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Fondo negro

Creerse mejores que los otros es toda una costumbre argentina. No resulta en un impulso a la victoria, sino en el darla por descontada. 16|06|18

Creerse mejores que los otros es toda una costumbre argentina. No resulta en un impulso a la victoria, sino en el darla por descontada. Eso explica, según creo, la habitual oscilación entre la omnipotencia de mentón altivo (con su corolario: la prepotencia) y la depresión de mirada gacha (con su corolario: el autoflagelo). Para este mundial de fútbol, sin embargo, las cosas parecían mejor barajadas en ese sentido: no ser candidatos al título, no creer serlo, los jugadores declarando con modestia, el técnico transmitiendo angustia, los amistosos fallidos de la dirigencia, vacilar con los cuatro climas, dudar del granero del mundo. Incluso los tres goles de Cristiano Ronaldo, con Portugal, echaron una sombra oportuna sobre la preponderancia planetaria de Messi.

Me exaspera el fútbol de marcaciones laxas, que es lo que en este tiempo prevalece. Y no fue el caso de Islandia. Tal vez porque viven aislados, tal vez porque se dedican mayormente a otra clase de profesiones, parecen haberse mantenido, para su suerte, al margen de las tendencias actuales de arqueros clavados en el arco y propensos a los errores groseros, defensores que miran y acompañan pero no cierran, que se dan vuelta cuando el contrario patea en vez de tirarse al piso a tapar, de mediocampistas de marca que menean la cabeza cuando los pasan en vez de raspar un poquito al que los ha pasado, para que no se vaya hacia el arco sin alguna clase de mortificación. La única vez que un delantero suyo pateó al arco con el pie, y no con la canilla o con el tobillo, fue gol, merced a la inclinación a la contemplación de la zaga argentina, su predilección por la zona (que yo solo aprecio en Saer), los rebotes de brazos tiesos del bueno de Caballero.

Islandia propuso un 4-4-2 para el segundo tiempo, pero los 2 de ese 4-4-2 estaban parados detrás del círculo de la media cancha. ¿Y entonces? Entonces Agüero se diluyó, Di María se apretó tanto contra la línea izquierda que llegó a quedar subsumido en ella, Pavón e Higuaín entraron tarde y jugaron bien puede que por eso mismo, mientras Maradona, en un palco, lucía un buzo intrigante con el logo del Mundial 78, que Argentina ganó prescindiendo nada menos que de él.

¿Y Messi? Messi pateó flojito el penal, tal vez para demostrarnos a todos que no solamente la Selección no puede depender enteramente de Messi, sino que tampoco Messi puede depender enteramente de Messi. Porque hace tiempo ya que Messi carga, no ya con las comparaciones entre él y Maradona, y ni siquiera con las comparaciones entre él y Cristiano Ronaldo, sino con las comparaciones, entiendo que peores, entre él y él mismo: entre él en la selección nacional y él en el Barcelona, entre el genio del gol a Irán y el cabizbajo de las finales, entre el que es y otras veces no es, entre el que es y el que queremos que sea.

Me gustó la camiseta de la selección argentina: celeste y blanca sobre fondo negro.

*Escritor.



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