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Aislarse es retroceder

Uno de los dilemas es decidir si seguimos haciendo esfuerzos para incorporarnos a la revolución del conocimiento, o preferimos ser otro vagón del tren que se precipita en el abismo de la pobreza. Tenemos que escoger entre avanzar o podrirnos de tan maduros. 8 de diciembre, 2019

Según Eric Hobsbawm las culturas se sofisticaron cuando los grupos humanos distintos pudieron intercambiar conocimientos, aliarse, atacarse. Aparecieron junto a enormes ríos y pequeños mares que facilitaban la comunicación. Los primeros animales se domesticaron en el Creciente Fértil y en los altos del Yangtsé, las culturas europeas nacieron a la vera del Mediterráneo, las andinas cerca del Titicaca y las mesoamericanas junto a Texcoco. El aislamiento fue siempre sinónimo de retraso.

Con la revolución de las comunicaciones la mayoría de los seres humanos nos comunicamos directamente entre nosotros, lo hacen empresas, grupos de todo tipo y también Estados. Todos nos transformamos, intercambiamos informaciones, conocimientos, productos y llegamos a la etapa de mayor crecimiento cultural, científico y económico de la historia.

Desde el año 2000 creció la riqueza y la demanda de materias primas de los países de los países que lideran esta revolución, especialmente Estados Unidos y China. Los precios de las materias primas subieron y el Producto Interno Bruto de Argentina pasó de US$ 97.724 millones en el año 2000 a US$ 594.749 millones en el año 2014, creció 5,7 veces en poco más de una década. Desgraciadamente ese proceso no podía seguir indefinidamente, dependía de la economía globalizada, en el año 2016 bajó a US$ 55.753 millones y en el año 2018 a US$ 51.847 millones. Si se hubiese aprovechado esa prosperidad para desarrollar la técnica e incorporarnos a la revolución del conocimiento, seríamos el país más rico de América Latina y habría desaparecido la pobreza.

Mientras nos mantengamos chapoteando en los mitos de la Guerra Fría, la distancia que nos separa de los países ricos será cada vez más grande

Entre mitos. Mientras  nos mantengamos chapoteando en los mitos de la Guerra Fría, la distancia que nos separa de los países ricos será cada vez más grande y seguiremos siendo proveedores de materias primas a merced de los países con alta tecnología. Eduardo Galeano, autor de Las venas abiertas de América Latina –Biblia de la izquierda en los años 70– dijo en la II Bienal del Libro de Brasilia que “no sería capaz de leer de nuevo el libro” porque “esa prosa de la izquierda tradicional es pesadísima”. Dijo también que cuando lo produjo “no tenía la formación necesaria”, no está arrepentido de haberlo escrito, pero sabe que pertenece a una etapa que está superada. Afirmó también que cuando escribió el texto no tenía suficientes conocimientos de economía ni de política. Reconocer que las propias ideas no son eternas, que es posible equivocarse, es propio de los grandes.

Fernando Enrique Cardoso escribió Dependencia y desarrollo en América Latina –el mayor aporte latinoamericano al desarrollo del marxismo–. Cuando fue presidente de Brasil lideró una exitosa reforma liberal. En el año 2009 escribió “Relembrando o que Escrevi”, un texto en el que reflexiona sobre su extraordinaria producción intelectual y afirma que “algunos han dicho que en algún momento, me arrepentí de algo que escribí. Eso es maldad pura. No me siento incómodo ni quiero olvidar lo que escribí. Son textos que existen. Esa frase es una deformación de una declaración política que hice cuando fui presidente, con la que quería comunicar que he cambiado de posiciones. Los que me atacan por eso, nunca me han leído, porque si lo hubiesen hecho, se habrían dado cuenta de que en los últimos treinta o cuarenta años he cambiado de posición permanentemente… Con frecuencia sustituimos la vida por las ideas y la realidad por clichés bienintencionados, pero ése no es mi caso.” “Existe la física clásica, pero sería absurdo negar por eso la importancia de la física cuántica. Marx es en las ciencias sociales el equivalente de la física clásica, puso fundamentos importantes, pero hay una enorme cantidad de cosas que aparecieron después y que deben ser incorporadas. Tengo un enorme respeto intelectual por Marx, pero se equivocó mucho acerca de lo que acontecería después, porque el mundo cambió. Y esto es más grave en las ciencias sociales porque la física tiene sistemas estables, mientras los sistemas sociales no son estables, las reglas cambian y las leyes que las rigen también. Ocurre simplemente que el mundo que describió Max ya no existe. El capitalismo actual es otro y las relaciones entre las gentes son distintas.”

Terminada la Guerra Fría todos los países importantes del mundo, incluidas las potencias emblemáticas del comunismo, Rusia y China, adoptaron el capitalismo, el libre mercado, se incorporaron a una economía globalizada en la que además de los Estados existen otros protagonistas importantes.

