dislates

Primera en el rating

Mientras los restantes canales de aire se abocaban, más previsiblemente, a la cobertura del escrutinio electoral y al desfile ritual de candidatos compungidos o exultantes, taciturnos o vivaces, según fuera el caso y según fueran los guarismos, los programadores de Telefe tomaron una decisión a primera vista arriesgada. 27|10|17

Mientras los restantes canales de aire se abocaban, más previsiblemente, a la cobertura del escrutinio electoral y al desfile ritual de candidatos compungidos o exultantes, taciturnos o vivaces, según fuera el caso y según fueran los guarismos, los programadores de Telefe tomaron una decisión a primera vista arriesgada: mantener, para ese domingo a la noche tan especial, su grilla original, inalterada. Es decir, en lo concreto, poner en pantalla, como siempre, y para sostener el como siempre, el programa de Susana Giménez.

La apuesta les salió bien: Susana ganó su franja horaria. Al apartarse de esa disputa cuantitativa, la de la democracia parlamentaria, acertaron a prevalecer en esa otra disputa cuantitativa, la que más estrechamente les compete, la del rating. Hubo en eso una sabiduría específica, la de las preferencias de las mayorías y su inmediata satisfacción, lo que despierta fuertemente mi interés, aunque no sea ésa mi idiosincrasia ni sea ésa mi ocupación (enseño Literatura: es casi la cosa opuesta).

Esta opción, tanto la de Telefe como la de sus fieles televidentes, no debería adscribirse, a mi entender, a una voluntad de despolitización. El desinterés por la política, en una noche tan intensa como la del pasado domingo, es tan político, a decir verdad, como escuchar y ver bailar al presidente de la Nación, en sus augurios de un futuro feliz para los argentinos, o escrutar el semblante de Cristina Fernández de Kirchner, para discernir si está vigente o está acabada, o enternecerse con las emociones de María Eugenia Vidal, o asistir a las tenues monocordias de Sergio Massa. Etcétera.

Durante el día, cuando concurrió a sufragar, Susana Giménez, a quien con frecuencia se le pide que se pronuncie acerca de la realidad social y política del país, habló a la prensa acerca de Santiago Maldonado. En una parte, no sé por qué, lo infantilizó (le dijo “pobre chiquito”); en otra parte, habló de lo preocupada que ella estuvo mientras se desconoció cuál era su paradero; y en lo central, mostró su alivio: “Por suerte apareció”.

El dislate fue brutal. Porque Santiago Maldonado, como sabemos, apareció, sí, pero apareció muerto. ¿Qué clase de alivio es el de Susana, por lo tanto? ¿En qué consiste? ¿A qué se debe? Yo no lo sé, me lo pregunto. Y me pregunto, ya que no sé, por la ligereza, por el desapego, por esa crueldad diré que involuntaria, por esa forma tan hiriente de la banalidad. Porque a la noche, esa misma noche, Susana Giménez se impuso en la disputa televisiva por las mediciones de rating. Lo que daría que pensar que visiones como la suya no solamente no restan, sino que suman; que hay gente que todo eso lo admite, o que no solamente lo admite, sino que además le agrada. Y que esa gente, lo dice el rating, puede llegar a ser incluso una mayoría.



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