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Relectura

Las mil y una lecturas

Hay un momento en que los libros que frecuentamos a lo largo de la vida se alinean o agrupan en una especie de biblioteca ideal.

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Hay un momento en que los libros que frecuentamos a lo largo de la vida se alinean o agrupan en una especie de biblioteca ideal. La idealidad de esa biblioteca supone, ya no como era antes, una relectura constante de sus páginas, sino una visita mental. Uno va hacia esos estantes imaginarios y “baja” uno u otro libro, y, desde luego, como la memoria es falible, lo que extrae es su condensado, su esencia pura, fuertísima, el hueso o núcleo que impulsó la revisión. Ese núcleo puede ser, para decirlo con viejas y buenas palabras, su asunto, la construcción de los personajes, el trazo de sus destinos, la particular disposición de las palabras, la música de sus párrafos, su tono secreto, o el diseño estructural de la narración (puede haber otros motivos, de orden más privado, como la pura identificación, o los motivos misteriosos e inextricables, que tanto deben como no deben ser develados).

Esa biblioteca ideal, condensada, puede que la visitemos por motivos de la satisfacción más pura, por el reencuentro avaricioso y la revisión exhaustiva de los momentos de placer que la lectura de sus páginas nos deparó en el pasado, en el intento de obtener, de nuevo, el goce primero. O, también es frecuente, para encontrar la peripecia de algún hallazgo inesperado.

 Por supuesto, para esta segunda lectura, lo mejor es que, una vez bajada mentalmente la obra que nuestra memoria quería consultar, vayamos a la biblioteca real, la biblioteca de nuestro hogar donde los libros materialmente existentes huelen, se humedecen, se mezclan y juntan polvo en los azares del descuido y la confusión, y releamos el texto previamente consultado. En ese caso, las consideraciones previas habilitan lo que el lector ya imagina que ocurrirá: que el olvido obró su magia para que la relectura equivalga, siquiera parcialmente, a un descubrimiento. Es así como, pasados los años, los libros que nos marcaron y cuya sustancia creímos haber agotado, renacen de esa muerte temporal o vuelven a entregarnos esa esencia que suponíamos ya absolutamente absorbida, y nos sorprenden y confunden y conmueven repentinamente, volviéndose nuevos.

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En mi caso, durante los últimos años casi no “bajé” un libro que no me sirviera de algún modo para abordar los libros que estaba escribiendo, por lo que esas consultas se fueron circunscribiendo cada vez más, como una forma del agotamiento del pasado, y por lo general leía casi solo los que caían en mis manos o que buscaba con algún propósito determinado.

Sin embargo, una parte de la atención siempre está depositada en esa biblioteca mental, y suelo prestar atención a la insistencia de los llamados, o de los recuerdos. Así, en alguna parcela de esos últimos años, me volvían a llamar, desde su lugar en el anaquel abstracto, Las mil y una noches. Hijo de un modo particular de la lectura, a cambio de releerlas iba, por ejemplo, al texto de Borges sobre sus traductores, o me ponía a ver alguna estúpida serie por internet bajo el supuesto de que su esquema narrativo de interrupciones y continuidades significaba un modo desviado y bastardo de reinterpretar el modelo original. De hecho, creo que ni siquiera tengo una edición completa. Pero hace unos días, siguiendo un impulso, me llevé a la playa el segundo tomo de una edición berreta y sucedió lo que era de esperarse: releer la materia verbal que amé en su primera lectura modificó radicalmente la cristalización fijada en el recuerdo. Si, de memoria, Las mil y una noches consistían para mí, básicamente, en un esquema genial en el que la vida de una narradora dependía de su talento para contar e interrumpir una serie de historias que solo las convenciones de la historia daban por buenas, si lo genial era el esquema donde solo la fascinación del cuento supera la amenaza de la muerte, ahora, en estas vacaciones, la fruición se invirtió, o más bien se completó, con la evidencia de lo geniales y bien urdidos que estaban esos cuentos. Con su invención infantil, con sus variaciones y reiteraciones, con su humor procaz e infantil, con sus lirismos de cuando el mundo era virgen, sabio e inocente.

Releer es revivir, volver a contarnos el cuento que suspende lo inexorable.