DOMINGO
Cómo explicar el éxito PRO a progresistas extremos

Manual para anti-Macri

José Natanson se dirige en ¿Por qué? a los desesperados por tener a Macri en la Presidencia para invitarlos a reflexionar y no limitarse a la queja o el desprecio. Entender que el macrismo pelea y por momentos gana la subjetividad de los argentinos es clave para explicar su éxito. Un abordaje distinto, que no busca desenmascarar la perversidad macrista, sino explorar los motivos por los que una parte importante de la población lo apoya.

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El estilo elegido para poner en escena su alegría –la estética de su euforia soft– nos eriza. | joaquin temes

Los varones de traje, pero sin corbata, camisa celeste, rosa o blanca, tonos pastel, las mujeres casual, elegantes sin exagerar, incluso de jeans, tacos bajos. Salen a bailar, revolean los pañuelos, hacen pogo, el trencito. Los globos multicolores vuelan desde el palco y rebotan sobre el público, que se estira para tocarlos con las yemas de los dedos. Tras varias horas de ansiedad contenida, con las baterías de los celulares agotadas, los cargadores de repuesto también vacíos, malcomidos por la tensión –una medialuna fría con jamón y queso manoteada hace varias horas, un vaso de gaseosa diet alcanzado por un asesor–, los dirigentes del macrismo por fin se liberan. Aplausos. Besos en las mejillas. Abrazos. El DJ va subiendo el volumen; mezcla éxitos de cumbia con viejos clásicos del rock nacional y guarda para el momento clave Ciudad mágica, el hit de Tan Biónica, la banda ícono de los búnkeres PRO. Las pantallas clavadas en TN muestran los números. Los zócalos lo confirman. Cada punto se festeja. En cualquier momento aparecen: María Eugenia, Horacio, Gabriela… ¡Mauricio!

El estilo elegido por el macrismo para poner en escena su alegría –la estética de su euforia soft– nos eriza. Buscando explicaciones, encuentro que los diccionarios de medicina definen como “dentera” o “tiricia” un movimiento instintivo de rechazo en el sistema nervioso autónomo, el que controla las reacciones involuntarias del organismo, que se manifiesta en la piel y a través de una desagradable sensación en los dientes y las encías: los cubiertos que chirrían sobre un plato de loza, el roce de la suela de algunos zapatos contra el suelo, dos corchos frotados entre sí y el clásico de las escuelas de todo el mundo: las uñas de la maestra sobre el pizarrón.

La causa de este malestar podría remontarse al origen de la especie humana, al grito que lanzaban los monos ante una situación de peligro: es el eco de ese tono agudo, las ondas de alta frecuencia de la antigua señal de alerta, lo que hoy nos genera esa necesidad irreprimible de taparnos los oídos, movernos en la silla, salir corriendo de allí.

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¿Qué astucia de qué razón permitió que un integrante del jet set de revistas del corazón, dotado del acervo cultural de un periodista deportivo promedio y acostumbrado a expresarse con la inconfundible fonética de las clases altas de zona norte, se convirtiera en presidente de un país con una fuerte tradición de clase media ilustrada, una arraigada memoria igualitarista y una pulsión plebeya a prueba de dictaduras y represiones? ¿Qué hizo que Macri ganara primero el Gobierno de una Ciudad como Buenos Aires, autoconcebida como culta y progresista? ¿Cómo se explica que haya logrado ser reelegido y validado electoralmente una y otra vez hasta el punto de imponer a Horacio Rodríguez Larreta, verdadera cabeza de su gestión, pero carente de cualquier rastro de carisma, como su sucesor?

¿Cómo hizo para traspasar las fronteras de la General Paz y romper la idea de que el suyo era un liderazgo importante, sí, pero municipal y de vuelo corto? ¿Cuáles son las razones que lo convirtieron en el primer presidente ni radical ni peronista democráticamente elegido de la Argentina?

¿Cómo hizo para construir el primer gobierno de élite de nuestra historia? ¿Por qué consiguió revalidarse en las elecciones de 2017? Y, finalmente, ¿cómo logró despejar el fantasma de la ingobernabilidad –el síndrome del helicóptero– y mantenerse en el poder hasta el punto de avanzar en la construcción de una nueva hegemonía?

Para responder estas preguntas es necesario reprimir el reflejo subestimador que a menudo nubla nuestra visión y hacer un esfuerzo por entender las angustias, los miedos y los deseos con los que logró conectar. El macrismo no es un accidente histórico ni una simple operación de marketing político, un invento de las noches psicodélicas de Jaime Duran Barba: es el signo de corrientes sociales profundas. Más allá de sus éxitos o fracasos como gobierno, más allá de si deja finalmente una huella equivalente a la de Alfonsín, Menem y los Kirchner, su ascenso es la expresión de una serie de mutaciones que vienen ocurriendo en nuestra sociedad desde hace décadas.

