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Quemen a la bruja

Judith Butler ganó la prestigiosa y muy bien dotada beca Mellon, que decidió destinar a armar una red de estudios críticos con varias universidades norteamericanas y latinoamericanas. 17|11|17

Judith Butler ganó la prestigiosa y muy bien dotada beca Mellon, que decidió destinar a armar una red de estudios críticos con varias universidades norteamericanas y latinoamericanas. Como parte de las actividades previstas en uno de los programas incluidos en esa red, se organizó en San Pablo (Brasil) un seminario cuyo título, El fin de la democracia, indicaba un camino de indagación: formas radicales de democracia y micropolíticas como salida a la crisis de representación que puede observarse en cada rincón de Occidente.

Enterados de la visita de Judith Butler, un grupo de conservadores agresivos recabó firmas con el objetivo de que la conferencia de Butler se cancelara, porque ella, así dijeron, promueve la destrucción de la familia y quiere “hacernos creer que la identidad es variable y fruto de la cultura”. “Fora Butler” y “Quemen a la bruja” fueron las consignas que consiguieron más de 360 mil adherentes.

El día del Seminario hubo miles de manifestantes a favor y en contra de la presencia de Judith y su discurso que, justo es decirlo, esta vez tenía poco que ver con la construcción histórica que reconocemos como “género”.

Volviendo a su país, la teórica tuvo que soportar todavía una afrenta mayor: ella y su mujer fueron atacadas por mujeres con pancartas que las empujaron ante la mirada atónita de las fuerzas de seguridad, que permitieron el vejamen. Una de esas ménades persiguió a la mujer de Judith Butler diciéndole: “Sos fea, andá a la peluquería”. “Vivan las princesas de Brasil” fue la hedionda consigna de quienes abogaban por retrotraer la discusión política sobre género y sexualidad a la Edad Media. La efigie de Judith Butler fue quemada en acto público mientras se rezaba el Padre Nuestro.

En las últimas semanas, una muestra de arte (Queermuseu) y una performance con un Cristo representado por un transexual fueron levantadas en Porto Alegre y en Río de Janeiro. Estamos hablando de hechos de violencia de género, homofobia y discriminación en grandes ciudades brasileñas. Imaginarse lo que puede suceder en el resto del país, dominado por cámaras legislativas confesionales, hiela la sangre.

Si a eso se suman las reacciones paranoicas y destempladas de prácticamente todas las comunidades en relación con el “caso Kevin Spacey”, queda claro que el mundo se apresta a un salto hacia atrás de imprevisibles consecuencias y que ninguno de los derechos ganados en los últimos años está garantizado.

Un poco por eso, con Albertina Carri y Sebastián Freire creamos un colectivo cuya primera presentación fue “Archivos del goce”, una meditación sobre el modo en que el fascismo ha marcado nuestros cuerpos y hasta qué punto es imposible la felicidad y la algarabía física en un mundo cada vez más inclinado al secuestro, la normalización y la represión de los placeres.



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