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El Gobierno apuesta por el peronismo para ganar

Puede resultar contradictorio que un partido que ha hecho gala de que hay que gestionar y no pensar tanto en elecciones ahora se le dé por lo inverso. 18|03|18

Con precocidad, la principal fuerza de la coalición oficialista lanzó hace una semana la campaña por la reelección presidencial. A partir de una miniconvención y el primer timbreo del año –de los que no participó Mauricio Macri, como si estuviera por encima de esas minucias– el PRO puso primera en la carrera electoral.

Puede resultar contradictorio que un partido que ha hecho gala de que hay que gestionar y no pensar tanto en elecciones ahora se le dé por lo inverso. La nueva política no excluye el pragmatismo.

Desde algunos despachos oficiales tienen explicaciones para esta premura, a la que no consideran tal, obviamente. La defensa pasa por los tiempos electorales que impone el Mundial de Fútbol (que en dos meses creen que abrirá un paréntesis público a la actividad política) y, sobre todo, el inicio del calendario en muchas provincias, donde se desdoblarán los comicios y antes de fin de año empezarán a definir candidaturas locales.

Prefieren dejar de lado las especulaciones en torno a que la velocidad puede relacionarse con llenar los huecos del relato gubernamental, junto a la nueva agenda de temas sociales trascendentes como el aborto, frente a las dificultades de una economía que no termina de consolidarse. Optimistas del gol, los macristas esperan mejores datos de crecimiento y menor inflación en 2019.

Sí admiten en el Gobierno que además buscan marcarle la cancha al peronismo, envuelto como está en un problemático debate por la resurrección o la supervivencia, según cómo se mire. “No podemos dejarles a ellos la iniciativa. Conviene exponer los líos que tienen”, comenta una fuente oficial.

En esa lógica, el oficialismo se siente alentado por los espasmos peronistas, en especial los de estos últimos días. Desde la inédita cumbre Sergio Massa-Florencio Randazzo a la insólita aparición en la reunión justicialista Clase B de San Luis del aislado Hugo Moyano.

Como se experimentó en las legislativas de octubre, principalmente en la crucial provincia de Buenos Aires, la dispersión peronista beneficia a Cambiemos. Pero en el Gobierno tampoco ven con malos ojos estos intentos artesanales de unidad, convencidos de que “desnudan que siguen siendo el pasado”. Ciertas presencias ciertamente no evocan a una renovación peronista, más allá de que siga sin desatarse el nudo de qué hacer con Cristina Fernández de Kirchner y sus talibanes.

La ausencia de gobernadores justicialistas con alguna chance de futuro en estos rejuntados públicos alienta a la Casa Rosada. En verdad, los faltazos obedecen más a sus lógicas distritales que a congraciarse con el Ejecutivo nacional. Los mandatarios peronistas están más preocupados por revalidar     su poder provincial que por la batalla nacional, a la que ven difícil. Por eso no unifican sus comicios con los presidenciales: temen que una posible ola amarilla en el primer lugar de la boleta los deje sin nada.

Cómo, ¿y la difusión en estos días de ciertas encuestas que muestran que Macri iría a segunda vuelta y perdería con un candidato opositor? “¡Bueh, seamos buenos y pensemos que falta mucho y se equivocan!”, dice con ironía un afilado funcionario.

Dejando de lado la evaluación de la gestión, que no es un tema menor, el tránsito electoral de Cambiemos está atravesado por varias dificultades. Cierto es que Provincia y Ciudad de Buenos Aires, con las descontadas reelecciones de María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta, apuntalan los sueños oficialistas. Los más entusiastas, que los hay, piensan incluso en un triunfo en primera vuelta.

Pero en el resto de las provincias el panorama suele no ser tan diáfano. En algunas de las que no gobierna, Cambiemos acepta que le faltan liderazgos o candidatos firmes. De las importantes, asoman los nombres de Córdoba (con una interna durísima) y Santa Fe (sin candidato fuerte).
Aunque parezca una ficción, estos tejidos y elucubraciones forman parte de la atención real en el poder.



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