Las primeras páginas de este libro analizan el proceso de nacimiento y ascenso del macrismo hasta su victoria en las elecciones presidenciales de 2015. Como la política funciona a menudo como un espejo, dedico el primer capítulo a entender el declive del kirchnerismo, que comenzó cuando Cristina Fernández obtuvo su reelección con un porcentaje aplastante de votos y, a partir de la idea de que el 54% era un dato tallado en la piedra de los tiempos y no una realidad social contingente, lideró un improbable “populismo de minorías” que no logró evitar el estancamiento económico, el amesetamiento de los formidables avances sociales alcanzados hasta ese momento y un resquebrajamiento de su coalición política, todo en el marco de una sobrecarga del relato que pretendía compensar estos déficits, pero que solo conseguía hacerlos más visibles (y más enojosos).

Formado por empresarios, gerentes y profesionales de ONG, el macrismo se fue consolidando, a lo largo de una década de rápida expansión, como una fuerza política basada en una serie de dicotomías (vieja/nueva política, improvisación/ equipos, populismo/república) que terminaron por convertirla en la principal referencia del antikirchnerismo, que a esa altura ya era la identidad más fuerte de la escena política argentina. Desde un comienzo, Macri se propuso evitar el camino de la derecha argentina tradicional y elaboró una propuesta pragmática y ambiciosa: como los bolcheviques, un partido de cuadros orientado a la toma del poder.

La construcción de candidatos capaces de expresar los valores del “hombre común” le permitió al macrismo acortar –o al menos hacer soportable– la distancia entre una sociedad desigual y empobrecida y una fuerza política integrada, en su mayoría, por personas provenientes de los sectores más privilegiados, que además son en general varones, porteños y de mediana edad. Más en concreto, le posibilitó a Macri dejar atrás su imagen de empresario, al fin y al cabo la ocupación a la que había dedicado la mayor parte de su vida, y reemplazarla por la de ingeniero, profesión que nunca ejerció realmente (por eso la imagen del constructor de puentes es verdaderamente metafórica –salvo que lo diga como contratista del Estado–).

Además de políticos empáticos, el macrismo ofrece un mundo de igualdad de oportunidades, la única idea más o menos abstracta que el Presidente acepta incluir en sus discursos y el principal argumento de –digamos– su filosofía política. Con una larga y muy rica tradición en el pensamiento liberal, esta perspectiva conecta con el ideal inmigrante de progreso sobre la base del esfuerzo individual que está en el origen de la Argentina moderna (la movilidad social ascendente condensada en el mito de “m’hijo el dotor”), y sintoniza con el “neoliberalismo a nivel molecular” que sobrevive en gran parte de la sociedad. Aunque, por supuesto, disputa la sensibilidad de los argentinos con otros valores más colectivos y solidarios, la perspectiva de la igualdad de oportunidades está dotada de una enorme potencia simbólica y ha encontrado en el “trabajador meritocrático” el sujeto social capaz de encarnarla. Pero tiene su lado oscuro: al encubrir un desdén apenas disimulado hacia quienes requieren asistencia estatal, logra hacer más tolerables decisiones y políticas que conducen a una sociedad más injusta (incluso si no es lo que se propone). Pero funciona. Y encuentra en la noción de emprendedorismo su traducción a biografías individuales de éxito.

Con su aire romántico de aventurero del mercado, el emprendedor marca un contraste con la desgastada figura del empresario explotador o del rentista haragán y, en un mágico pase de manos, le devuelve legitimidad al capitalismo en su versión globalizada del siglo XXI, aunque en el proceso produzca un desplazamiento del foco de la responsabilidad tan sutil como perverso: bajo este nuevo paradigma individualizante, si una persona no consigue trabajo o no logra superar la pobreza no se debe a que el sistema la explote o la excluya sino a que no se esfuerza, no es creativa o no innova; no invierte en sí misma. El macrismo proyecta jóvenes universitarios que crean apps en oficinas vidriadas con sillones blandos, pufs y mesas de ping-pong, y la realidad le devuelve la imagen de ex obreros industriales que se las rebuscan con una panchería.

La invocación a los valores posmateriales es otro gran recurso de seducción. Como en el Primer Mundo, también en la Argentina existe un sector de clase media y alta que, con sus problemas de alimentación, vivienda y seguridad básicamente resueltos, reorienta sus preocupaciones hacia cuestiones relacionadas con la autoexpresión, el disfrute y la autonomía, sean éstas individuales (la autorrealización personal, el reconocimiento de la identidad y la búsqueda de una mejor calidad de vida a través del ejercicio, la meditación y el yoga) o solidario-colectivas (los ecologistas que reciclan latitas, los adoradores de mascotas que rescatan perros sarnosos y los veganos que defienden los derechos humanos de los camarones y los pollos). Con un discurso de defensa del medio ambiente que no se traduce en políticas que cuestionen el modelo de producción que lo destruye y un estilo new age que tiñe de una tonalidad vagamente mandeliana el modo ultraestudiado de presentarse ante la sociedad, el macrismo cultiva un aire cosmopolita y moderno que le permite conectar con un sector importante de los argentinos. No es su única cara, porque también tiene una faz conservadora y hasta reaccionaria, que asoma sobre todo en situaciones inesperadas, de desequilibrio o crisis, pero es la que prefiere mostrar.

