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Amor

Hace unos días volví a ver la película Amor, incluida en el catálogo de filmin.es de Michel Haneke, que narra el invierno de una pareja de franceses. 10|02|19

Hace unos días volví a ver la película Amor, incluida en el catálogo de filmin.es de Michel Haneke, que narra el invierno de una pareja de franceses interpretada por Emmanuelle Riva, desparecida en 2017, y Jean-Louis Trintignant, quien, por cierto, no solo está activo en cine en el umbral de los 90 años, sino que hace apariciones en teatros: meses atrás, París estaba empapelado con afiches que anunciaban un unipersonal suyo con poemas de poetas franceses vivos.

Recordé entonces, una crítica de la película de Haneke que había escrito en su columna política el escritor y periodista Gregorio Morán, por entonces en La Vanguardia, antes de que sus editores lo desterraran de sus páginas. El hecho de que Morán y no un crítico escribiera en profundidad sobre Amor podría llevar a valorar la idea de que la defensa y el alcance del amor es, hoy por hoy, por qué no, una cuestión política.

En aquel texto sostenía Morán que Amor plantea el hecho de aceptar servir hasta el último momento a la persona que amas, sin la que no te cabe en la cabeza poder vivir sin compartir su música, en el caso de la protagonista del film, la música de Schubert, pero también se refería Morán a la música existencial del Otro, ésa que necesitamos escuchar para sentirnos habitando un espacio moral. Y esto está claro, además de amor, es política. Preguntaba Morán en su artículo: “¿Qué se hace cuando a la persona que amas la contemplas en su deterioro absoluto y cruzas esa barrera humana, de pensar si merece la pena seguir viviendo para sufrir, o dejar de sufrir para seguir viviendo en tu memoria?”. El argumento de Amor es muy simple. Una pareja de ancianos en París. Ella maestra de piano, formadora de grandes talentos; él, jubilado de alguna profesión liberal. Ella sufre un ataque y queda hemipléjica. Aquello que parecía simple se complica y comienza un deterioro irreversible. La mujer le pide al hombre, después de una experiencia traumática en el hospital, que, pase lo que pase, no permita que la vuelvan a llevar a allí. El cumple la palabra a rajatabla. Asistimos entonces a la expresión alta del amor en la relación de esos dos personajes, mientras el deterioro de ella avanza. Pero como Michael Haneke no plantea una película inocente, sino con una alta carga política, aparece una hija, la única hija del matrimonio. En su primera incursión habla con el padre y le cuenta que su marido va y viene como siempre, se enamora de alguien, se aburre y vuelve.

Este personaje, el de la hija, vuelve a tener un momento clave que junto al narrado son el contrapunto de la película, del “amor”. Uno es cuando ante su madre, postrada en la cama, inmóvil, ida, improvisa un monólogo en el que explica durante minutos y minutos la manera de hacer más rentable el dinero, explicando las virtudes de la inversión inmobiliaria frente a la bursátil. De repente, la madre, despierta del letargo y la interrumpe balbuceando palabras inconexas: casa, deuda, abuela, dinero, vender. Como el discurso de Benjy, el hermano enajenado de El ruido y la furia de William Faulkner, la anciana irrumpe para dar sentido desde la aparente ausencia de razón.

Amor, en su día, suscitó tanto fervor como una cierta indiferencia. Esta última actitud es entendible ya que su planteo, en el actual contexto, es visto como un documental acerca de una experiencia vital o bien lejana en el tiempo o bien ajena, de poco interés. Pasa lo mismo si hablamos de la revolución: frente al poder hegemónico y planetario de la poseconomía, resulta naîf. Si la hija de la pareja de ancianos asistiera a la proyección de la película su opinión se sumaría a la de esta franja de espectadores ausentes.

*Periodista y escritor.


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