segun helmut strasse

Por qué desapareció la Argentina

. 7|04|18

Corre el año 2492, cuando el arqueólogo alemán Helmut Strasse dedica su atención al estudio de un país por entonces hace largo tiempo desaparecido: Argentina. Strasse era un personaje de ficción encarnado, en 1992, por Tato Bores (nunca tan extrañado como hoy en materia de talento, de agudeza, de valores). Cada vez más, la revisión de aquellos videos impulsa a pensar si se trataba de humor o simple anticipación. Lo de Tato era arte, y el arte, cuando lo es, mira siempre más allá de lo evidente, de lo obvio y de su presente. Acaso el artista, a través de su personaje (un pretexto) veía lo inevitable. Y, quizá por eso, el domingo 10 de mayo de 1992, por una orden de la eterna jueza María Servini de Cubría, entonces cercana al subsecretario general de la Presidencia, Carlos Corach, se censuraban dos tramos del programa, remplazados por placas negras con la leyenda: “Censura judicial”.
Varios episodios recientes de la vida nacional podrían ser de gran utilidad, llegado ese año de gracia de 2492, para que Helmut Strasse entienda las razones de la desaparición de la Argentina. Uno de ellos es la “mesaza” del programa de Mirta Legrand del sábado 31 de marzo pasado, cena copada por un personaje al que ninguna persona con un mínimo de criterio y de sensatez invitaría a comer en su mesa. Más allá de las excusas banales de la conductora y de su productor (en las cuales la responsabilidad brilla por su ausencia), lo grave no son las difamaciones excretadas impunemente por aquel personaje, sino el poder de la anfitriona. Lo grave es que gobernantes, políticos, pseudointelectuales, artistas, deportistas y otras figuras y figurines, y hasta anónimos y fugaces actores de la vida argentina, tiemblen por lo que allí se pueda decir de ellos o desfallezcan por ser invitados. Y que miles de personas estén pendientes de quiénes irán a manducar o de qué dirán esos variopintos comensales. Que ese programa haya funcionado por años como barómetro del acontecer nacional podría darle a Strasse un fuerte indicio de por qué puede desaparecer una sociedad.
Otra pista podría proveerla el hecho de que ministros o jueces sospechados de sobornos o de operaciones poco claras (por decirlo elegantemente), como Luis Caputo y Eduardo Farah, llegado el momento de explicarse se escuden en sus hijos, pidiendo silencio para que no sufran. En las sociedades que para 2492 hayan sobrevivido, muy posiblemente los padres, sobre todo los que tienen funciones públicas y responsabilidades hacia la sociedad, habrán protegido a sus hijos a través de sus conductas, seguramente intachables, y no de silencios pactados. Y los ministros serán los primeros en tener sus “ahorros” en el país y no en protectorados lejanos, excusados en su desconfianza hacia el Estado que administran y hacia la sociedad en que viven.
Strasse encontrará, sin duda, otros datos arqueológicos orientadores. Como la facilidad con la que los campeones de la corrupción evadían en 2018 a la supuesta Justicia del país, valiéndose algunos de ellos de fueros y embarraduras de cancha, y otros de triquiñuelas legales amparadas por los jueces. Y como dato menor, aunque también sumará, el arqueólogo alemán quizá tome nota de que el presidente de aquel país ignoraba hechos básicos de la vida de personajes de la historia patria, como Rivadavia y San Martín, lo que no le impedía hablar livianamente sobre ellos. O que reuniones con personajes del fútbol y la farándula le insumían más tiempo que inexistentes encuentros con, por ejemplo, rectores universitarios, científicos o pensadores.
Mucho antes de 2492, en 2006, el sociólogo Richard Sennett culminaba su ensayo La cultura del nuevo capitalismo (uno de sus extraordinarios estudios de la vida contemporánea) con la esperanza de una reacción contra “un nuevo orden del poder obtenido a través de una cultura cada vez más superficial”. Si esa reacción ocurriera, quizá Helmut Strasse pierda el objeto de su estudio. Mientras tanto, vermut con papas fritas y good show.

*Periodista y escritor.



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