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Opinión: Yo te vi abrazar a Lula

. 8|04|18

Da escozor escuchar hoy a financistas y empresarios hablar del encarcelamiento de Lula en Brasil, y no porque no haya motivos para que sea condenado, dado que la corrupción pareciera haber teñido a todo el Partido de los Trabajadores y es una sentencia revisada en distintas instancias, sino por la hipocresía con la que valoran la democracia según cuánto los beneficie en sus negocios.
Lo de los operadores de Bolsa y bonos no es nuevo: trasladan con bestialidad sus juicios de valor sobre los activos financieros de un país a la opinión sobre el futuro del país mismo. “Lula preso es positivo para Brasil” puede significar, en realidad, “con Lula preso, los bonos brasileños van a subir”. En 2016, un ejecutivo del JP Morgan decía mientras caía Dilma Rousseff y con Mauricio Macri ya instalado en la Casa Rosada: “El eje del Atlántico está de vuelta”. Y agregaba: “En el eje San Pablo-Buenos Aires se vienen retornos apetecibles”. Ahora, lo mismo. Ya el día de la condena a Lula en enero pasado la Bolsa de San Pablo batió su récord histórico.
Muchos empresarios, en tanto, también creen por estas horas que la prisión para el ex presidente será “una ventaja” para las compañías que operan en Sudamérica. Ahí el análisis también es clásico aunque un poco más complejo: “Con Lula preso, no volverá el populismo, habrá reglas claras, seguridad jurídica y más negocios”. El conflicto histórico de “lo que quiere la gente” versus “lo conveniente para los negocios” se reedita, pero ahora con un árbitro judicial que, dirija bien o mal, define.

Flashback. Pero esta concepción en torno a Lula no fue siempre así. Los mercados, que primero lo vieron como una amenaza allá en 2003, se extasiaron poco después de su asunción cuando lo descubrieron como un tornero del establishment que cedía cargos claves a ex banqueros. Es más, en enero de 2010, su último año de mandato, el Foro Económico de Davos que hoy mima a Macri le daba un premio especial al “estadista global”. “Por primera vez en su historia este foro quiere honrar a un extraordinario hombre de Estado”, decía su fundador, Klaus Schawb. Una crónica de la BBC en aquel año, a su vez, lo mencionaba como insignia de una “izquierda responsable”, elogiado por Barack Obama y Tony Blair, y concluía diciendo que tras dejar el poder se iría a descansar “hasta que suene el teléfono y, probablemente, le ofrezcan un trabajo en algún organismo internacional”.
En nuestro país, de hecho, aquel Lula superstar se fue transformando en la figura elegida por los críticos del kirchnerismo como la imagen de un modelo abierto al diálogo y el consenso, en contraposición al acercamiento con Venezuela de la anterior gestión. En 2012 llegó a ser la figura central del Coloquio de Idea, el encuentro de empresarios que repelían Néstor y Cristina Kirchner como un antro del neoliberalismo. Su participación motivó récords de inscripciones y una catarata de fotos en los pasillos. “¿Qué valoran de Lula?”, le preguntaron al anfitrión del encuentro, Ignacio Stegmann, entonces CEO de 3M, una multinacional estadounidense. “En los ocho años de su gestión, Brasil incluyó a más de 20 millones de personas en la clase media, sacándolas de la pobreza”, respondió.

Reflejo. Así como lo usaban entonces, lo más triste es que desde la Argentina otra vez Lula es consumido para uso propio. Para algunos, refleja lisa y llanamente un “mirá lo que te puede pasar a vos, yegua”; para otros, un “¿ven que es un revival de las dictaduras de los 70 con militantes presos y proscriptos?”.
El reflejo que no se ve tanto, pareciera, es el que muestra que, aun cuando generen una crisis política, las investigaciones por corrupción han sido mucho más profundas allá que acá, donde esta semana recién hubo un primer procesamiento por coletazos del caso Odebrecht. La causa lleva once años.

 



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