Opinión

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El libro relata una batalla entre el Bien y el Mal, como La guerra de las galaxias o El señor de los anillos. 24|03|18

Mongolia es un país muy raro. Ensartado entre Rusia y China, tiene una historia llena de contrastes. Su emperador Gengis Kan conquistó buena parte del mundo conocido en el siglo XII. Después, los mongoles fundaron la dinastía Yuan en China, pero luego los chinos conquistaron Mongolia (entonces llamada “exterior”), hasta que llegaron los soviéticos y lo convirtieron en un país satélite y prácticamente aislado del resto del mundo hasta la caída del comunismo. De exuberante geografía (desierto, montañas, ríos, bosques) y el menos densamente poblado del mundo, Mongolia está habitado mayoritariamente por mongoles que hablan mongol y profesan el budismo tibetano. Un 30% sigue siendo nómade y vive en yurtas (característica casa circular con techo cónico) y la lucha mongola es su deporte favorito. Los mongoles comen comidas mongolas y toman el té con sal. Esto último es suficiente para que se lo considere raro y todo lo demás venga por añadidura.

Guía de Mongolia es un libro del escritor serbio Svetislav Basara publicado en 1992, cuando Mongolia se convertía en un país democrático y Yugoslavia sufría las primeras guerras que terminarían en su división. Pero Basara nunca fue a Mongolia ni escribió una guía, sino un libro brillante: una reflexión nihilista en una encrucijada particular de la historia. Basara elige Mongolia como ejemplo del fin del mundo civilizado, imagina viajar de “un país de mierda a otro país de mierda” y sitúa la historia hacia 1988, cuando el régimen agonizaba en los dos países, saturados por un discurso oficial desganado y una población exhausta a fuerza de injusticia y mentiras. El protagonista se encuentra en un hotel de Ulan Bator con un grupo de personajes excéntricos (un obispo protestante holandés, un cadáver viviente, un psicoanalista, un monje que es agente de la KGB) que en las noches de borrachera tratan de entender por qué el mundo es “un lugar de desesperación, una madriguera fangosa cuyo fin es hacer a la gente irascible, afligida y malvada”. Irónico y clarividente, Basara advierte que el fin de los horrores del comunismo no anuncia una era radiante.

De esa era habla otro libro: Yeruldelgger, muertos en la estepa, de Ian Manook. Es una novela policial que transcurre en la Mongolia actual, a caballo entre los restos del urbanismo soviético y los avances de la tecnología. Su protagonista es un rudo comisario de Ulan Bator acechado por empresarios mafiosos, policías corruptos, neonazis que idolatran a Gengis Kan y su propio pasado. Los aliados de Yeruldelgger son dos hermosas mujeres policías y un chico de las alcantarillas, y sus temibles enemigos son diplomáticos chinos, empresarios coreanos, compañeros traidores y hasta su suegro, un verdadero Darth Vader: el libro relata una batalla entre el Bien y el Mal, como La guerra de las galaxias o El señor de los anillos. Aquí, las fuentes de sabiduría y cordura, lo que evita que la gente se convierta en irascible, afligida y malvada, son el aire libre, las costumbres campesinas, las prácticas chamánicas y la comida tradicional que recupera la infancia. Muertos en la estepa es una novela de aventuras para adolescentes escrita por un francés cuyo verdadero nombre es Patrick Manoukian. La saga de Yeruldelgger promete dos partes más (la segunda acaba de aparecer en castellano) y es felicidad pura.



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