avatares del gobierno

Eterno retorno

Los cocineros de las buenas noticias ya no sirven. Y un equipo de discurso no es una factoría de milagros. 9|09|18

Gracias al Banco Central, ya no somos Venezuela, porque le ganamos en la tasa de referencia, que Caputo subió al 60%, mientras que la de Venezuela es del 20,81 (www.bbc.com/mundo/noticias-45372933).  Y, a la par de ese porcentaje inédito y liquidador, la palabra dólar se escribió miles de veces, en cada una de las páginas de los diarios, los blogs, los portales web, las breves sentencias de Twitter, y en cualquier otro lugar al que se accediera mediante un teclado alfabético. La semana terminó, para alivio de los que siguen esta ruleta rusa, con un dólar a la baja. El presidente del Banco Central aclaró que "los mercados entendieron el mensaje". A diferencia de "los mercados", quienes sabemos poco y nada de finanzas tenemos la sensación de que se habla de una variable cuya importancia conocemos por experiencia, pero que no podemos explicar. Padecemos sus efectos, pero no entendemos las causas.

Resignación melancólica, cuando los economistas informan que cada diez años, el país atraviesa una crisis. La frase aparece, como un cartel luminoso, mientras se denuncia la adicción a ahorrar en dólares. La divisa estadounidense es una maldición argentina. ¿O son los argentinos una maldición argentina? Quizás lo segundo se acerque a una verdad. Vivimos en el país del eterno retorno. Por ejemplo: en la reunión del domingo pasado en Olivos, apareció Carlos Grosso, ex intendente de Buenos Aires cuyos contratos con Manliba, empresa de la familia Macri, fueron oscuros; y que también trabajó en Socma, la multiempresa de los Macri. Todos tienen segunda oportunidad, o, mejor dicho, ella bendice a algunos de los peores, de los borrados y ensombrecidos por la corrupción.

El estilo del Presidente participa de la maldición nacional. Muchos recuerdan que Franco Macri quería ver a su hijo Mauricio lejos de las empresas familiares porque no estimaba sus condiciones para la gestión. Macri se enteró demasiado tarde de que el país no necesitaba que bajaran las retenciones sino que subieran un poco. No empezó por donde debía empezar y recién ahora, más de dos años y medio después, se da cuenta de que tendría que haber empezado por ahí. Practicó el pensamiento propio de un capitalismo mágico y así le salió. Por fin se vio obligado a anunciar correcciones en su discurso ante la UIA.

No es un simpático rasgo de estilo que el Presidente jugara al paddle y mirara un partido de fútbol, como lo hizo el domingo pasado en plena crisis. No se reparó en que existen lugares más propicios para aprender política que el Colegio Newman, la café society de Barrio Parque, el fútbol o el mundo de los negocios. Ni siquiera gobernar la Ciudad de Buenos Aires entrena todo lo necesario para la presidencia de la República. Cualquiera puede recordar nombres que precedieron a Macri en el fracaso.

En su discurso del lunes a la mañana Macri pareció una versión sentimental y emotiva de Marcos Peña, más dispuesto a admitir la realidad: "La transición se ha transformado en emergencia". Ya no es más tormenta. "¿Creen que me hace feliz…?", le preguntó a un público invisible que sabía que el peso valía la mitad de lo que valía a comienzos de este año. Quizás hoy esté un poco “más feliz”, al ser informado que el dólar bajó unos centavos.

Los cocineros de las buenas noticias ya no sirven. Y un equipo de discurso no es una factoría de milagros

¿Qué equipo? Lo dijo Luis Barrionuevo: a Macri le cuesta tanto echarlo a Marcos Peña como a Isabel Perón le costó López Rega. Nada hay más inseguro para el país que un Presidente que considera indispensable a un hombre que no cae bien incluso en el estrecho círculo llamado "equipo". La cosa tiene que ser al revés: los ministros son fusibles; los presidentes aseguran la continuidad institucional.

