Opinión

Orden y desorden

Por un momento se me ocurrió que podía tomar los libros tal como están, en esa secuencia, y escribir un ensayo sobre ellos. 10|03|18

Hace tiempo que renuncié a ordenar mi biblioteca. No saco ninguna conclusión de eso: ni soy ordenado, ni desordenado, ni tengo muchos libros, ni pocos, no hay ninguna teoría detrás, ni ninguna otra razón. Simplemente me cansé. Me cansé por ahora, perfectamente algún día puedo cambiar de estado de ánimo y ponerme a ordenarla, tal vez en el orden en que supo estar (es decir, en el que está media biblioteca, antes de que el desorden se apoderase de la otra mitad). Una gran sección para literatura y otra para ensayo. Dentro de literatura, el estante más bajo para poesía extranjera, el siguiente para poesía argentina y latinoamericana. Arriba, narrativa francesa, luego inglesa, luego de otras lenguas. Y otra biblioteca de narrativa argentina. En ensayo, una gran zona de filosofía y sociología, otra de teoría estética y crítica literaria y otra de ensayo argentino y latinoamericano. La otra zona, la del desorden, no tiene lógica, solo desorden.

Pero hace tiempo –desde hace el mismo tiempo en que dejé de ordenarla– tengo la fantasía de hacer algo con ese desorden. ¿Hacer qué? No lo sé. Por un momento se me ocurrió que podía tomar los libros tal como están, en esa secuencia, y escribir un ensayo sobre ellos. Una pequeña reseña de cada uno, sin otra razón que el accidente que los llevó a estar uno cerca del otro. Por ejemplo, aquí tengo tres de Mario Praz: La literatura inglesa. Del romanticismo al siglo XX (Losada, Buenos Aires, 1976), La carne, la morte e il diavolo nella letteratura romantica (Sansoni, Firenze, 1966) e Il patto col serpente (Arnoldo Mondadori Editore, Milano, 1972). Y al lado, Mi vida amorosa, de Alma Malher-Werfel (Sudamericana, Buenos Aires, 1962, traducción de Oswald Bayer, imagino que debe ser Osvaldo Bayer).

Praz es uno de mis ensayistas favoritos (en otra parte de mi biblioteca debo tener el resto de sus libros). La literatura inglesa es un manual. Solo eso. No más que eso. Pero un manual impecable. De golpe, me dieron ganas de leer la entrada sobre Ronald Firbank, autor que siempre me gustó: “Ronald Firbank (1886-1926) es la flor extrema, quintaesenciada, del fin de siglo, especialmente en su aspecto liberty”. Después cita los nombres y fecha de publicación de sus primeras novelas, y agrega: “Representan la sublimación en capricho, en ballet, en todo ese mundo de flores exóticas, orquídeas”.

Sobre Ivy Compton-Burnet se pregunta: “¿Por qué tuvo tan poco eco en Inglaterra, descontados los últimos años, para no hablar del extranjero, donde es poco menos que una desconocida? Publicado originalmente en 1967, Praz seguramente se debe de haber sorprendido al saber que Compton-Burnet fue muy traducida por Anagrama (e incluso luego por La Bestia Equilátera, en una hermosa edición, solo que para entonces Praz ya estaba muerto).

De Mi vida amorosa, reparo en una nota del 12 de noviembre de 1918: “Cuando estalló la llamada ‘revolución’ nos hallábamos en el rojo salón de música. El episodio fue divertido y espantoso al mismo tiempo. Presenciamos la marcha del proletariado hacia el parlamento. Sujetos desagradables… banderas rojas… tiempo feo… lodo en las calles… todo gris en gris. Luego, los presuntos disparos desde el parlamento. Tumulto. La masa insípida y hasta el momento ordenada huyó gritando sin ninguna dignidad. No recuerdo quiénes estaban conmigo. Fuimos a buscar mis pistolas”.



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