mundial 2018

Memorias del subsuelo

La jugada clave del partido fue, a mi entender, esa pelota que Sampaoli fue a disputar afuera de la cancha (afuera, claro, ¡si es el técnico!) contra un jugador croata que saltó y lo anticipó; Sampaoli de inmediato calificó (o descalificó) al rival: ¡Cagón! ¡Cagón! 23|06|18

La jugada clave del partido fue, a mi entender, esa pelota que Sampaoli fue a disputar afuera de la cancha (afuera, claro, ¡si es el técnico!) contra un jugador croata que saltó y lo anticipó; Sampaoli de inmediato calificó (o descalificó) al rival: ¡Cagón! ¡Cagón!, con tan nítida modulación, que hasta el peor lector de labios del mundo pudo advertir lo que le decía. Esa jugada del partido, aunque exterior al partido, lo define en cierto modo, porque define una actitud, un estado de ánimo, un modo de ser o de estar: la desesperación.

Porque en principio en la escuadra nacional la cosa estuvo más o menos repartida entre los nerviosos y los tristes. Había más de lo uno y de lo otro que de aplomo, solvencia, templanza, consistencia. Pero con los nerviosos, para el caso, no nos estaba yendo tan mal. Acuña un poco con gambetas y un poco a los empujones prosperaba por izquierda. Enzo Pérez desacertaba pero también acertaba (para mí su tiro al arco vacío sí que entró y, de haberse pedido el VAR, le habrían dado el gol). Otamendi y Tagliafico devolvían golpe por golpe, plancha por plancha, pisotón por pisotón. Y los tristes, aunque tristes, pesarosos de semblante, aportaban a la ilusión: Caballero tapó abajo la primera del partido, Messi esquivaba ocasionalmente a uno y hasta a dos, la historia estaba pareja, creer no costaba nada.

Y Caballero, a todo esto, ¿sabe con los pies o no sabe con los pies? ¿Se conoce o no se conoce con los compañeros? No tengo idea, tampoco me importa. Lo seguro es que habría sido mejor no afirmar nada al respecto. Porque la frase, una vez proferida, lo indujo a una demostración forzada: a probar que con Mercado se entiende, que se la puede dar suave y por arriba. Y la debacle que entonces empezó, siguió con el golazo de Modric y se redondeó con un gol de fútbol cinco de Rakitic, produjo una fusión térmica (esto es, por calentura) de esas dos tendencias predominantes en el equipo argentino: la de los nerviosos y la de los tristes (para entonces, ya angustiados).

La suma de nervios y angustia, ¿en qué resulta? Resulta en desesperación. Sampaoli saca a Agüero y además se saca el saco. Sus frenéticas caminatas no son como las de Bielsa, que andaba y cavilaba; Sampaoli arremete como si estuviese yendo a alguna parte, pero no: no va a ninguna; se pierde en la pura línea recta. Conjuga nervios y angustia, como su equipo y como los héroes de las novelas de Dostoievski. Se desespera y desespera. Se desespera y nos desespera.

Que haya ido a disputar una pelota con un jugador contrario, afuera de la cancha, no es tan grave como que la haya perdido. Y el hecho de haberla perdido no es tan grave como el haberse puesto a insultar. Y el haberse puesto a insultar no es tan grave como el insulto emitido. ¿Cagón? ¿Cagón? ¿Le dijo cagón? No me explico desde qué presunción de coraje, con qué idea de osadía, esgrimió esa opinión, ese argumento, esa manera de entender el fútbol.

*Escritor.



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