Apuntes en viaje

Culiacán

Comparto el ascensor con una de las chicas y su asistente. La miss va maquillada pero tranquila. Apenas los ojos delineados, un poco de brillo en los labios, las pestañas arqueadas. 18|11|17

Por segunda vez en un mes y pico me toca hospedarme en un hotel donde también duermen sueños dulces las misses. La primera vez fue en Guayaquil. Ahora en Culiacán. Aquellas eran muchachas hermosas, vestidas de fiesta de la mañana a la noche, peinadas, maquilladas, trepadas a tacones altos, los pelos sedosos. Estas son niñas entrando a la adolescencia, catorce o quince años, no más que eso. Participan de un certamen de belleza teenager. Tienen un look más deportivo: calzas, zapatillas, remeras, el pelo atado. Pero al igual que las otras, deben llevar la banda que identifica la ciudad que representan desde que se levantan hasta que se acuestan. Comparto el ascensor con una de las chicas y su asistente. La miss va maquillada pero tranquila. Apenas los ojos delineados, un poco de brillo en los labios, las pestañas arqueadas, y la base mate que trata de tapar el acné.

Las misses grandes se movían delicadas, me acuerdo, se tiraban lánguidas sobre las reposeras de la terraza, agarraban un poco de fruta en el desayuno y un puñadito de cereales, sus movimientos eran lentos como preparados para ser captados por la lente del fotógrafo. Todo parecía estudiado en ellas, ensayado hasta el cansancio. En cambio, las misses chiquitas todavía no logran sujetar a la nena que fueron hasta recién. Así que en el lobby se escuchan sus risitas alborotadas y es posible verlas corretear por los pasillos, ligeras como ciervitos. Toman desayunos de nena: yogur rosa, vasos de leche, una donna grasienta, sólo una, regenteadas por sus asistentes. La van pellizcando en el plato para que les dure un poco más.

Una tarde me quedo comiendo algo en el bar del hotel. Hay unas cuantas misses desparramadas en los sillones, entretenidas con el celular. Y otras van llegando desde la calle. Parece ser día de visita porque vienen acompañadas de chicas más grandes con las que comparten rasgos familiares. Me imagino que, como se quedarán un par de semanas, permiten a parientes y amigos visitarlas un rato, para que no extrañen sus casas, la escuela. Una viene acompañada de un chico tan adolescente como ella: de gorrita, desgarbado, pantalones de rapero. Cada uno trae un tarro de helado de McDonald’s en la mano. Se sientan en una mesita cerca de la ventana. Comen, se miran, se ríen. Se nota que son novios. En un momento el chico va al baño. La pequeña miss, que ya dio cuenta de su helado, agarra el del novio y le roba unas cucharadas. Vuelve a dejarlo en su sitio antes de que el chico regrese.

En mayo pasado, aquí mismo en Culiacán asesinaron al periodista Javier Valdez Cárdenas, en plena calle, al mediodía, saliendo del periódico donde trabajaba. Era un especialista en narcotráfico y, entre muchos libros que en el título llevan la palabra “narco”, escribió uno que se llama Miss Narco. Esas mujeres salidas de concursos de belleza que atraen tanto a los narcos como los animales exóticos (los hipopótamos de Pablo Escobar, que aún vagan por el río Magdalena, o la jirafa que trajo metida en un avión) o el último grito de la moda aquí: los tigres blancos de mascota; esas mujeres, pienso, fueron nenitas como éstas. No creo que alguna de éstas sueñe con ser la esposa de un narco, me imagino que más bien quieren convertirse en modelos, cantantes o estrellas de televisión. Pero quizá alguna o varias terminen siendo esposas de narcos. En Culiacán no sería tan raro ni difícil. Si eso sucede, será dentro de algunos años. Ahora las misses chiquitas tratan de comer tanto helado y tanta donna como no se note y se entretienen mandando audios de WhatsApp a sus amigas que quedaron allá en el pueblo.



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