ANIMO DE LA INVERSION

Los empresarios quieren mimos

. 25|03|18

Paolo Rocca prácticamente siempre está vestido igual. Manda a hacerse cinco camisas y sacos similares todos los años a Milán y los va intercalando. Suele agasajar a los invitados que van a comer a su casa en Buenos Aires con pastas hechas por él mismo y no es raro que maneje su propio auto rumbo a reuniones que están a pocos kilómetros. Por lo demás, vive en aviones recorriendo los países donde opera Techint. El número uno del mayor holding siderúrgico y petrolero del país está en el puesto 146 del ranking de multimillonarios Bloomberg con US$ 9.500 millones pero elige el perfil bajo y la austeridad: es un obsesionado del trabajo y vive full time para la empresa. Desde 2015, además, se siente comprometido con el actual gobierno como pocas veces en su vida. Al inicio, su tono italiano sonó en los teléfonos de ex técnicos de la empresa a los que convocó para que se sumaran a los equipos “de Mauricio”.


Ese estado de ánimo se tradujo en uno de los mayores anuncios de inversión de argentinos (aunque haya nacido en Italia, así se lo considera) durante el mandato de Macri. Luego de garantizarse buenos precios para la producción, desde hace meses tiene en marcha una apuesta de US$ 2.300 millones en el desarrollo de gas en Vaca Muerta, en Neuquén. Su hombre en la Unión Industrial Argentina (UIA), Luis Betnaza, es de los pocos que subraya habitualmente que el plan económico está en el rumbo correcto y se desmarca en medio de colegas que se quejan de la caída del mercado interno, las tasas de interés, el atraso cambiario o que gritan que Papá Noel no son los padres sino las importaciones. Es cierto, el espejo le devuelve belleza a Techint: opera en un sector “recontraprotegido” como el acero, como explicó el secretario de Comercio, Miguel Braun, y el Gobierno redobló esfuerzos, hasta ahora con éxito, para que los aranceles de Trump no afecten la producción de nuestro país.

Muecas. En el entusiasmo, Rocca puede ser más una excepción que la regla en el universo de los grandes empresarios tradicionales, para separarlos de los nuevos y cada vez más fuertes unicornios tecnológicos. Luis Pagani, que lidera el gigante de las golosinas Arcor, también cultiva el perfil bajo y suele recorrer en persona los centros de distribución de su empresa en todo el mundo, que con fuerte sello familiar factura más de US$ 3 mil millones por año. Sin embargo, últimamente peregrinó con advertencias ante gobernadores por la competencia de la importación, e incluso llegó a deslizar quejas por el precio de la hojalata que le cobra el propio Rocca. Su hombre en la UIA, Adrián Kaufmann Brea, como correlato, expresa inquietudes y no satisfacciones cada vez que habla.
Ese sentimiento también se traduce en el volumen de inversiones de la compañía, algo más módico que el de  Techint: el jueves anunció que desembolsará a medias con laboratorios Bagó unos US$ 4,5 millones para lanzar por primera vez un suplemento dietario que se venderá en farmacias.

Cariño. El mundo de los negocios ha inventado de todo para tratar de medir justamente qué motiva a un empresario a invertir y qué no. Clima, sí, pero sobre todo costos, rentabildad y estabilidad. Basta ver el boom inversor en China en estos años. Mano de obra regalada, dictadura, inversión. Goles son amores, lo demás relleno. Según la economista Marina Dal Poggetto, del estudio Eco Go, este gobierno está dispuesto a afrontar una regresión en la distribución del ingreso con tal de mejorar las condiciones de inversión, ya sea mejorando los precios (subiendo tarifas) o bajando los costos (recortando impuestos a empresas). ¿Alcanza? Parece que no. Es la Argentina.
El desgano de Pagani apenas muestra una sensación más profunda que empiezan a registrar muchos hombres de esos que están siempre del otro lado del mostrador más allá de quién gobierne. Se sienten señalados por el Gobierno, que les reclama que compitan. Se sienten acusados por la sociedad por los precios altos y la falta de empleo. “¿Si vos no me querés, si no me quiere Macri, si no me quieren los clientes, por qué voy a tener ganas de invertir?”, se confiesa un importante dueño de empresa. La inversión, una cuestión de mimos.



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