ambiente apocaliptico

Semana mentirosa

La clase media está enojada por el alza de sus servicios, pero en general tiene capacidad de pagarlos. Tras días donde se anunciaron catástrofes que no se cumplieron, habría que percatarse de que los programas económicos, para que perduren, deben ser políticamente viables. 20|05|18

A lo largo de mi vida conversé con personas de las que aprendí mucho, justamente porque mantenían visiones frente a la política y la vida muy distintas de las mías. Esto me llenó de optimismo. Pero algo pasa con gran parte del círculo rojo que difícilmente aprecia el progreso y cae fácilmente en el pesimismo. Durante veinte años dijeron que Mauricio Macri no ganaría ninguna de las elecciones en las que participó. Ganó siempre, y la frase que repitieron después de cada triunfo fue que había tenido un momento de suerte.

En 2015 dijeron que era imposible que María Eugenia Vidal ganara las elecciones en la provincia de Buenos Aires, que era indispensable buscar a un hombre que pudiera enfrentar a Aníbal Fernández. Sólo después de los escrutinios se encontraron con que el resultado era obvio porque cualquiera podía haberle ganado a Aníbal Fernández. Sólo leyendo el diario del lunes pudieron superar su machismo, que les había impedido ver la potencialidad de una candidata como María Eugenia, capaz de derrotar a uno de los dirigentes más inteligentes del kirchnerismo. Cuando en 2007 inició Mauricio Macri su gobierno en la Ciudad de Buenos Aires, tuvo que enfrentar una montaña de problemas que había heredado, al mismo tiempo que sufría el constante hostigamiento del gobierno de Cristina Kirchner. Las cosas fueron difíciles, dijeron que no sabía gobernar. Al cabo de ocho años al frente de la Jefatura de Gobierno la gente evaluó su labor como la mejor de la historia y ratificó esa opinión eligiendo como sucesor a Horacio Rodríguez Larreta y apoyando su elección como presidente de la Nación.

Durante la última semana se armó un ambiente apocalíptico casi unánime. Muchos analistas económicos pronosticaron que el martes se desmoronaría el país porque los tenedores de Lebac no las renovarían, comprarían miles de millones de dólares, se produciría una hecatombe financiera que acabaría con el gobierno de Macri. Los ministros de Economía de la década kirchnerista recorrieron los canales dando cátedra de cómo hay que manejar la economía en tiempos de una crisis. Tenían la experiencia de haber dejado quebrado al país después de administrar la década más próspera de su historia. Algunos economistas partidarios de un ajuste brutal, semejante al que convirtió a Temer en el presidente más odiado de la historia, aparecieron sonrientes. Dijeron que esto ocurría porque el Gobierno anteponía los análisis políticos a la verdad inmutable de la economía.

Si según sus estudios diez millones de personas carecen de zapatos, hay que cortarles los pies para que se equilibren sus cuadros de Excel. La idea no es nueva: Kim Il Jon dijo que para que Corea del Norte funcione bien sobraban dos terceras partes de la población y que no había que preocuparse mucho porque desaparezcan. Algunos teóricos no se percatan de que los programas económicos, para que perduren en el tiempo, deben ser políticamente viables. Vivimos la democracia posinternet, felizmente ya no hay dictaduras militares que impongan los ajustes a tiros, ni los ciudadanos actuales son tan ignorantes y sumisos como los antiguos. Tampoco se puede hacer política sin tomar en cuenta la economía, porque los entusiasmos populistas se agotan con los recursos. El buen plan económico debe ser políticamente viable y la buena política debe ser económicamente sustentable.

Ningún presidente disfruta tomando medidas restrictivas cuando la economía las hace inevitables, porque obviamente sabe que afectan a su popularidad. No se necesita demasiado ingenio para descubrir que cuando Macri subió las tarifas perdió puntos en las encuestas. Eso ocurre con todos los gobiernos latinoamericanos.

Las estadísticas y los hechos de las dos últimas décadas dicen que algunos mandatarios que tomaron este tipo de medidas llegaron a perder el poder o quedaron tan mal que sólo pudieron chapotear esperando que termine su mandato. Sobre esto hay estudios, encuestas, bibliografías que pocos estudian. Prefieren actuar movidos por una mezcla de su ego y su intuición. La interpretación de las encuestas a manos de quienes no tienen experiencia profesional y no tienen la posibilidad de hacer estudios comparados lleva a equivocaciones. Es cierto que Macri pudo perder ocho puntos en estos meses porque tiene una situación privilegiada: a pesar de la caída, sigue siendo el presidente mejor evaluado de la región. Si otros presidentes llegaran a perder tantos puntos, quedarían cerca de cero o bajo cero.

