LA LENGUA ARGENTINA

Función fática del lenguaje y los meteorólogos

. 17|02|18

Bueno hasta el mediodía, desmejorando por la tarde, fuertes ráfagas de viento por la noche. Para mañana, lluvia”.


Parado, explícitamente, sobre los hombros de otro gran lingüista –Karl Bühler–, el ruso Roman Jakobson elaboró el más tarde llamado circuito de la comunicación que profesores y maestros harían tan famoso. Recuérdese que los componentes de su circuito son emisor y receptor –si bien él no los denomina así–, contexto, mensaje, código y contacto. Y que las funciones que les corresponden a los mensajes según estén orientadas a uno u otro componente de ese circuito las designa emotiva, conativa, referencial, poética, metalingüística y fática.


Es justo en esta última en la que quisiera detenerme. Según las propias palabras del lingüista ruso, “hay mensajes que sirven sobre todo para establecer, prolongar o interrumpir la comunicación, para cerciorarse de que el canal de comunicación funciona, para llamar la atención del interlocutor o confirmar si su atención se mantiene”.


Expresada de manera más concreta, la función fáctica del lenguaje –que, dice Jakobson, fue el nombre que le dio el antropólogo Bronislaw Malinowski al ocuparse del significado en los lenguajes primitivos– es la propia de los saludos (“Hola, ¿cómo estás?”, “Bien”), la de las preguntas por la interpretación general en la conversación o de la constatación de que la comunicación no se ha interrumpido (“¿Se entiende?”, “¿Me seguís?”) y la de las despedidas (“Chau”, “Hasta la próxima”).


Y Jakobson mismo agrega que es la única función que el lenguaje humano comparte con el de los animales y que es la primera que aprenden los chicos incluso antes de que sean capaces de emitir o captar una función informativa (aunque sobre estos dos últimos puntos existe, sin duda, mucha controversia).


Lo interesante de la función fática es el hecho de que se manifiesta, también, por medio de un intercambio de fórmulas más o menos ritualizadas que pueden llegar a constituir diálogos enteros. Así, si se lo piensa un poco, las conversaciones del WhatsApp suelen representarla cabalmente.


El chat de mamis del jardín y el chat de mamis del jardín sin Roxana, el grupo de compañeros de la secundaria o el de los muchachos del fútbol de los martes se decantan, casi siempre, por mensajes que –en resumidas cuentas– no dicen otra cosa que “Aquí estoy, allí estás”. Mensajes de puro contacto.


Aunque considerable en la comunicación online, no es ése el único ámbito en el que esta función resulta sobresaliente. La función fática es, además, la usual en lo que podríamos llamar “conversaciones de ascensor”. De hecho, lo habitual para quebrar la incomodidad de un silencio que se siente más extenso de lo que es –normalmente, apenas unos pocos segundos– gracias a la intimidad con un (cuasi) desconocido obligada por el espacio exiguo que ofrecen los ascensores es –usted lo sabe bien– hablar del tiempo.


El clima nos da la excusa perfecta para alcanzar el acuerdo con cualquier interlocutor, en tanto se evita todo tema polémico. Nadie es ajeno a una respuesta airada si se le ocurre hablar de fútbol. O de política. En el ascensor. Y también en el taxi. En la cola del supermercado. O en la espera sin celulares –¡qué horror!– del banco.


Lo que quiero decir es que, en una época en que la función fática del lenguaje parece enseñorearse de muchos intercambios –en los que se habla, en definitiva, para no decir nada–, el metatema de la función –el tiempo– adquiere una relevancia notoria. Más aún: aunque seguramente no sea éste el único motivo, su preeminencia ha elevado al rango del estrellato mediático a los mensajeros de la temperatura.

Y es que, desde la cadencia familiar de Nadia (cesanteada por ¿vieja? en la TV Pública) hasta los nuevos chicos y chicas sexis del clima, los meteorólogos se han convertido en una usina de contenidos para que los simples mortales tengamos de qué hablar con el fin de ponernos en contacto entre nosotros. Comunicarnos, fáticamente. Porque, a lo mejor, no queremos más que eso. O porque, a lo mejor, no tenemos mucho para decirnos.


*Directora de la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés.



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