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No son las empresas, son las personas

. 25|03|18

Escandalizarse porque la empresa Cambridge Analytics haya manipulado y negociado datos privados de alrededor de 50 millones usuarios de Facebook a espaldas de estos sería un acto de ingenuidad o de hipocresía. A esta altura del siglo, de internet y de la globalización, no hay forma de ignorar que todo usuario de redes sociales, buscadores, sitios, portales y aplicaciones es pasto de numerosos negocios y objeto de comercialización, cuando no de manipulación ideológica para fines diversos. Y la obra maestra de esa hipocresía es el asombroso “arrepentimiento” del propio Mark Zukerberg, quien continúa actuando un papel que ya fue desenmascarado hace tiempo. El de benefactor de la humanidad gracias a la creación de una supuesta “comunidad” de almas virtuales que vendría a mejorar el mundo. Hubiera sido más sincero declarar desde el principio que esto era un negocio. No hay nada de malo en hacer negocios, a menos que se lo oculte por algún motivo ajeno a lo que se ofrece.


El fundador y director ejecutivo de Cambridge Analytics, Alexander Nix, fue suspendido por la propia compañía apenas saltó la denuncia simultánea de los diarios The Guardian, británico, y The New York Times, estadounidense. Es un caso más entre los tantos protagonizados por estos emprendedores que desconocen límites y se creen dioses. Los encumbramientos y derrumbes de estos ídolos de barro en la era de la fugacidad, la velocidad, la labilidad y la obsolescencia programada (que abarca también a las personas) son ya historias de rutina. También es previsible y rutinario lo que declaró Cambridge Analytics mientras eyectaba a su creador. En su comunicado oficial adujo que las palabras y acciones de Nix “no representan los valores u operaciones de la empresa y su suspensión refleja la seriedad con la que vemos esta violación”. Ja, ja.


Como oportunamente señaló el filósofo francés André-Comte Sponville en una prolongada y exhaustiva conferencia ante empresarios de su país, recopilada como libro bajo el titulo El capitalismo, ¿es moral?, “no tiene sentido hablar de ética o moral de la empresa. Una empresa carece de moral: no tiene más que contabilidad y clientes. Carece de deberes: solo tiene intereses y exigencias”. Agrega que también carece de sentimientos: tiene objetivos y balances. Y justamente, señala Comte-Sponville, porque las empresas carecen de todos esos atributos con los cuales se las pretende antropomorfizar, los únicos que deben ser morales son los individuos que las fundan, que las dirigen y que trabajan en ellas. Las empresas son abstracciones, las personas no.


De manera amable pero asertiva el filósofo aconsejaba a los empresarios que no se escudaran detrás de la moral de las empresas, porque, insistía, ni ellas ni el mercado la tienen. Son ustedes, les advertía, quienes deben comportarse como agentes morales. En ese caso, si respetaran al cliente, usuario o consumidor no lo harían porque pertenece a estas tres categorías, sino porque es un ser humano, un prójimo. Y respetar un prójimo no significa perder ganancias.


Finalmente todo tiene que ver con todo, y tanto el caso Cambridge Analytics/Facebook (flagrante ejemplo de muy bajos estándares morales en los protagonistas humanos y tangibles) como las reflexiones de André Comte-Sponville echan luces sobre los comportamientos empresariales y políticos en todas partes, la Argentina incluida. Estado, gobierno, Poder Judicial, partidos, empresas, sindicatos, organizaciones profesionales o sectoriales y, podría agregarse, la sociedad misma, no existen sino a partir de las personas que les dan forma y entidad. De manera que toda declaración de principios éticos, en cualquiera de esos ámbitos, no debería ser tomada en cuenta hasta ser confirmada por la conducta de quienes, de cuerpo presente y con nombre y apellido, actúen invocando esas escuderías. Corrupción, conflictos de intereses, promesas incumplidas, fallos judiciales, declaraciones que luego se desmienten o se pretenden “fuera de contexto”, son siempre responsabilidad individual y termómetro de la calidad de su actor como agente moral.

*Escritor y periodista.



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