Opinión

Geopolítica

El gobierno de Argentina tendrá que lograr construir una base de apoyo político interno que haga posibles las transformaciones para cumplir el plan acordado con el FMI. 10|06|18

“La corrupción es un asesino serial que se disfraza de agujeros de rutas, de falta de medicamentos, de crímenes callejeros y de pobreza. Aproximadamente 60 mil millones de dólares son desviados de las arcas públicas del país cada año. Estas cifras podrían triplicar las inversiones del gobierno nacional en educación y salud y quintuplicar las aplicadas en seguridad pública por los gobiernos nacional, provinciales y municipales. Además de apropiarse del dinero público, la corrupción aleja inversiones externas, que podrían favorecer el desarrollo y la creación de empleos en el país”.
 (Deltan Dallagnol, fiscal jefe del Lava Jato)

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Quien haya visto El mecanismo recordará a uno de los principales protagonistas de la serie de Neflix, el inflexible jefe de los fiscales, que en la ficción lleva el nombre de Dimas Donatelli. El verdadero, Deltan Dallagnol, estuvo en Argentina el viernes pasado invitado por Justicia 2020 a exponer frente a fiscales y jueces. Y el sábado, mientras mantuvimos una conversación que se publicará en forma de reportaje extenso el próximo domingo, surgió que el foco que se coloca en la lucha contra la corrupción en casi toda Sudamérica guarda algunas relaciones geopolíticas con la lucha contra las dictaduras en los años 80. Los 60 mil millones de dólares anuales atribuidos al costo de la corrupción en Brasil equivalen al 3% de su producto bruto (en Argentina igualarían el déficit fiscal) y como se hacía en los años 80 con la falta de democracia, se responsabiliza a la corrupción del atraso de los países sudamericanos. Así como Estados Unidos, llegado a un punto de la Guerra Fría, pudo ver que la mejor forma de combatir al comunismo era promoviendo la defensa de los derechos humanos, la mejor forma hoy de combatir al populismo sería promoviendo la lucha contra la corrupción.

La tesis es similar: que la falta de desarrollo obedece al institutional voids. Vacío institucional que a fin del siglo pasado se debía a la carencia de gobiernos surgidos de elecciones libres y a la persistencia de las dictaduras que sofocaban la democracia con represión violatoria de los derechos humanos. Mientras que en este siglo obedecería a la irrupción de gobiernos populistas que, cumpliendo con el requisito de surgir de votaciones, luego financian su longeva permanencia en el poder con corrupción.

Occidente y el FMI volverían a mirar estratégicamente a Argentina como a comienzos de los 90

El papel antidictadura que cumplía la ONG Amnesty International a fin del siglo pasado lo cumple la ONG Transparency International en las primeras décadas de este siglo. Y la preocupación de Estados Unidos porque la ex Unión Soviética jugara un papel importante en la política sudamericana pasó a que sea la China capitalista la que lo cumpla si se consolidan gobiernos populistas antinorteamericanos en la región.

El Fondo Monetario Internacional y Estados Unidos abandonaron a Argentina en su crisis de 2001 en gran medida porque ya había desaparecido la amenaza comunista con la extinción de la ex Unión Soviética y la aún no emergencia de China como superpotencia. Hoy, Macri es invitado especial a la reunión del G7 en Montreal y tratado de manera totalmente diferente que De la Rúa y Cavallo porque surgieron los Chávez, Correa, Lula y Kirchner.
La sola existencia del G20 como institución multilateral y que a partir de la crisis financiera mundial de 2008 haya reemplazado, en parte, al G8 (G7 más Rusia), dándole un asiento permanente a Argentina y Brasil, muestra una renovada preocupación por Sudamérica.

Los años 90 de la convertibilidad y el boom económico inicial, que le permitió ser reelecto a Menem y gobernar ininterrumpidamente el país más que ningún otro presidente argentino (seis años más cuatro, combinando la vieja y la nueva Constitución), tuvieron base de sustentación en las “relaciones carnales” con Estados Unidos. En 2001 Cavallo no comprendió que el mundo ya era diferente al de la reciente caída del Muro de Berlín y que con De la Rúa como presidente no contaba con la base de apoyo del peronismo en el Congreso de la que sí gozó Menem.

Ese es el gran desafío de Macri, el mundo occidental mira nuevamente con simpatía a Argentina y su gobierno, los 50 mil millones del FMI son una de sus consecuencias, pero tendrá que lograr él mismo construir una base de apoyo político interno que haga posibles las transformaciones que debe implementar para cumplir el plan acordado con el FMI.

El discurso, la semana anterior, de Miguel Pichetto en el Senado cerrando el debate por las tarifas fue un mensaje. Su respuesta está en la nota de tapa de la edición de PERFIL del sábado informando que serán Vidal y Rodríguez Larreta, por tener mejor relación con la oposición, los encargados de construir un pacto de gobernabilidad con el peronismo.

Que no regrese el populismo en Argentina ni en Brasil sería su principal prioridad

Cuando el FMI hace público que el acuerdo con el gobierno argentino debe ser apoyado por toda la sociedad y requiere un fuerte compromiso político de todos, no solo le está enviando un mensaje a la oposición sino también al propio Macri y a la parte más intransigente del Gobierno, que despreció la necesidad de acuerdos con el peronismo no kirchnerista.

A los intentos de regreso de los golpes militares en Sudamérica se los derrotó porque se unieron en defensa de la democracia oficialismo y oposición, en su momento Alfonsín y el peronismo renovador. Desde esa perspectiva, para derrotar los intentos de regreso del populismo se tendrían que unir Cambiemos y el peronismo no kirchnerista. Porque con las denuncias y eventuales condenas de la corrupción del kirchnerismo no sería suficiente, como tampoco lo fue con la condena a los ex comandantes de la dictadura. Lo mismo sucede en Brasil: la Justicia cumplió un papel en las condenas por el Lava Jato pero el arco político de centro precisaría unirse para poder vencer definitivamente al legado del PT aun con Lula preso. Si el gobierno de Macri terminara en un 2001 o en Brasil ganara las elecciones nuevamente un continuador ideológico del PT, el populismo en Sudamérica no habrá sido erradicado, lo que a los ojos del círculo rojo de Estados Unidos, el poder permanente más allá de Trump, sería un retroceso.

El nuevo embajador norteamericano, Edward Prado, es un juez de la Corte Federal, lo que puede ser tomado como un respaldo al Poder Judicial. La Justicia en Sudamérica, especialmente en Brasil, cumplió un papel destacado en la lucha contra la corrupción, pero creen que para llenar el “vacío institucional” la mayoría de los políticos deberían unirse para garantizar gobernabilidad.



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