Opinión

Títulos y placeres

Una película que no se entrega a la corrección política y se dedica a gambetearla, una tarea cada vez más difícil. 4|02|18

Llega la época de los Oscar, y aunque suelo abstenerme, estuve viendo tres de las películas nominadas. The Shape of Water se estrena como La forma del agua, pero las otras dos han sufrido la intervención del agente infiltrado en las distribuidoras cuya misión es que los títulos pierdan toda la gracia del original cuando se estrenan en las pampas. Esta vez, uno de los títulos se agrandó y el otro se achicó. Al sobrio The Post (que alude al Washington Post) le agregaron Los oscuros secretos del Pentágono, pensando en el poder de convocatoria de la expresión “oscuros secretos”. Aquí es donde es obligatorio recordar el caso de una insignificante película alemana llamada Julie Darling, que tuvo un tremendo éxito local gracias a que se la estrenó como Déjala morir adentro, con las ambiguas connotaciones sexuales del caso. Por eso se me ocurre que se equivocaron al traducir literalmente el título de La forma del agua porque la película, involuntaria parodia de La bella y la bestia con estética retro-deprimente y algunos toques Porcel & Olmedo finos, bien podría llamarse La mudita que quería c... Agrego al pasar que muy probablemente gane el Oscar, dado que su Coeficiente de Corrección Política es altísimo.

Vuelvo a The Post para decir que su director, Spielberg, no permaneció ajeno al año feminista para contar la historia de los Pentagon Papers, un episodio en la vida del diario anterior al de Watergate, que a su vez dio lugar a All the President’s Men (que se tradujo como Todos los hombres del presidente y no como Garganta profunda, aunque bien podría haber ocurrido), una película que prácticamente no tenía personajes femeninos. Pero ahora aparece Meryl Streep en un lugar central como la dueña del Post, quien sobreactúa ligeramente el papel de “mujer que siempre duda porque ocupa un puesto heredado y reservado a los hombres”. De todos modos, a Spielberg le gusta el cine y aprovechó la ocasión para reconstruir con nostalgia el funcionamiento de un gran diario en los 70. Vale la pena ver el ritmo de la redacción y las rotativas, el ajetreo de periodistas, ejecutivos, tipógrafos y correctores. Acaso esa febril coreografía sea un homenaje a Western Union (1941) de Fritz Lang y su evocación del funcionamiento del telégrafo en el siglo XIX.

La otra película es una rareza. Es cierto que los tituladores criollos le agregaron un crimen, pero el original, Three Billboards Outside Ebbing, Missouri es largo para Hollywood, innecesariamente aclarativo, salvo para señalar que este falso policial transcurre en un falso pueblo del sur americano. Acá Frances McDormand también sobreactúa un poco su falso papel de mujer indignada por la violación y la muerte de su hija. Es que en Three Billboards... todo es falso, salvo su genuino espíritu de comedia y su prestidigitación dramática, que incluye cambio de papeles, inversión de culpas o una sucesión aleatoria de agresiones y gentilezas entre los personajes. El director, Martin McDonagh, es un dramaturgo inglés que encontró en los clichés del cine americano y la literatura sureña un espacio de libertad. Basta ver lo lindos que son los famosos letreros como para establecer el tono placentero de una película que no se entrega a la corrección política y se dedica a gambetearla, una tarea cada vez más difícil.



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