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Mujeres apasionadas

Leo en Facebook la didáctica de un psicoanalista acerca de clases de mujeres. 13|10|17

Leo en Facebook la didáctica de un psicoanalista acerca de clases de mujeres. Histéricas, varoneras, perversas, activamente pasivas, impetuosas, desbordantes, aterradoras, etc., etc.  Ajeno a la pertinencia de toda clasificación, descubro, como tantas otras veces, el deseo de escribir sobre mujeres. A esta altura del partido diría que el universo tiene la forma de un centro femenino. “Mujeres, sí. Pero, ¿qué mujer?” Me aparecen los nombres de dos. Una, Artemisia Gentileschi. La primera que ganó (que yo sepa) un juicio contra un varón, al que acusó de violarla. Quizá sea mejor dejarla para otra columna. La otra es Alma Mahler, y quizá sea injusto denominarla con ese apellido y sumarle la de los hombres que conoció, como si la biografía de una mujer dependiera de sus efectos en la vida ajena. Y sin embargo, ¿qué si no eso se puede contar, qué si no eso es lo que ella contó? El relato del amor, o de la serie de amores sucesivos, es el relato de la serie de afectaciones que produce otro que ingresa a nuestra vida por azar y determina modificaciones en nuestro destino, destino que por supuesto no existe de antemano y que el propio azar construye en dirección de lo indeterminado.

En cualquier caso, Alma Marie Schindler (1879-1964), que fue también Alma Mahler Gropius Werfel, fue hija de un pintor que en la Viena finisecular que se espejeaba en la Belle Epoque francesa le proporcionó un entorno de artistas y bohemia a su crianza. Tabaco, ajenjo, tal vez opio. A los catorce años, Gustav Klimt la besó y la retrató, con las torsiones y adaptaciones adecuadas al influjo de la estética japonesa que llegaba a Occidente antes de que Occidente decidiera ingresar a Japón para destruirlo convenientemente. Es necesario decir que Klimt tenía cuarenta años más que la jovencita, que a los dieciocho, siguiendo su reprobable inclinación por los hombres mayores, se casó con el compositor Gustav Mahler, con quien tuvo dos hijos. La primera murió, y Mahler le dedicó sus Canciones a los niños muertos. Algo comienza a funcionar mal en el matrimonio (en su autobiografía, ella dice que sentía estar acostándose con una momia) y mientras  Alma se quita las vendas del alma acostándose con el arquitecto Walter Gropius, fundador de la Bauhaus, Mahler peregrina hacia los paisajes montañosos donde Sigmund Freud pasa sus vacaciones para importunarlo con sus problemas, para contarle que ella lo perturba con sus demandas. Freud le aconseja prestarle menos atención a la música y algo más a su esposa. No sabemos cuál es la eficacia de esa intervención, excepto la Sinfonía Nº 10, porque Mahler muere poco después y al tiempo del entierro la viuda recibe una misiva del psicoanalista reclamándole el pago de los honorarios por la consulta del difunto.

Por algún motivo, Gropius no puede demorar el tropismo sentimental de Alma, que lo abandona en favor de Oskar Kokoschka, que se retrata junto a ella en La novia del viento, un lienzo que tiene tanto de laxitud poscoital como de tormenta y de aviso fúnebre. Alma aborta a un hijo del joven pintor y luego lo abandona. En plena turbación, Kokoschka manda construir una muñeca que la reproduce en tamaño natural y con la que se hace acompañar a una función de ópera. Luego intenta suicidarse y por fin ingresa en el ejército y se pierde en la Primera Guerra Mundial. Dadaísmo puro.

Alma vuelve con Gropius y se casa con él y el  matrimonio dura hasta que muere Manon, la hija de ambos. Alma pasa entonces a brazos de Franz Werfel, un escritor muy superior a lo que dictan el olvido y el recuerdo. Ambos se casan y huyen a los Estados Unidos escapando del nazismo.  A Alma se le atribuyen también romances con el compositor Alexander von Zemlinsky, con el poeta Rainer Maria Rilke y con el director teatral Max Burckhard, entre otros. También se sospecha que fue la modelo de La mujer de medias negras de Egon Schiele.

En su diario, Alma dice que el genio de Mahler consumió y devoró su ser, pero es una lectura injusta. Lo que hay que ver es el modo en que el influjo de esa mujer moldea a los hombres a cuyos brazos se arroja.



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