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El efecto samba

El renacer de Brasil impulsaría la economía argentina mucho más que la baja de las tasas de interés. 14|01|18

Dentro de diez días comienza a definirse parte de la suerte de Macri y de la economía argentina. El 24 de enero, Brasil, nuestro principal socio comercial, la mayor economía latinoamericana y la octava del mundo (solo superada por Estados Unidos, China, Japón, Alemania, Inglaterra, Francia e India), cuyo producto bruto, por cada tres puntos que crece, hace crecer un punto al de Argentina, define su futuro. En diez días, el Tribunal Regional Federal de la 4ª Región, con sede en Porto Alegre, deberá confirmar o revocar la sentencia en primera instancia del juez Sergio Moro de nueve años de prisión y 19 de inhabilitación para ejercer cargo público para Lula. De cómo voten esos tres jueces dependerá el calendario electoral de Brasil, que prevé el 7 de octubre la primera vuelta y el 28 de octubre, la segunda, para elegir al presidente, que asumirá el 1º de enero de 2019.

Si los tres jueces que integran el tribunal fallaran unánimemente, cualquiera de las dos partes podría apelar al Supremo Tribunal de Justicia o al Supremo Tribunal Federal, similares a un Tribunal de Casación y a la Corte Suprema en Argentina. Si dos jueces confirmaran la condena y uno no, el ex presidente sumaría la posibilidad de solicitar también a esos mismos tres jueces un “embargo infractor”, figura de la Justicia brasileña que permite –cuando no hay votación unánime– pedir la revisión parcial de la sentencia al mismo tribunal que la realizó, con efecto suspensivo de la condena. Un mes después ese tribunal debería expedirse y a partir de allí Lula tendría la posibilidad de apelar ante el Supremo Tribunal de Justicia o el Supremo Tribunal Federal.

Hay juristas que piensan que todo este proceso quedará concluido antes de que se presenten las candidaturas presidenciales. Y otros creen que podría extenderse incluso hasta octubre, en medio de la primera vuelta (el Partido de los Trabajadores tiene hasta veinte días antes de la elección para cambiar el nombre de su candidato).

Además de los votos que le traiga Vidal, la reelección de Macri depende también de que Brasil arranque

Si fuera confirmada su condena después de la elección de primera vuelta, aunque Lula hubiera ganado, no podría competir en la segunda vuelta; y si una sentencia condenatoria llegara después de la elección final, aunque Lula hubiera ganado no podría asumir como presidente e igual iría preso, mientras el presidente de la Cámara de Diputados asumiría para convocar nuevas elecciones. Lula solo podría esquivar cumplir una condena definitiva de prisión si llegara después de que se le entregara el diploma como presidente electo, días antes de asumir.

Al igual que en Argentina, donde una instancia judicial contradice la prisión preventiva de la anterior, hay en Brasil juristas que –por la ley de “ficha limpia electoral”– entienden que con la sola condena en segunda instancia, aunque no quede firme ni Lula aún vaya preso porque apele al Supremo Tribunal de Justicia, igual no podría ser candidato en 2018 (aunque sí en el futuro si fuera absuelto después). Y otros que opinan que podría ser candidato hasta en la cárcel si la sentencia en segunda instancia llegara después de la confirmación de candidaturas, a mediados de agosto.

Esta colisión entre las instancias judiciales y electorales contradice el sentido común. Lo lógico sería que todo estuviera resuelto antes de la presentación de candidaturas. Porque si Lula fuera elegible, muy probablemente se produciría una unión de partidos de centro y centroderecha detrás de un solo candidato que competiría con el ex presidente. Pero si Lula no fuera elegible y el PT tuviera nulas posibilidades de ganar, entonces el resto de los partidos podrían ir divididos.

El gobernador de San Pablo, del PSDB, el partido de Fernando Henrique Cardoso, Geraldo Alckmin, sería el mejor posicionado, y el actual ministro de Economía, Henrique Meirelles, por el PSD, el partido del ex presidente Juscelino Kubitschek, fundador de Brasilia, sería el segundo mejor.

Meirelles fue presidente del Banco Central de Brasil entre 2003 y 2011, durante las dos presidencias de Lula, y el garante de un sistema populista en lo político pero ortodoxo en lo económico. Al igual que con el paso de Néstor Kirchner a Cristina, el traspaso de Lula a Dilma Rousseff alejó al gobierno de la disciplina fiscal.

Meirelles, quien venía de ser presidente mundial del Banco de Boston, asumió en el Banco Central con un Brasil en crisis por la desconfianza que había generado la llegada de Lula por primera vez al poder. Pero en sus ocho años al frente del Banco Central la inflación, que era del 12,5% anual, se redujo a la mitad; las reservas, que eran de 38 mil millones de dólares, se multiplicaron por diez; el precio del dólar, que estaba en 4 reales en 2003, llegó a costar menos de 2, y las tasas de interés pasaron del 18% al 10% anual. Los ocho años de Meirelles al frente del Banco Central fueron los de mayor crecimiento sostenido de la historia de Brasil. Ayudado, claro, por la mejora del precio de las materias primas, que irradió bienestar en todos los países latinoamericanos.

La importancia de Meirelles en el Banco Central se percibe por contraste con quien también acompañó a Lula en sus dos períodos presidenciales y continuó con Dilma como ministro de Economía (Hacienda), Guido Mantega. Los brasileños diferencian a Mantega, que es abucheado cuando va a restaurantes, de Meirelles porque cuando Mantega se quedó sin Meirelles Brasil desbarrancó.

La devaluación de Brasil de 1999 sepultó la convertibilidad. Su despegue en 2019 impulsaría a Argentina.

Este jueves, la agencia de calificación Standard & Poor’s bajó la nota de Brasil de “BB - perspectiva negativa” a “BB - perspectiva estable” con el argumento de que “a pesar de varios avances de la administración Temer, Brasil ha hecho un progreso más lento de lo esperado en implementar una legislación significativa para corregir el deslizamiento fiscal estructural y el aumento de los niveles de endeudamiento”. Concretamente, se queja de que el gobierno no logró aprobar la reforma previsional y que será difícil que se apruebe en un año electoral, aunque Temer asegura que lo logrará. Las agencias de calificación de riesgo han demostrado ser tan arbitrarias y procíclicas como la opinión pública y, en el caso específico de Brasil, no pronosticaron la crisis.

Argentina sí aprobó la reforma previsional pero no la laboral, reforma que sí se aprobó en Brasil, y tiene mayores consecuencias en el crecimiento de la economía de un país (la previsional tiene consecuencias a largo plazo).

Si Brasil tuviera la suerte de encaminar su futuro político con un presidente que dejara atrás su grieta y concitara una adhesión razonable en la población, Macri tendría asegurada su reelección, más que por los votos que pudiera traccionarle María Eugenia Vidal con las mejoras en la provincia de Buenos Aires, porque el renacer de la octava economía mundial aquí en nuestra frontera impulsaría la economía argentina mucho más que la baja de las tasas de interés.



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