Opinión

Vasta literatura

El último libro de Pablo Katchadjian, “el perseguido por María Kodama”, se llama El caballo y el gaucho, aunque no encontré ningún gaucho en los 144 textos breves que lo componen. 29|01|17

El último libro de Pablo Katchadjian, “el perseguido por María Kodama”, se llama El caballo y el gaucho, aunque no encontré ningún gaucho en los 144 textos breves que lo componen. En cambio aparecen reyes, brujos, ángeles, enanos, papas, filósofos, escritores, animales, pequeñoburgueses y otras criaturas. Los textos no parecen tener continuidad ni relación inmediata entre sí. Son parábolas, relatos, reflexiones, acertijos impregnados en una común sensación de angustia que la presencia habitual de la muerte hace más lúgubre en cada página, con alguna excepción feliz, humorística o relajada, porque Katchadjian escribe como si fuera un niño sabio que convoca al lector a una disimulada experiencia zen. El segundo de los textos habla de un tal Q., “el jefe de sus enemigos”, y dado que es un libro tan misterioso, hasta me pareció que yo podía ser el tal Q. Pero descarté la idea.

La misma editorial, Blatt & Ríos, publicó casi al mismo tiempo Arena movediza, un libro de Robert Ashley (1930-2014) en una colección que dirige el propio Katchadjian. En el ingenioso prólogo explica que éste es el único libro de Ashley, un músico que pensaba usarlo como libreto para una ópera. Arena movediza es una novela policial, escrita por un neófito, y Katchadjian construye a partir de esa premisa un argumento en favor de la literatura improvisada, la que no parte del seguimiento de un modelo. Allí intervienen la gracia, la muerte y el diablo, entre otros personajes, un poco como en El caballo y el gaucho, en un estilo más ensayístico y no menos esotérico.

Arena movediza es un libro raro. El narrador es un músico de cierta edad que recorre el mundo ejecutando tareas secretas como espía. En este caso, va a un país asiático gobernado por una dictadura que ayuda a derrocar ayudado por una chica y un muchacho (se enamora de ambos), que además de bellos y letales mercenarios parecen jugadores de fútbol americano. Ashley padecía del síndrome de Tourette y en alguna de sus obras jugaba entre la emisión de su voz distorsionada por la enfermedad y la imitación de una voz semejante. Aquí hace algo parecido con el género policial: no se sabe si lo homenajea o se burla de él. En todo caso lo hace amablemente y el protagonista nos recuerda que siempre viaja acompañado de novelas policiales de “los “grandes”: Elmore Leonard, Michael Connelly, Robert Crais, Donna Leon, Dennis Lehane, Robert B. Parker. No estoy muy convencido de la grandeza de Connelly, Leon me parece mediocre, Lehane escribe sobre niños abusados y no lo leo. Las ¿recomendaciones? de Ashley me llevaron a los primeros volúmenes de sendas series de Parker y Crais, protagonizadas por detectives que reúnen la virilidad de Spade, el humor de Marlowe, la violencia de Hammer y la inteligencia de Holmes, que abaten a todos los criminales y seducen a todas las mujeres (incluyendo a madre e hija o a dos amigas inseparables) y no sólo pegan, tiran y hacen el amor sino que limpian la casa, cocinan y están siempre impecables.

Vasta es la literatura. Empecé con el vanguardista Katchadjian y terminé en versiones bastante adocenadas de la novela de género. En el medio Ashley, cuya ópera es floja como thriller pero, como está pensada para un escenario, evita nombrar cada calle de Los Angeles y Boston como hacen Crais y Parker.



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