obra maestra

El mantra de la fiebre

Tengo la idea de que la fiebre siempre sucede en la infancia. 25|03|17

Tengo la idea de que la fiebre siempre sucede en la infancia. Es decir que cuando uno está con fiebre, tenga la edad que tenga, está en la infancia. La fiebre tiene algo encantador aunque te puede demoler. Produce delirios, sueños raros, extraños, como ese hotel que Stanley Kubrick nos muestra en El resplandor y que misteriosamente tiene ventanas donde no puede tenerlas o las habitaciones son más anchas de lo que pueden ser. Provocando una sensación de angustia en el espectador, que no percibe eso a simple vista, sino que lo ve sin verlo. Mi hija tuvo un pequeño resfrío y algunas líneas de fiebre y, por metonimia, me dejó a mí una gripe letal. Lo que en su organismo nuevo, de seis años, ajustado, fue casi nada en mi cuerpo fueron tres días de dolor interno y noches hermosas de fiebre donde perdí la noción de dónde estaba y de qué estaba haciendo con mi vida. Era de nuevo un niño y por eso una madrugada me levanté y, en vez de tomar las aspirinas o hacerme una leche caliente con whisky,

tomé el antifebril de mi hija y éste me llevó a mi casa de la infancia mientras transpiraba bajo las sábanas. Me llevó con una nitidez absoluta que me dejó pasmado. Al otro día, ya más repuesto, mientras buscaba algo para leer, di con un libro que me habían traído el año pasado y que por algún motivo se me había estado escabullendo. El libro es del chileno Germán Carrasco y se llama Mantra de remos. Y es una obra maestra de la poesía latinoamericana. Es un libro de poemas largos, cortos, en prosa o en versos cortitos, casi canciones o haikus, lo que sea, se metamorfosea a cada paso ya que es, sobre todo, un libro

sísmico, como el territorio chileno. Si en otros poemas anteriores Carrasco siempre me parecía que pecaba de escribir de más, acá los versos están ajustadísimos y si tuviera que comparar este libro con una película lo compararía con El Padrino 1, donde no hay escenas de transición, son todas buenas y centrales. En este libro hermoso pasa lo mismo, no hay verso malo, no hay poema malogrado, hasta los más ambiciosos y peligrosos –los escritos en prosa larga y juguetona– salen indemnes, con una precision fantástica. Carrasco maneja un léxico privado, hecho de sedimentos de la lengua coloquial chilena, y de la porteña, ya que vivió en Buenos Aires, y de la estructura de la poesía inglesa de la que es adicto y a la que ha traducido. Use la palabra que use, logra que, por más nuevo que sea el significado, se revele como inmortal. Mantra de remos habla sobre objetos, personas amadas, viajes, costumbres, cualquier cosa. En un mismo poema pueden convivir direcciones de sentido antagónicas : “Como europeo ante el canto de una india/ o cubano en un supermercado/ en estado de completa alucinación/(…) O como un niño de un pueblo perdido/ cuyo único espectáculo era ver/ el camión de la basura,/ el primer camión de basura/ con comprensor/ que había llegado al pueblo./ El camión apisonaba el material/ con planos morosos, a la rusa,/ Loznirsa, ponte tú, o Sokúrov./ El susurro mecánico vociferaba/ áfono la palabra/ devenirrrr/ con rugido de monstruo de manga/ o de académico con estrella de sheriff/o una mezcla de ambas cosas”. La mente de Carrasco no para nunca y socaba la realidad, la vuelve a su favor: “Un chincol cruza/ una calle céntrica/ De su pico cuelgan/ cuarenta centímetros de cinta/ de casete para su nido./ La ciudad está llena/ de cinta magnética:/ huiros en las aceras/ y en el tendido eléctrico/ tras el tsunami./ Plumeros pelucas/ de payaso algas marinas/ de alcantarilla.VHS/ ochenteros. Nidos/ en calles y bordes de carreteras”. En el poema titulado Para que tiemble o llueva a cántaros, el comienzo recuerda a la poesía de César Vallejo: “La tarde con olor a soldadura se instala en el oído/ a crispar tímpano adentro galerías y circuitos con su vaho/ y desplegar sus sinfonías en las villas miserias lenocinios/ y barrios residenciales de la mente/ cortan la leche del aire las exhalaciones de pulmones insanos/ por qué fue que anoche no nos fijamos/ en el pronóstico por el mor de Dios/ nunca debimos salir de casa hoy”.



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