Opinión

De una feria a otra

La chica del stand de Sólidos Platónicos me dijo con cierta malicia feminista que Schierloh solo cita a escritores hombres. 19|05|18

Unos libros me llaman la atención en Eterna Cadencia. Tapa gris de cartón granulado, interior elegante con ilustraciones, señaladores y otros regalos para el lector. Son de la editorial Barba de Abejas, cuyo logo es un individuo que tiene la barba formada por abejas y se parece a la foto del editor. Eric Schierloh, poeta y novelista, produce estos libros “hogareños”, encuadernados a mano y con tiradas de cincuenta ejemplares que se reeditan cuando se agotan. Unos días antes pasé por el stand de Malisia en la Feria del Libro. Es una distribuidora que agrupa a un conjunto de editoriales platenses (ellos se llaman “colectivo”, pero yo preferiría “subte”, aunque en La Plata no haya) compuesto por Club Hem, Pixel, Eme, FA taller estudio y Malisia Editorial (hay entre los responsables de la distribuidora y de cada editorial una compleja polinización cruzada). En el stand reinaba la entusiasta Celeste Diéguez, que además se ocupa de la sección de poesía de Club Hem y a la que vi un día moderando una lectura de sus jóvenes poetas que estaba llena de gente. Parece que hay muchos poetas jóvenes en La Plata.

Celeste me obsequió, justamente, un libro de Eric Schierloh publicado por Club Hem que se llama El Maguey, donde el autor cuenta un viaje que hizo a la Feria del Libro de Guadalajara en compañía de Pablo Katchadjian, escritor experimental como él. El relato me hizo pensar en mi única visita a ese lugar un poco absurdo, regido por una enorme y benévola burocracia (algo así como El ogro filantrópico de Octavio Paz en miniatura) donde el extranjero se siente de vacaciones en La Nada Organizada. Con gran humor, Schierloh se dedica a llenarla con menúes y citas literarias. Se ve que sus lecturas son muy amplias e incluyen a Chateaubriand y a Von Kleist, pero lo suyo es más bien la literatura norteamericana un poco corrida del centro, de sesgo anarquista (compatible con su declarada aversión a las “tapas de suplementos” que circulaban por Guadalajara). Schierloh habita el espectro que va de Thoreau y Emerson a Vonnegut y John Barth. La chica del stand de Sólidos Platónicos, que antes estaba en el stand de Bajo la Luna, me dijo con cierta malicia feminista que Schierloh solo cita a escritores hombres. Le di la razón, pero después recordé que en El Maguey aparece Lorrie Moore, aunque es cierto que todo el mundo cita a Lorrie Moore. El libro termina con la ponencia que Schierloh leyó en Guadalajara, donde habla con elocuencia y sin nombrarlo de su proyecto editorial, de esos libros singulares sin ISBN que desafían la obsolescencia programada de los grandes grupos y tiene una consistencia física a partir de su artesanía que los hace insustituibles por versiones digitales.

Terminé leyendo uno de los libros que compré en la librería (me arrepentí de no llevar el de Brautigan, escritor esencialmente schierlohiano) que agrupa dos pequeños ensayos de William Burroughs, Inmortalidad y Los cuatro jinetes del Apocalipsis, ilustrados, epilogados y traducidos (faltaba más) por Schierloh. Los ensayos de Burroughs combinan erudición e imaginación, arte y ciencia, audacia y lucidez. Sugieren que el ser humano es el único que se ha quedado corto en relación con sus posibilidades. Schierloh trata de demostrar lo contrario en lo que a editar libros se refiere.



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