hartazgos

La lacra de las capitales

Es el último sábado de un verano particularmente dichoso. 17|03|18

Es el último sábado de un verano particularmente dichoso. El año empezó con algunos tropiezos, pero todos ellos quedaron opacados por un estío de gloria. Es verdad que el campo sufrió la seca, y con él nuestras economías cotidianas, pero somos, en el fondo, animales de sangre cálida que disfrutan del sol y de la vida reposada.

Es hora de cerrar la casa de campo y volver a la ciudad, con las primeras lluvias, las gatas, la melancolía urbana y las mil obligaciones.

En Buenos Aires ya todo bulle, el calendario de marchas y protestas está a pleno, pero será difícil alcanzar las altas cotas establecidas por las mujeres a comienzos de marzo. Tengo reuniones para planificar el próximo bienio laboral (¡oh sí!, todo es tan lento).

Salgo de una reunión cargado de papeles justo cuando la primera lluvia del otoño amaina. Espero un taxi en la esquina de Córdoba y Florida en hora casi pico. Finalmente, aparece uno vacío. Cuando intento subir (con mis cajas y mis presentaciones), el taxista me ladra “A dónde vas”. Cuando le digo mi dirección me contesta: “Para ese lado no voy”. Alcanzo a decirle: “Entonces no trabajes” y, frenado por el tráfico, me contesta (con ese tonito propio del narcisismo plebeyo de los subalternos que significa “te estoy cagando”): “Yo hago lo que yo quiero, no lo que querés vos”. Nos enredamos en una discusión imposible (¡pero qué más da!): “Eso no es trabajar. Y, además, vos estás brindando un servicio público”.

Pienso de nuevo: qué lacra son los taxistas porteños. Por Dios, que autoricen Uber. Estamos hartos de soportar los caprichos psicóticos de personas que salen a la calle para ofender y humillar a la especie humana. Dos días antes, otro taxista se había “olvidado” de encender el reloj. Con cada movimiento del dólar, parece, la memoria falla.

Camino cuatro cuadras cargado de papeles y una caja que (luego lo sabré) parece contener una pizza y no es así: son pruebas de imprenta para corregir.

Finalmente consigo un automóvil de alquiler (que no es un Uber clandestino, sino un taxi desvencijado, manejado por un señor en cuyas facultades mentales ya no habría que confiar). “No vas para Puerto Madero, ¿no? Para allá no voy”.

No, por fortuna. Y además le digo: ya sé que los taxistas van a donde ellos quieren y no a donde necesita ir el pasajero. El señor me deja en una esquina que no era la que yo le había indicado. Qué lacra y qué tristeza: se acabó el verano.



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