SIN DIGNIFICAR

Lo que no se dice de ‘El Gráfico’

Con razón o sin ella, solemos tener la costumbre de dignificar la muerte. La persona que fallece recibe despedidas y obituarios más generosos, acaso, que los que su existencia terrenal merecía. 20|01|18

Con razón o sin ella, solemos tener la costumbre de dignificar la muerte. La persona que fallece recibe despedidas y obituarios más generosos, acaso, que los que su existencia terrenal merecía. Los periodistas habitualmente nos sumamos a esa lógica, que exacerbamos cuando lo que muere es un medio de comunicación.

En los últimos meses cerraron el diario Buenos Aires Herald, la agencia DyN, el diario La Razón y, esta semana, la revista El Gráfico. Además de la extendida crisis en emisoras de radio y TV, la desaparición de estos medios míticos expresa la transformación que vive la industria de la generación de contenidos y el costo que puede tener no encontrar sustentabilidad en esos modelos de producción. Pérdidas de fuentes de trabajo incluidas, que siempre son para lamentar.

En el caso de El Gráfico, propiedad de Torneos (la empresa que volvió a quedarse con las transmisiones del fútbol de Primera División, llamado ahora pomposamente Superliga), aparecieron obituarios curiosos.

Muchos de ellos lo encarnaron antiguos lectores que decidieron hace mucho tiempo dejar de comprar la revista. Según los números del IVC (Instituto Verificador de Circulaciones, o el rating de los medios gráficos), El Gráfico vendía por mes poco más de 10 mil ejemplares. Los que lamentan el cierre de medios en ocasiones son los mismos que los condenan a muerte al dejar de comprarlos. También hay una responsabilidad de los anunciantes, que en el caso de esta publicación deportiva venían brillando por su ausencia.

Cantidad de periodistas deportivos despidieron a El Gráfico como quien dice adiós a un maestro inolvidable. Está muy bien eso y se respeta. Pero tal vez ese homenaje a lo que significó para el mundo deportivo llevó a olvidar algunas páginas muy negras de su historia.

Pocos recordaron, por caso, el rol clave que tuvo El Gráfico en la apoyatura de la dictadura militar que arrancó en 1976, cuando integraba el planeta de publicaciones de Editorial Atlántida junto a Gente, Para Ti y Billiken. Denuncias contra la supuesta campaña antiargentina a propósito del Mundial 78, el todopoderoso almirante Lacoste como protagonista y censor de qué se contaba, fueron algunos de esos jalones lamentables.

Tampoco nadie pareció recordar el uso de El Gráfico en la guerra que el kirchnerismo le declaró a Clarín tras años de romance. En la construcción K para crearle competencias a los medios de Héctor Magnetto (como antes había hecho con Perfil), impulsaron El Gráfico Diario para disputarle el mercado a Olé, cuya salida había sido el principio del fin para la revista deportiva que salía todos los lunes a la noche.

Siempre con el respaldo de frondosos dineros públicos, el líder de esa aventura breve de El Gráfico Diario no fue otro que el inefable Sergio Szpolski, en un capítulo más de sus peripecias para hacer negocios con plata ajena.

De estas historias mínimas también están hechas las personas y los medios. Más allá de su final.



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