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La revolución egipcia

Nueve años después de la Toma de la Bastilla, Napoleón Bonaparte, recién llegado de su exitosa campaña en Italia, es tentado por el Directorio para que emprenda una tarea imposible: invadir Gran Bretaña.

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Nueve años después de la Toma de la Bastilla, Napoleón Bonaparte, recién llegado de su exitosa campaña en Italia, es tentado por el Directorio para que emprenda una tarea imposible: invadir Gran Bretaña. El objetivo de mínima es sacar al joven general de la runfla de conspiradores que pueden hacer tambalear al órgano gubernativo local; de máxima, que logre sus objetivos y Francia se convierta en el principal imperio europeo. Pero Napoleón aduce la superioridad naval inglesa y a cambio propone estrangular económicamente al enemigo cerrando sus fuentes de aprovisionamiento de materias primas de la India. Para eso, primero hay que invadir y conquistar Egipto y Siria, por entonces bajo soberanía otomana.

El primer paso se cumple, y de ese paso deriva el surgimiento de la egiptología, el abarrotamiento de los museos franceses y la erección de pirámides en las avenidas parisinas. Ya en El Cairo, el naturalista Etienne Geoffroy Saint-Hilaire, además de mandar a París, para el estudio de la taxidermia primitiva, numerosas momias de gatos, ibis, monos y mangostas, analiza el políptero bichir, un pez cuyas aletas se corresponden con los miembros de los mamíferos. De su observación concluirá que todos los animales están constituidos siguiendo un mismo plan evolutivo. Su amigo Cuvier, en cambio, afirma que las especies vivas siempre han sido las mismas y no experimentaron cambio alguno desde que fueron creadas. Egipto es, entonces, y también, la cifra del mito religioso y del darwinismo.