Lo malo es que muy pocos dijeron que Macri estaba equivocado desde el comienzo: que estaba equivocado o mentía en sus sobreabundantes promesas de campaña; que se equivocó, sobre todo, cuando pensó que, a él, como era empresario, sus congéneres no le iban a hacer las trastadas que acostumbran perpetrar con y contra los políticos honestos o corruptos. Fue omnipotente. Lo rodeó un coro de adictos que, como él, pensaron que la economía argentina se arreglaba como la de una cadena de farmacias o una mesa de dinero.

Se quedó ciego y sordo porque tuvo que prescindir de Quintana y Lopetegui, que eran "sus ojos y sus oídos". Aquella exageración grotesca hoy se convirtió en una ironía patética. Nadie en su equipo, ni él mismo, evaluó las dimensiones políticas y sociales de un país que creyeron fácilmente solucionable con un poco de inversión, un poco de crecimiento, un poco menos de inflación: ésas fueron sus metas no alcanzadas. No hubo técnicos y, si los hubo, se fueron del Gobierno porque no se sometieron a la disciplina trapense de Marcos Peña.

Macri vivió una vida con viento de cola. Ahora no sopla ese viento por una razón sencilla: es posible ser jefe de Gobierno de la Ciudad sin ser un gran político, sobre todo si esa Ciudad es Buenos Aires. Pero no son condiciones suficientes para presidente de la República. Varios economistas que hablan a troche y moche sobre el mercado de divisas, hace tres años callaban ante el hecho evidente de que Macri no tenía equipo económico. Y que su forma de no tenerlo, era no mostrarlo.

Bla bla bla. Los cocineros de las buenas noticias ya no sirven. El sincorbatismo de aquella foto del 2015, poblada con 22 ministros con fondo de pasto verde, parece un mortecino recuerdo del día de la primavera. Esto demuestra que un equipo de discurso no es una factoría de milagros, excepto cuando una realidad bondadosa se lo permite. El discurso no es omnipotente, como creyó Macri, que admira lo que no posee. No sabe hablar bien, y creyó que hablar bien era lo único que le faltaba. Le inventaron un discurso de las buenas ondas, que perdió toda sustancia ante lo que el PRO llama tormentas y turbulencias, esos sinónimos inútiles.

Las triquiñuelas vulgares del equipo de discurso están a punto de caducar. Ante la UIA, el martes pasado, Macri dijo: "Basta de pensar en soluciones mágicas". Por eso mismo, los industriales le exigieron un plan para el sector. Ya no se conforman con un vago conjunto de frases desiderativas. El otrora todopoderoso discurso cede ante el imperio de los hechos. En medio de la crisis económica, Macri habló como un hombre cuyos límites se ponen de manifiesto de manera penosa: un minuto y medio para hacer un anuncio que, fuere el que fuere, todos esperaban. En casos así, mejor el silencio, algo que los asesores de discurso no supieron aconsejarle. El lunes pasado habló más de veinte minutos. Un discurso vago y pobre, con el que no puede guiar a nadie, ni siquiera a sí mismo. La función de un político es convencer. Ahora se habla de generar confianza, la fórmula que se ha puesto de moda, reemplazando al verbo convencer que es menos etéreo.

Pero no hay que echarle toda la culpa a los que se ganan la vida como amanuenses presidenciales. Un equipo de discurso mejora las cualidades del político, lo vuelve más persuasivo, le aconseja estrategias de argumentación, refina sus habilidades oratorias. Un equipo de discurso cumple las funciones de un taller literario: evita los grandes errores, endereza los párrafos y descubre recursos de vocabulario. Pero no puede convertir a nadie en un estadista.

¿Por qué, si un médico tiene que estudiar seis años, hacer la residencia otros dos o tres y comenzar a escalar una pendiente, un político puede ser eximido de esos ejercicios preparatorios? ¿Por qué la política no obedece a las exigencias de una profesión y, más bien, llueven maldiciones sobre los profesionales?

Para terminar en paz, un poema, inspirado en el que leyó Quintana al dejar su cargo de ministro.  Buena onda para todos y ¡feliz domingo!:

No digas que partiré mañana,

porque ayer mi dolor y mi alegría

fueron lo mismo.

No me voy de turismo.

Volveré en una nueva primavera,

trayendo brotes verdes y pajaritos

con cola de tijera.

El futuro será duro,

pero llega seguro.



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