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Llueve sobre Argentina

Se pasa de la euforia posterior al triunfo electoral de Cambiemos, en noviembre, al pánico devaluatorio, hiperdevaluatorio ya, de estos últimos meses. 17|06|18

Estoy en Nueva York. Escribo esta columna viendo flamear la bandera argentina desde la ventana de la habitación de mi hotel, que está justo enfrente del consulado. A pocos metros, por la misma calle 56 en la esquina con la Quinta Avenida, está la Trump Tower, donde se encuentra la casa del presidente de Estados Unidos, en el último piso del edificio, que hasta el piso 24 tiene oficinas y del piso 25 al 58, departamentos. Miles de turistas paran a sacarse una foto en la puerta con el cartel Trump Tower. Qué distinto es ser presidente y empresario en Argentina. Aquí la revista Time coloca a su presidente mirándose a un espejo como un rey todopoderoso. En Argentina, al comienzo de la crisis cambiaria, la revista Noticias colocó al presidente Macri con el agua al cuello y la pregunta sobre si sabe nadar, o si nada está bien, interpretación a gusto del lector.

Que en Estados Unidos todos los presidentes sean reelectos y en Argentina fracasen algo dice de nosotros

Freud decía que había tres profesiones en las que siempre se fracasa: gobernando, enseñando o siendo padre. Le faltó decir “excepto en Estados Unidos”, porque aquí hasta el limitado George Bush hijo fue reelecto, también fueron reelectos Obama, Clinton y probablemente Donald Trump. Increíblemente este último para los argentinos, que nos resulta hasta inverosímil que haya llegado a presidente.

Y Macri, que parecía tener asegurada su reelección hace solo seis meses, pasa sin escalas de la gloria de un Cambiemos eterno –ocho años de Macri, ocho años de María Eugenia, ocho años de Rodríguez Larreta– a llegar con muletas a 2019.

Que desde hace un cuarto de siglo todos los presidentes de Estados Unidos fueran reelectos indica claramente que es más fácil gobernar un país poderoso que uno débil, porque Clinton, Bush y Obama no son del mismo partido, tuvieron también que lidiar con el Congreso con mayoría de la oposición y sortear megacrisis económicas como la de 2008. En Argentina la situación es muy distinta, como lo es en toda Latinoamérica, donde la profesión de ex presidente está asociada a problemas con la Justicia.

Leyendo a la distancia los diarios, pienso: “Llueve sobre Argentina”. Aun si tuviera razón Melconian con su “boludeaste dos años y ahora sobre la elección vas a recoger inflación y (baja de) nivel de actividad”, no se justifica una devaluación del 70% en seis meses; es más que toda la inflación acumulada de los dos primeros años del Gobierno. El dólar a 28 y pico es un 20% mayor que el dólar blue del final del kirchnerismo. Es cierto que el dólar con que asumió Néstor Kirchner sería equivalente a 40 pesos de hoy, pero aquella era la Argentina del mayor default de la historia, con el precio de las materias primas en el piso y después de haber pasado por cinco presidentes en poco más de una semana. Esa no es la situación actual de nuestro país, pero aquella quedó grabada en nuestra mente y, como proceso de estrés postraumático, la más mínima similitud con la situación que generó el trauma desata una vivencia completa como si estuviera sucediendo lo mismo.

Se pasa de la euforia posterior al triunfo electoral de Cambiemos, en noviembre, al pánico devaluatorio, hiperdevaluatorio ya, de estos últimos meses. Hace cuarenta años que en distintas proporciones es la misma historia. En pocos meses se produce una gran devaluación, con la que se empobrece la gran mayoría de la sociedad y se enriquecen los que supieron especular. Los expertos en burbujas, los que teniendo el termómetro del flujo de dinero crean para su propio beneficio tanto la sobrevaluación del peso como luego, drásticamente, la sobrevaloración del dólar. Y siempre se pasa rápido de lo anterior a lo último porque así se hace la ganancia y porque las llamadas “tía Marta”, a las que se refiere Melconian cuando explica que no solo atesoran dólares grandes compradores sino una enorme cantidad de personas de clase media, compran más cuando ven que sube, como acto reflejo grabado en su memoria.

Se podría decir que el problema no es cambiario sino político. Que como Macri fue electo también para producir ajuste en la economía, y como el Presidente no quiso cargar con el rencor social de haberlo hecho, el mercado le hizo el ajuste solo. Ajuste que, al ser por vía de devaluaciones, requiere que estas sean mucho mayores que el retraso cambiario, para generar recesión. Porque solo con recesión el último aumento del dólar no irá a los precios internos.

Como varias veces se explicó en esta columna, el hecho de que el 68% de los artículos del producto bruto privado de Argentina lo realicen empresas multinacionales genera que las devaluaciones pasen a precios, y los productos vuelvan a costar en dólares algo parecido a antes de la devaluación. La única forma de devaluar verdaderamente sería devaluando tantas veces hasta que ya no se pueda trasladar a precios porque no queden compradores. Y lo mismo con los sindicatos, la única forma de que acepten aumentos paritarios significativamente menores que la inflación por devaluación es que no queden empresas porque no queden compradores. Entonces sí logran devaluar verdaderamente bajando el precio en dólares de productos y salarios.

Si para devaluar realmente un 20% hay que devaluar un 70%, la medicina a tomar se llama recesión

Otra explicación de por qué en Argentina, para devaluar realmente el 20%, haría falta devaluar el 70%, por ejemplo, mientras que no es así en otros países, es por la estructura de nuestras exportaciones, que al ser mayoritariamente alimentos son lo mismo que consumimos. No es así en Chile, cuya principal exportación es el cobre, o en Perú, donde también es la minería, por citar dos vecinos, porque esos productos no tienen gran incidencia diaria en la canasta familiar de la mayoría de la población. El sector más humilde, que es la mayoría de la sociedad, gasta la mayor parte de sus ingresos en alimentación.

Los presidentes siempre son un cuerpo que usa la historia para seguir su rumbo, y las sociedades, para que sean los chivos expiatorios de sus propios fracasos. “Pobre Macri” fue el título de una excelente columna de Gustavo González la semana pasada. “Pobre Macri”, que creía que con él podía ser diferente.

Llueve sobre Argentina, encima la Selección empata con Islandia y hasta Messi erra un penal. Pobre Macri. Pobres todos nosotros.



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