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La teoría del susto sano

. 20|05|18

Impulsados en parte por la convicción y en parte por el deseo, muchos hombres de negocios se abrazan a la conclusión de que el tremendo sacudón que sufrió la economía por estos días fue una alerta oportuna, una chance, como una señal a tiempo de un cuerpo enfermo que hasta ahora parecía asintomático.
“Nadie lo vio venir”, repetían como justificación en foros sectoriales y reuniones privadas jerarcas de compañías cercanas y no tanto al círculo rojo.
No lo vieron ellos mismos, que se ilusionaban con los datos del consumo, que en sus empresas dibujaba hacia arriba la curva de crecimiento en el primer trimestre del año ( y que en algunos casos también se estiró hasta abril). Tampoco muchos economistas, atinados a la hora de señalar distorsiones y desacoples pero imprecisos para vaticinar el qué y el cuándo de sus consecuencias. Nunca falta alguien dispuesto a pasar por ventanilla y facturar el haber anticipado un apocalipsis económico al que nunca le puso fecha.
Será por esa imprevisión que asumen como propia, que los hombres de negocios parecen algo indulgentes con la imprevisión oficial. Las críticas están más centradas en la política que en la economía, y marcan diferencias.
Creen que al staff de colaboradores del presidente Macri no le vendría mal una mayor cuota de experiencia, no tanto por una cuestión generacional, sino por lo que evalúan como cierta falta de seniority en el manejo de la cosa pública. Casi lo inverso a lo que señalan sobre el Banco Central, en el que depositan la confianza por su capacidad académica pero sienten que con algo menos de apego a los manuales y un poco más de “calle” se hubiera ahorrado algún dolor de cabeza innecesario de estos días.
Hacia atrás, recuerdan el 28 de diciembre como un punto de inflexión y remarcan como un doble error el haber acompañado la criticable suba de la meta inflacionaria con una baja de tasas, justo cuando indicadores claves como crecimiento, desempleo y pobreza estaban mostrando buen comportamiento.
Hacia delante, mantienen un optimismo muy cauto.
Los alivia la reacción del Gobierno, a la que juzgan responsable de que la situación no se haya desbordado, y confían en que el susto sirva para que el paciente reaccione y se dedique a combatir las causas y no los síntomas. A muchos los intranquiliza el gradualismo perpetuo y creen que es tiempo de que el Presidente meta mano en el equipo y alumbre definiciones económicas más claras.
Mientras esperan por eso, hoy se preocupan por el nuevo costo del financiamiento y el cambio de clima de la calle, que todavía no se refleja en los índices de actividad. Allí también el frío llegó de golpe y se hace sentir.



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