En la primera mitad del año 2019 la inversión de riesgo en Silicon Valley aumentó en US$ 2.300 millones, la economía de California superó a la del Reino Unido y duplicó a la española. Si el Valle fuese un país sería el más rico del mundo: el promedio de su Producto Interno Bruto per cápita anual es de US$ 128.647, sería seguido por Luxemburgo con US$ 115.200, y Suiza con US$ 85.160. Los países sudamericanos estamos bastante lejos de esas cifras: el más rico es Chile con US$ 15.346, seguido de Argentina con US$ 14.401 y Brasil con US$ 9.821. El tamaño de varias empresas asentadas en el Valle supera al de casi todos los Estados latinoamericanos: Amazon está evaluada en US$ 315,5 mil millones, Apple en US$ 309,5 mil millones, Google en US$ 309 mil millones. Según el Banco Mundial el PIB actual de Argentina es más grande: US$ 432 mil millones.

Potencias. ¿Cuál es la base de esa enorme riqueza? No son fábricas que están en un lugar. Esas empresas tienen su sede en el Valle, pero sus ganancias las obtienen promoviendo el progreso mundial. Viven en nuestros teléfonos celulares, se han incorporado a nuestro cuerpo. A esta altura de la vida nada podrían hacer sin ellas los estadistas, los grandes empresarios, los piqueteros, las amas de casa o los motochorros. Todos contribuimos con unos pocos centavos diarios a su prosperidad y ellas transforman la realidad. La mayoría de los seres humanos consultamos con el Google, nuestro Dios de bolsillo, más de lo que lo hicieron con otros dioses en otras culturas.

Se valora la verdad, la palabra de la gente común, que participa de una sociedad más libre. No podría moverme en WDC o en México sin Uber, la compañía de taxis más grande del mundo que no tiene coches. El mes de julio asistiré a la temporada italiana de ópera. Compré ya mis tickets, sé cuáles serán mis asientos, me alojaré en Roma en un pequeño palacio y en un convento medieval cerca de Verona, que salen más baratos que cualquier hotel tradicional. Nada de esto pude hacer cuando hace treinta años hacía lo mismo, porque la comunicación era imposible.   

Shenzhen, el Silicon Valley chino, pronto será más grande que el norteamericano, Rusia construye en Vladivostok su versión del Valle que será su puerta de entrada al Pacífico para incrementar contactos económicos con Japón, Corea del Sur, Australia y EE.UU. No menciona la posibilidad de establecer un tratado de intercambio comercial con Corea del Norte.  Ningún país importante tiene interés en mantener relaciones comerciales con Venezuela, Nicaragua, Cuba o Zimbabwe, aunque a veces les usen como Pitbulls para presionar por nuevos mercados.

Argentina. Necesitamos comprender este mundo. Durante el gobierno de Cristina Kirchner se lanzó una cruzada para rechazar la sentencia que nos obligaba a pagar los US$ 4,65 mil millones que debíamos a los fondos buitre. Alphabet, matriz de Google, Amazon y Facebook, perdió en un día de crisis US$ 40 mil millones, el equivalente a diez veces más que nuestra deuda. Llamamos la atención cuando acudimos al G20, el club de países más ricos de la Tierra, unido por el respeto a las normas del intercambio capitalista, a solicitar su solidaridad para incumplir la sentencia del juez de Nueva York. Fue como si una provincia solicitara a la Asociación de Bancos Privados su apoyo para incumplir la sentencia de un juez que le obliga a pagar una deuda de 200 pesos.

Mauricio Macri dio pasos para insertar a Argentina en la sociedad globalizada apoyado por una diplomacia profesional, encabezada sucesivamente por Susana Malcorra y Jorge Faurie. Argentina apareció en la agenda de los líderes mundiales. Algunos preguntaron cuántos dólares traía Macri de cada viaje.  Seguramente habría preguntado a Nixon cuántos dólares le sacó a Mao cuando lo visitó en 1972. Las relaciones internacionales se construyen con mucho tiempo y esfuerzo. Hay algunas que son más útiles para los argentinos que otras, más allá de que los interlocutores sean comunistas, capitalistas o veganos.

Uno de los dilemas más importantes del momento es decidir, si seguimos haciendo esfuerzos para incorporarnos a la revolución del conocimiento, o preferimos ser otro vagón del destartalado tren, que se precipita en el abismo de la pobreza.

Tenemos que escoger entre avanzar o podrirnos de tan maduros. Tendremos futuro si seguimos con los esfuerzos para integrarnos al progreso, mantener el acuerdo con la Comunidad Europea, realizar acuerdos con otros países desarrollados. Si nuestra comunidad internacional se reduce a Nicaragua, Venezuela y Cuba, sepamos que sus economías sumadas, son inferiores a las de muchas empresas de Silicon Valley. Necesitamos recorrer la ruta que inició Deng en China hace cuarenta años, liberando la economía, promoviendo la inteligencia. Si el líder chino hubiese creído que era mejor prohibir las computadoras y que los chinos usen máquinas de escribir, papel carbón y liquid paper, conservarían la igualdad perfecta que consiguió el maoísmo: todos seguirían muriendo de hambre.

Necesitamos integrarnos a un mundo que avanza a pasos agigantados, más allá de las confusiones que provocan entusiasmos del siglo pasado. Fueron hermosos, pero caducaron.

 

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.


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