y Luis Zamora.

Para entonces empezaba a caer en desuso el hábito de decidir el voto a partir de las convicciones políticas que uno pudiera tener. Primaban otras modalidades: el voto por inercia (votar lo mismo que se ha votado antes o lo mismo que votan los demás), el voto inestable (votar distinto de lo que se ha votado antes, a ver qué pasa), el voto por obstrucción (votar para impedir que gane otro, lo cual podía llevarlo a uno hasta Angeloz o Massaccesi), el voto porque sí (voto intuitivo, que no se explica), el voto por reacción al carisma (anticipación del “Me gusta” que más adelante traería Facebook), el voto de fe (la política como religión, cuya expresión más perfecta es Carrió), el voto quinielero (votar al que uno cree que va a ganar, así como se juega a un determinado número porque se cree que va a salir), el voto útil (o voto mezquino: votar porque quedan seis cuotas para pagar la licuadora, o bien porque se les ha tomado el gustito a las playas del Caribe), etc., etc., etc. Lo que quedaba demodé, en cualquier caso, era la variante de decidir el sufragio basándose en una ideología política, dado que la noción misma de ideología (un cierto sistema de ideas, un orden de pensamiento) había caído en desgracia. Menem lo decía, una y otra vez. Y además lo ponía en práctica.

Voté a Luis Zamora, voté a Patricia Walsh, voté a Jorge Altamira, voté a Néstor Pitrola, voté a Myriam Bregman, voté en blanco, voté a Nicolás del Caño. Noté que el voto por adhesión a un proyecto político puede llegar a ser socialmente muy despreciado. Y que negarse a conceder el voto a un proyecto político que uno no comparte puede llegar a ser muy despreciado también. Noté que hay algunos peronistas que suponen que si uno no es peronista, entonces es antiperonista (¡qué tontería!). Y noté que algunos antiperonistas razonan exactamente igual (¡qué coincidencia!). Noté que algunos radicales consideran que, si uno no los vota, en cierto modo es menos democrático que ellos (¡qué extraño democratismo!). Noté que algunos derechistas no atinan a distinguir izquierda de progresismo: meten todo en la misma bolsa (que es bolsa de residuos, por cierto). Digo “algunos”, en todos los casos, porque en todos los casos hay muchos otros con los que conversamos muy buenamente.

En algunos tramos de esta historia, y a juzgar por los guarismos, diez de cada cien argentinos pensaban más o menos como yo. Hoy por hoy, la proporción ha decrecido, y de manera por demás sensible: indica que, de cada cien argentinos, los que piensan más o menos como yo son dos. Pero como uno de los dos sería yo mismo, queda solamente uno. Las probabilidades de encontrármelo son objetivamente bajas. Lo cual me pone poco menos que siempre en situación de desacuerdo: discrepancia, disidencia, discordancia, divergencia. Que viene a ser, ¿por qué no?, como vivir en un estado de democracia permanente. ¿O acaso no es eso en lo que la democracia se basa?


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