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Modelos programados

Las razones por las que no había gente durmiendo en la calle en un país en el que Estado funciona como empresa, tal vez, tuvieran que ver con el legado moral confuciosista. 18|03|18

De mis estadías en Corea, hay dos cosas entre otras mucho más mundanas, que me sorprendieron: nunca en la ciudad vi un homeless y nunca un coreano me invitó a su casa. A lo segundo, a lo largo del tiempo, fui encontrándole razones. Al principio supuse que la reticencia a programar un encuentro en una casa se debía al recelo que podía inspirar un occidental. Al poco tiempo, un amigo coreano me explicó que el hábito de invitar a cenar, recibir gente y trasnochar, no existía en la sociedad coreana actual, simplemente porque la dimensión de los departamentos –y el valor de las propiedades más amplias– impedía pensar que pudiera caber en él otra persona además de los habitantes. Eso explicaba por qué en cada cuadra, incluso en barrios recónditos, había varios restaurantes con sus mesas bajas. Esos restaurantes, donde los coreanos a las seis de la tarde empezaban a arracimarse, eran extensiones del hogar y funcionaban como puntos de reunión. Siempre alguien oficiaba de anfitrión y la idea de que la cuenta pudiera dividirse era descabellada. Invitaba el hombre de mayor edad o el de mayor jerarquía en su trabajo. Nunca una mujer.

Las razones por las que no había gente durmiendo en la calle en un país en el que Estado funciona como empresa, y para el cual no hay otro camino que el neoliberalismo, tal vez tuvieran que ver con el legado moral confuciosista: no hay individuo en Corea por fuera del entramado familiar. Muchas veces incluso, en una familia de varios hijos, uno se queda viviendo junto a sus padres, como si ejerciera una custodia benefactora, o vuelve al hogar para venerarlos en el camino a la muerte.  

El cunfuciosimo de una manera subterránea aplaca las heridas de un neoliberalismo hipertecnológico. Podríamos decir que el modelo de neoliberalismo coreano, en el que no hay horario reglamentario de trabajo y en el que las leyes laborales siempre protegen a las corporaciones, sería el objetivo final del actual gobierno, si no fuera porque: A) El país asiático ejerce un proteccionismo férreo para volver competitiva la industria nacional. B) La tasa de desempleo ronda hace años el tres y medio por ciento. C) La inflación anual es equivalente a la inflación mensual de Argentina. D) Existen inteligentes políticas públicas para subsidiar y exportar diseño, cine, cocina, literatura y arte coreano, ya que conforman el rostro sofisticado del país en el exterior. E) La sola posibilidad de considerar recortar jubilaciones para reducir el déficit fiscal, sería considerada una grosería y justificaría la caída de cualquier administración.

En el actual gobierno, además del desempleo que crece creando condiciones óptimas para la desigualdad y la explotación –el mercado laboral podríamos decir que se rige por la oferta y la demanda si los sindicatos son débiles–, hay un fenómeno cruento que suele darse durante gobiernos de facto: la determinación para despojar al pueblo de todo lo que le es propio, como si suprimir cualquier conquista social y/o cultural asegurara una gobernabilidad fundada en la autoridad. La cantidad de familias en la calle y gente peleando por una moneda se multiplicó a tal punto que los paisajes apocalípticos previos a la crisis del 2001, aparecen actualizados, pero con otro sesgo. Ya no hay rabia en los desplazados y en los testigos sociales, sino perplejidad, desconcierto y resignación, como si nadie todavía hubiera metabolizado los atropellos del macrismo y hubiera encontrado, a la vez, un antídoto político.


Oliverio Coelho

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