Despues de Debora

Alerta máxima

. 17|02|18

No fue fácil transitar esos días. Calor extremo y angustia infinita. La única respuesta posible ante la noticia de la muerte sorpresiva de Débora fue el llanto, el insomnio, las pesadillas. Periodistas acostumbrados a reprimir emociones frente a horrores cotidianos se quebraron. Una periodista que destilaba ternura en un medio que se caracteriza por leones cazando ciervos. En este caso, todos se volvieron ciervos llorando. Hasta su muerte hizo trastabillar a Martín Lousteau, que descarriló también. Solo el sanatorio quedó casi mudo…  Nos quedamos sin diagnóstico.

Este sentimiento fue como un boomerang que golpeó en el inconsciente colectivo. Débora representaba la máxima expresión de lo que transitamos todos, sin escape. Un cuerpo expuesto al libre albedrío y responsabilidad del profesional a cargo de quien manifiesta dolor. ¿Cuál es el estado de los equipos e instrumentos? ¿Cuánta experiencia y profesionalidad del técnico o médico a cargo del estudio, intervención o cirugía? En el caso de un aterrizaje forzoso a terapia intensiva, el sometimiento es aún mayor. Pero no es mi intención dramatizar o ponerlo en guardia, para que usted de ahora en más circule, casi como un detective, y pase horas averiguando y tomando precauciones. Pero tantas veces somos inconscientes, más que todo diría ligeros, en la elección de a quiénes recurrimos en caso de enfermedad.

El paciente con dolor o sin dolor, con tiempo o por urgencia, está en “manos de Dios”, si él existiera.

La inseguridad que, alguna vez, algún bochornoso ministro, llamó “una sensación”, hoy se expande en todos los rubros; en el sector politico y social, en la calle, el comercio, la escuela… Detrás del rostro de Débora apareció, una vez más, la desconfianza hacia los médicos y el sistema hospitalario. El negocio o el poco negocio de la medicina es atender mucho y mal. El profesional recibe una mísera paga por horas de un consultorio abarrotado de pacientes, que ni siquiera sienten derecho a protestar por la larga espera. Obligados, sentados, a no chistar. Sumado a la falta de interés y sensibilidad que muestran muchos médicos que, como objetos, nos instalan en el campo de la invisibilidad. El encuentro médico-paciente termina, la mayoría de las veces, sin control físico,  ni toma de la presión ni, si es depresión, auscultado el corazón. Todo inevitablemente termina en el papel. Ordenes de estudio  y recetas con medicamentos, sin averiguación de antecedentes ni incursionar demasiado en el motivo de la consulta. El paciente está a cargo de sí mismo. Cuándo y cuántas, cuál es la droga y qué efecto puede tener. Consecuencias y contraindicaciones que el profesional no menciona y que, de leer el prospecto, nunca tomaríamos.

Quizás sea la de Débora una alerta máxima. Hay una sociedad que tambalea y descuida al otro. Si no es del palo, es enemigo y si le pasa al otro, es nadie. Con Débora aprendimos varias cosas. Que la vida vale poca cosa y que en cualquier momento despegamos. Que la salud debe asumirse con responsabilidad y controles desde arriba. Y con responsabilidad y controles desde abajo. Porque si a otro nivel estamos acostumbrados a votar al menos malo, sin que expresen sus planes ni averiguar quiénes componen las listas, la actitud de indiferencia  se extiende a un sector que nada más ni nada menos “juega” cada día con nuestra vida.

No todos son iguales. Por suerte, existen los médicos que parecen ángeles que nos toman de la mano, nos guían en el camino y nos salvan. Aleluya por ellos. Seguro que si estamos vigilantes, y no dejamos pasar por alto descuidos, distracciones o malos tratos, los médicos se verán obligados cada vez más a tratar a los pacientes como seres humanos y por lo menos, seguro, seguro, no sentiremos esa orfandad e impotencia que vivimos después de la muerte de Débora.

*Periodista y socióloga.


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