No se puede hacer un análisis político profesional sin combinar técnicas cuantitativas con cualitativas. Hay un porcentaje importante de ciudadanos que están desencantados con las medidas tomadas por Macri, ya no dicen que les agrada, pero no lo han abandonado. Entre un líder responsable que no les parece simpático porque sube las tarifas y una comparsa de demagogos irresponsables que son los que armaron esta catástrofe durante décadas, prefiere al actual presidente. Lo dicen en los focus: “Macri subió los precios de todo, estoy enojado con él, pero lo prefiero a esos viejos políticos que hundieron al país en estas décadas”. No piensan volver al pasado.

El incremento de las tarifas surgió de un largo proceso en el que incluso hubo audiencias públicas a las que ni siquiera concurrieron los políticos que protestan. Los mismos diputados aprobaron un presupuesto del Estado que suponía este incremento. Lo menos malo sería saber que cambiaron de criterio y no lo confiesan, les gustaban los ajustes que ahora rechazan. Lo más grave sería saber que nuestros legisladores votan leyes tan importantes como la de presupuesto sin siquiera leerlas.

La clase media está enojada por el alza de sus servicios, pero en general tiene la capacidad de pagarlos. Tras días donde se anunciaron catástrofes que no se cumplieron, habría que percatarse de que los programas económicos, para que perduren, deben ser políticamente viables

La gente sabía que venían los aumentos, no estaba contenta con eso, pero suponía que ése era un mal inevitable. El problema se armó cuando algunos políticos oportunistas quisieron sacar provecho, protestaron y llegaron a promover un proyecto de ley que congelaba las tarifas con efecto retroactivo. Con su actitud golpearon al Gobierno, e hicieron un grave daño al país en un momento en el que la política norteamericana provocaba una devaluación en los mercados emergentes. Ya antes habían puesto una tasa a los capitales no residentes que habían invertido el Lebac. Discriminamos a los inversionistas extranjeros cuando en todos los demás países hacen lo posible por atraerlos. Se fueron. La demagogia le costó al país más de cuatro mil millones de dólares y no produjo ninguna recaudación. Cuando se aproximan las elecciones muchos políticos sólo piensan en sus ambiciones y proceden de manera demagógica. Los que votaron por la ley lo hicieron por ignorancia o maquiavelismo, otros se abstuvieron porque no entendieron lo que significaba el proyecto.

Algunos periodistas dijeron que el incremento dejaba sin comida a los más pobres, sin acordarse de que el Gobierno mantuvo los subsidios para cerca de cinco millones de pobres que son afectados por esta situación. En este mundo craso, no hay más remedio que pagar lo que consumimos. Tal vez esto cambie en la sociedad de la abundancia que está naciendo con la revolución tecnológica, en la que llegaremos al ideal de la pobreza cero si hacemos los esfuerzos necesarios para entrar en esa categoría de países.

Algunos dijeron que el pueblo argentino no permitirá un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional por las funestas consecuencias que tuvieron esos instrumentos en el pasado. Nuevamente cometen un error metodológico. Si un encuestador pregunta si se debe hacer un acuerdo con el Fondo, la mayoría dirá que no, pero la formulación de preguntas con respuestas políticamente correctas sólo confunde. En un track diario que se hace en el país, se puede observar cómo caían las cifras del Gobierno el día en que los políticos armaron un escándalo con el tema de las tarifas.

Cuando la discusión fue sobre el Fondo, no se movió nada. La inmensa mayoría de la población no se acuerda de esos acontecimientos, no tiene la calentura ideológica que entusiasma a las minorías entusiastas que desfilan todas las semanas con sus estandartes descoloridos esperando el arribo del acorazado Potemkin.  

La clase media está enojada por el incremento de sus servicios, pero en general tiene capacidad de pagarlos. Está accediendo a créditos hipotecarios, viaja, empieza a vivir las ventajas del país desarrollado en el que queremos convertirnos. Los viajes se han incrementado de una manera descomunal y también la cantidad de jóvenes que estudian en los países del Norte. Todos ellos ponen los cimientos para un futuro mejor. Me encuentro con un grupo en un lujoso centro comercial de Miami. Me piden que haga algo para que bajen las tarifas de luz porque se están muriendo de hambre.

La discusión sobre el proyecto que congelaba las tarifas se convirtió en una fiesta en la que se abrazaron gobernadores “peronistas racionales” como Schiaretti y Urtubey, con el kirchnerismo y la izquierda utópica de Nicolás del Caño. La gente común ve que estos dirigentes no piensan en los intereses del país, sino en sus proyectos personales. Es por eso que no crece ningún liderazgo alternativo al de Macri. El análisis de muchos políticos se elabora sólo con egos, intuiciones y emociones, sin usar herramientas científicas. Es público mi apoyo a Mauricio Macri y por eso algunos pueden dudar de los números que manejo. Es bueno que hagan sus propias mediciones con profesionales honestos para averiguar por qué después de tantos años de trabajo político pesan tan poco en la sociedad. Si lo hacen, tal vez les vaya mejor a ellos y al país.

*Profesor de la GWU, miembro del Club Político Argentino.



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