deconstrucciones

Hawaian tropic

¿Tienen una camisa hawaiana? Durante mucho tiempo esta prenda representó la idea del turista absoluto. 27|04|18

¿Tienen una camisa hawaiana? Durante mucho tiempo esta prenda representó la idea del turista absoluto. La persona de la que se sabe poco de dónde viene pero que anda de acá para allá disfrutando del verano, las playas y las palmeras. Recuerdo el póster de Elvis Presley que coronaba el cuarto de un amigo. El Rey lucía una hawaiana de tonos rojos. Presley filmó tres películas en Hawai y de seguir viviendo allí seguro no hubiera engordado tomando tranquilizantes hasta morir.

De aquí a la eternidad fue una película que mi papá miraba una y otra vez y donde Montgomery Clift y Frank Sinatra aparecían en un momento de relax con sendas camisas hawaianas. Las hawaianas comenzaron a venderse en la década de los 30 en Waikiki, se volvieron un símbolo de las islas y consquitaron el mundo. Sin embargo, tienen también algo siniestro. De hecho, es una hawaiana la que tiene puesta Hannibal “Canibal” Lecter en la primera película de la saga, cuando llama por teléfono a la agente del FBI en el final del film. Lecter es peligrosísimo y ahora se ha convertido en un turista global. Es decir, se hizo invisible. Pero hay otro ser inolvidable que usa camisa hawaiana y encarna el mal absoluto y el deseo de venganza: Max Cady, el personaje interpretado por Robert de Niro en la película de Martin Scorsese, Cabo de Miedo (remake de una de Thompson).

Aunque Cady usa ropa chillona, o de colores claros, que no siempre es la prenda de las islas de Hawai, cuando uno recuerda la película (esa remake que se hace en el cerebro) lo recuerda a Cady con la hawaiana puesta. ¿Por qué? Porque Cady representa el forastero, la persona nueva que llega a tu casa y no sabés cuánto tiempo se va a quedar, el hombre que metaboliza en sí mismo lo extraño, lo secreto, el peligro y la seducción. Cabo de Miedo es de esos films regulares que se terminan igual volviendo un clásico. En cualquier reunión, cuando ya se entró en confianza, la gente suele comentar momentos imborrables: Cady fumando habanos en el cine, tirándole el humo en la cara a la familia del abogado o viajando debajo del auto agarrado por un arnés, sostenido por sus brazos tatuados, o cuando habla por teléfono boca abajo seduciendo a la hija de su rival, a quien, después, le va a convidar porro y le va a regalar Sexus, de Henry Miller. Un crack.

Cuando Max Cady sale de la  cárcel –donde aprendió a leer– alguien le pregunta si no se lleva los libros. No, dice, ya los leí. Lo que va a hacer es dedicarse a hostigar al abogado –Nick Nolte– que lo defendió mal dieciséis años atrás y va a utilizar para eso la astucia y el coraje de los que se emancipan en el infierno. Cady es como la teoría de la deconstrucción: te fascina tanto que si no le ponés límites, puede acabar con vos y toda tu familia.



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