econOMISTA DE LA SEMANA

Del laberinto se sale por arriba

. 19|05|18

Hace casi una década en Argentina se inició la construcción de una bomba casi perfecta y muy difícil de desactivar diagramada en base a profundos desajustes y desequilibrios macroeconómicos, para algunos casi irreversibles.
Recesión, récords de déficit fiscal, cuasi fiscal y de cuenta corriente, atraso cambiario, tasas reales negativas, servicios ridículamente subsidiados, puja salarial y distributiva, déficit energético, restricciones cambiarias, fuga de capitales, acceso denegado a los mercados financieros voluntarios, etc., son algunos de los letales compuestos de esa bomba.
Esto acompañado por una recurrente tensión de precios provocada por la aplicación de erróneas políticas monetarias, tributarias, de ingresos, crediticias y de inversión que ayudó también a construir la más dramática de nuestras realidades sociales, como son la
pobreza y la indigencia estructurales que padece un inaceptable número de compatriotas. Incluso por no convalidar tales políticas en 2010, algunos directores del Banco Central fuimos casi expulsados de esa institución.
Este difícil escenario solo permitió revertir o modificar en los últimos años algunos pocos de los problemas estructurales antes mencionados, aunque se debe reconocer un cambio de tendencia basado más en logros institucionales que económicos.
Esta trampa casi perfecta pareciera habernos hecho ingresar a un complejo laberinto ya que nos empecinamos y encerramos en el intento de encontrar soluciones inmediatas a dilemas coyunturales impidiéndonos adoptar una mirada más estratégica.

Confianza y expectativas. Las desgraciadas y recurrentes crisis económicas y sociales que hemos padecido en los últimos treinta años han cambiado las formas de razonar de aquellos argentinos que toman decisiones económicas cotidianas, sean estas de ahorro o de inversión.
El objetivo de obtener rentabilidad ciertas veces pasa a ser marginal o secundario y tales decisiones se terminan adoptando por la influencia de componentes muy subjetivos, como son la confianza y las expectativas, principalmente respecto de los actos de gobierno.
Un pequeño cisne negro irrumpió en las últimas dos semanas en una frágil y presunta tranquilidad financiera, lo que generó una huida de capitales golondrina guiados por una menor rentabilidad interna y mejores oportunidades externas pero también acompañada en parte por actores locales invadidos por el desconcierto.
En esta oportunidad, hasta el propio Gobierno fue afectado quizás por sobreexpectativas negativas que derivaron en un sorpresivo anuncio de acudir al FMI, que por más que haya estado en su radar, seguramente se hubiese anunciado en otro momento. La tranquilidad llegó solo cuando se pudieron demostrar decisiones firmes, acertadas y coordinadas tanto dentro como fuera del Gobierno.
Este episodio nos enseña que para instrumentar una política económica no solo hace falta saber de economía, sino más bien de política. ¿Serán señales de ese tipo lo que la gente está esperando para mejorar su confianza y sus expectativas?

Mirar para adelante. Alcanzar una senda de constante crecimiento no pareciera ser un desafío imposible de lograr. El camino de salida de la crisis de 2001-2002 mostró la notable capacidad de recuperación de nuestra sociedad, que supo afrontar y superar problemas tanto o más graves que los actuales.
No obstante, para avanzar hacia la superación estructural de las crisis recurrentes que padece nuestra economía, antes que un aumento de los dólares disponibles, lo que más necesitamos es que dentro y fuera del país haya un aumento sustantivo del nivel de confianza en nosotros.
Si lográramos incrementarla es posible que crezca la muy baja tasa de inversión productiva
generadora de riqueza. Debemos premiar con beneficios a quienes apuesten a ello para lograr una economía más competitiva y generadora de empleo.
Pareciera que lo dicho hasta aquí basta para demostrar que el principal insumo crítico que demanda hoy nuestro país es esa confianza. Por tanto, la pregunta que se impone es qué hacer para aumentarla, tanto de nativos como de foráneos.
Una significativa señal podría ser poner en marcha un programa coordinado plurianual que incluya un cronograma de objetivos gubernamentales concretos y plausibles de reducción inflacionaria, que involucre y comprometa a todos los organismos que administran las políticas con injerencia
directa en esta problemática: tributaria, salarial, monetaria, de inversión y crediticia, superador del tradicional esquema de metas de inflación como herramienta exclusiva de política monetaria. Esto como la cuestión medular de un plan integral de objetivos gubernamentales en materia de reordenamiento macroeconómico, el cual incluso podría plasmarse en una ley.
Esto sería posible si el gobierno nacional realizara una convocatoria amplia que abarcara a todos los sectores políticos con representación parlamentaria, a los dirigentes empresariales, obreros y de los movimientos sociales, al mundo del pensamiento (universidades y academias) y a representantes de los cultos religiosos, para debatir, elaborar y poner en marcha un plan que defina el perfil estratégico del país a construir. Debemos lograr un acuerdo político en materia económica, pero político al fin.
Si todos los que integren esa gran mesa fueran con la sincera voluntad de construir puentes que unan y derribar muros que separan, desde la conciencia de la difícil situación que vive el pueblo, llevar adelante esa iniciativa sería un trascendente paso hacia acumular la confianza que nos está faltando.
Estos hitos, ya logrados en otros momentos de nuestra historia, confirman que, como enseñara Leopoldo Marechal, “de los laberintos se sale por arriba”, enseñanza que bien haríamos en tener en cuenta hoy cuando crece la perplejidad de encontrarnos encerrados, de pronto, en un laberinto que con un consenso colectivo de nuestra sociedad toda, en realidad sí tiene salida.



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