Todo esto confirma que estamos ante un gobierno que detecta, interpreta y explota una serie de tendencias sociales preexistentes, que estaban allí desde antes de que el propio Macri se decidiera a lanzarse a la política, desde la dictadura y el menemismo. Es importante subrayar este punto, una de las tesis de este libro: el macrismo no arroja bombas desde aviones que sobrevuelan a diez mil pies de altitud, sino que disputa la racionalidad en el teatro de operaciones del sentido común, al que examina mediante todas las herramientas disponibles y sobre el que está dispuesto a dar, casi diríamos, una batalla cultural: el macrismo es un ejército de infantería.

Puede resultar incómodo, irritante y hasta doloroso, pero aceptar que el Gobierno interviene en –y viene ganando– la disputa por la subjetividad social es un paso fundamental para entender su éxito. Hasta el momento, las miradas críticas sobre el macrismo tendieron a concentrarse en aspectos como la corrupción, los efectos regresivos del plan económico o la distancia entre su discurso edulcorado y la realidad pura y dura de sus políticas. Aunque se trata de planteos pertinentes y en algunos casos valiosos, mi impresión es que no alcanzan para explicarlo (y que no se proponen superar el rechazo que les produce sino reforzarlo). Por eso aquí intento un abordaje distinto, que no apunta a denunciar al Gobierno ni a desenmascarar la perversidad de su alma verdadera, sino a explorar los motivos que hicieron que una mayoría de la población se decidiera a apoyarlo: este es, por lo tanto, un libro sobre el macrismo, pero también sobre la sociedad.

Para ello, hice algo que la crítica del macrismo en general se resiste a hacer: conversé con sus funcionarios y dirigentes, en especial con aquellos que dedicaron algún tiempo a pensarlo, que no son muchos. Leí sus libros, los entrevisté, compartí almuerzos, varios cafés; en otras palabras, me los tomé en serio. Así, Marcos Peña me explicó qué es el círculo rojo, Duran Barba me reveló su fascinación por los youtubers, Pablo Avelluto argumentó por qué piensan que no tiene sentido acordar un pacto al estilo La Moncloa, Hernán Iglesias Illa describió el tipo de sociedad que imaginan, Iván Petrella me explicó que no les interesa ocupar el centro de la escena y Alejandro Rozitchner me dijo que Macri, como él, tuvo que lidiar con un padre fuerte, arbitrario y yoico.

Como todo oficialismo, el actual ha establecido una división del trabajo: un sector –integrado entre otros por Rogelio Frigerio, Emilio Monzó y Federico Pinedo– se dedica a construir las mayorías parlamentarias, a presionar a los gobernadores e intendentes opositores y a administrar la coalición con el radicalismo, tareas inherentes al ejercicio del poder que se desarrollan siguiendo el conocido método de los adelantos de coparticipación, el ahogo fiscal y la discrecionalidad en la asignación de la obra pública; es decir, de manera no muy diferente de otras experiencias del pasado.

Los ministros, por su parte, gestionan sus respectivas áreas, supervisados por los dos secretarios de Coordinación. No me detengo aquí en ninguno de ellos, salvo para ilustrar algún argumento, sino en el grupo que a mi juicio expresa la verdadera novedad del macrismo como fenómeno político, el que lidera Marcos Peña, el principal artífice del ascenso, e inspira Duran Barba, el gran teórico de las mayorías despolitizadas.

Para subrayar mi punto de vista, dedico el capítulo final a una caracterización ideológica del macrismo. Sostengo allí que la orientación general de su programa económico, el cuadro de ganadores y perdedores que da como resultado, la concepción de la política social como una red de contención mínima antes que como una estrategia de ampliación de derechos, el giro primermundista en materia internacional y los intentos por imponer contrarreformas regresivas en diferentes áreas de la administración, junto con la concepción liberal e individualista de la sociedad, confirman que el de Macri es un gobierno de derecha, cuyo legado será una Argentina más desigual y egoísta, menos popular y solidaria.

Pero esto no lo convierte en una reedición de la dictadura, ni siquiera del menemismo. El macrismo es, y éste es uno de mis principales argumentos, un fenómeno político nuevo, y de ese modo debe ser visto. Por ejemplo, el Gobierno mantuvo a Aerolíneas bajo control estatal, logró un aumento del número de pasajeros transportados y descartó la propuesta ultraliberal de avanzar en una política de cielos abiertos y eliminar las bandas de precios, pero adoptó una serie de medidas de apertura mediante el ingreso de las low-cost y decidió una reducción de subsidios que en el futuro podrían amenazar el rol de la aerolínea de bandera. En otras palabras, avanzó en la desregulación del mercado aerocomercial sin caer en una privatización lisa y llana. Otro ejemplo, más delicado aún: el macrismo desplegó una serie de políticas regresivas en materia de derechos humanos, tolera a funcionarios negacionistas que provocan con discursos pre Nunca más y avaló –en un primer momento– el fallo del dos por uno de la Corte Suprema, pero no frenó los juicios, ni indultó a los represores, ni respaldó los planteos de los familiares de las víctimas de la guerrilla que le reclamaban tratar esos casos como delitos de lesa humanidad. La reversión no implicó una estrategia de impunidad global al estilo menemista.