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Formar a los que forman, el rol de las carreras docentes

La importancia de la capacitación para los que imparten conocimientos dentro del aula. Nuevas herramientas pedagógicas, en base a la creatividad y la planificación. La relación con los alumnos. 8|07|18

Muchas voces se alzan para criticar a la docencia actual en general, y a su capacitación en particular. Y muchas otras, con su silencio y foco exclusivo en la cuestión salarial, soslayan que un docente que no se actualiza en sus conocimientos y prácticas, cada año estará limitado instrumental y emocionalmente para cumplir su función de guía y de detector de capacidades de las personas a su cargo.

El ejercicio de la profesión puede provocar desgaste, tedio, obstaculizar el conectarse con los alumnos. Hasta puede perder de vista su misión de pedagogo y no apoyar la construcción del aprendizaje por parte del propio alumno. Todo esto atenta con características imprescindibles en el proceso de enseñanza aprendizaje: generar creatividad y estimular la autoconfianza en el alumno, pero también preservar la salud del maestro. ¿Será la capacitación el único antídoto para no caer en esta situación desde un lugar de cuidado para su salud?

Es pertinente interpelarse qué significa ser docente en la actualidad. ¿Pasa por una motivación vocacional?, ¿es una salida laboral?, ¿es parte constructora de la sociedad?, ¿es una figura acomodaticia coyuntural de necesidades extrapedagógicas? Seguramente cada uno compartirá alguno de estos conceptos, o ninguno. Pero lo que sí es real, es que estas definiciones aunque incompletas, no son falaces.

Deberes y oblicaciones. Siempre se ha hablado de cómo debería ser la educación en un país ya que, desde esa visión de hombre a formar, se pueden establecer valores, objetivos, visiones para un perfil del educador. Todas son aceptables, aún las posturas aparentemente más extremas desde lo filosófico, pero parece que asiduamente solo quedan en el campo de lo dialéctico, lo utópico, atravesado por factores no pedagógicos, cómo son aquellos referidos a lo económico, lo financiero, lo estructural, lo ideológico. Este mecanismo paraliza cualquier intento de autocrítica reflexiva y desarrollo de didácticas más eficientes. Y en el medio quedan los niños, los adolescentes, los jóvenes, los adultos que quieren aprender, esperando generación tras generación, que todos tengamos en claro y actuemos en consecuencia de para qué se necesita capacitación y actualización de saberes y prácticas. No es que la capacitación actual sea mala, no es idónea en nuestros tiempos, ya que forma técnicos en pedagogía, no investigadores de su propio quehacer en el aula. Y este dato no es menor, porque si no se inculca al futuro docente a revisar periódicamente sus prácticas, a compartir con colegas dudas y hallazgos eficaces, y a sensibilizarlos que lo que ellos imparten no es mera transposición didáctica de un conocimiento, sino el modelo de creatividad, planificación, originalidad, conducta y valor por la vida, algo nos está faltando.

Ejemplos destacados. Al revisar las noticias más recientes, nos encontramos con experiencias y conclusiones, algunas realizadas por el educador mismo y otras como reflejo de su accionar, que avizoran un camino alentador. Se destacan por poseer una visión flexible, comprometida, innovadora, con críticas a lo ya establecido, respetuosa de las individualidades y contextualizada en la realidad. Una docente británica fue reconocida como la mejor maestra del mundo; un docente de nuestro país viaja al cerro Champaquí para dar clases a jóvenes a fin de evitarles el desarraigo; sistemas educativos internacionales que realizan cambios en lo arquitectónico y lo pedagógico, y otros que resaltan que el ejercicio continuo y la calidad de razonamiento debe prevalecer más que la mera memorización. Y por otro lado alumnos de nuestras escuelas técnicas que ayudan a hacer una sociedad mejor con sus diseños.

¿Pero qué relación tiene esto con decidir si es necesaria o no una capacitación docente? En que ninguna de ellas y otras buenas iniciativas menos compartidas públicamente, se podrían desarrollar con solo el conocimiento que brinda un Profesorado. Cuando un profesional de la educación se encuentra con distintas realidades año tras año, debe reconocer que siempre debe renovar su experticia y cuidar sus emociones, porque las fórmulas aplicadas a un grupo difícilmente pueden transferirse sin adaptaciones a otro. Y paulatinamente se puede caer en modalidades cristalizadas de enseñanza.

Si desde el principio de la humanidad se vio la necesidad de la transmisión de saberes y prácticas, a través de una figura devenida y reconocida de capacitación competente, es más que razonable concluir que para hacer realidad esto, el único camino es seguir adquiriendo y compartiendo conocimientos. Si así se lo pedimos al menos obligatoriamente a nuestros jóvenes por 12 años, ¿por qué un docente no daría el ejemplo?

Reconocimiento. La Fundación Varkey otorgó el premio a Andria Zafirakou, quien destaca el papel del arte, la comunicación, el desarrollo de habilidades más que de los conocimientos y la redefinición de Programas en función de las necesidades de los alumnos. Giacomo Ponta monta a caballo o a lomo de burro cada 21 días turnándose con otros docentes para dar clases a jóvenes a fin de evitarles el desarraigo a su lugar y que continúen sus estudios. Finlandia aplica el método “phenomenon learning” que favorece la autorregulación, responsabilidad y participación en los propios aprendizajes, a través del trabajo por proyectos y uso de espacios abiertos. En la Unesco coincidieron en la necesidad de que los docentes cumplimenten estudios universitarios específicos, actualización permanente y evaluaciones periódicas de su desempeño. Bastones inteligentes para ciegos, tableros eléctricos para eventos deportivos, bicicletas que generan energía eléctrica, entre otros, son diseñados y armados por los propios alumnos de escuelas técnicas.

 

Preservar las tradiciones

En los tiempos prehistóricos, no había maestros, pero existía una tendencia a preservar las tradiciones. Ya en Atenas la educación del niño estaba a cargo de un anciano esclavo que ejercía como Tutor. Al finalizar la Edad Media, no solo fueron creciendo y complejizando las ciudades, sino que también surgieron organizaciones que, como la de los gremios, necesitaban transmitir y desarrollar el dominio de oficios. Los jóvenes aprendices eran tutelados por un Maestro, y cuando se consideraban suficientemente expertos, se presentaban a un examen ante otros miembros del gremio y accedían al título de Maestro si lo aprobaban. Es indiscutible que un profesional competente y habilitado para esta transmisión de saberes y habilidades debe existir, cumplir instancias capacitadoras, ser respaldado por un programa y en general, actuar dentro de una institución.

*Responsable de Formación Docente de Fundación Barceló.


Diana Gayol

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