El adiós a Daniel Viglietti

Daniel Viglietti: cuando la revolución se llama belleza

La despedida a un poeta capaz de “pulsar la cuerda más divina y más secreta que produce música en nuestra alma” 31|10|17

El día en que Maradona cumplió años, el día en que un vendaval de anuncios políticos se abalanzó sobre la Argentina y el día en que graves y extemporáneas acusaciones recayeron sobre Kevin Spacey, fue también el día en que murió el artista uruguayo Daniel Viglietti.

Como su entrañable amigo Mario Benedetti, otro hijo del Uruguay batllista que ofrecía una educación de calidad laica y gratuita, que integraba a sus ciudadanos con un raro balance entre el valor de la libertad y el de la igualdad y que permitía la movilidad social ascendente basada en el mérito, Viglietti había nacido en Montevideo, pero en 1939.

Tenía 78 años, y ha sido recordado en las últimas horas como un ícono de la canción de protesta latinoamericana, una condición necesaria pero no suficiente para conocer el arte de quien nunca tiró sus panfletos al huracán corporativista de la mediocridad musical.

Es que Viglietti era de izquierda, y de izquierda dura. Pero a diferencia de muchos de sus colegas, fue tanto un hombre comprometido con su tiempo y con su discutible ideología como un músico exquisito.

Hijo del investigador y guitarrista de música folclórica Cédar Viglietti y de la pianista clásica Lyda Indart, quien se formó con Walter Gieseking y con Guillermo Kolischer, el autor de “Gurisito”, “El vals de la duna” y “Milonga de andar lejos” creció bajo los efectos de un embrujo que, para surtir efecto, requería concentración pero prometía un tesoro invaluable.

Así, entre Debussy, Ravel, Stravinsky, Beethoven y Manuel de Falla, por un lado, y Abel Fleury, Alberto Carbone, Gardel, Magaldi y Antonio Tormo, por otro, Viglietti se crió con Atahualpa Yupanqui como puente entre dos influencias diversas y de enorme belleza, tal cual lo recordaría él mismo en una entrevista realizada por el periodista y productor uruguayo Rubén Yizmeyián.

Hace pocas horas, Adriana Varela, la reciente ganadora del Premio Gardel, comentó a Perfil: “Mucho antes de ser cantante profesional, de conocerlo y de saber que era un tipo comprometido y lúcido, aparte de un auténtico caballero, yo cantaba las canciones de Daniel en mi casa. Eran épocas horribles, pero esas canciones nos acompañaban siempre. Y nos van a seguir acompañando mucho tiempo más”.

En su cuenta de Instagram, Rubén Rada, uno de los músicos más talentosos en la historia de Uruguay, escribió: “Se fue un grande y la verdad misma”. Pero además las canciones de Viglietti fueron interpretadas por Fernando Cabrera, y su calidad técnica y su sensibilidad como guitarrista fueron elogiadas por Jaime Roos e influyeron a generaciones enteras de cantautores hispanoamericanos, desde Joan Manuel Serrat en adelante.

Como buen hijo de su padre, el discípulo de Abel Carlevaro también realizó una notable tarea como difusor de músicas ajenas, tanto cuando versionaba temas como “Puentecito de mi río”, de Tormo, “Recuerdos del Portezuelo”, de Yupanqui, o “Milonga cañera”, de Zitarrosa, como cuando conducía con voz dulce y envidiable oficio su programa radial “Tímpano”.

Es que Daniel Alberto Viglietti Indart no era solamente un hombre duro, muchas veces solemne y dogmático. También era un tipo que creía auténticamente que “el ser humano y la solidaridad tendrían que ser como el agua y la sed”. Y que podía elevarse por encima de cualquier rencilla para escribir una canción cuyo estribillo reza: “Niña Isabel, la del pelo donde duerme la noche/ Un sueño hecho de pureza, de estrellas, luz del rocío/ Isabel, de piel morena/ Dueña del corazón mío”.

A ese poeta capaz, como enseñaba Wilde, de “pulsar la cuerda más divina y más secreta que produce música en nuestra alma”, es al que miles y miles de personas seguirán evocando mucho después de que se esfumen las cenizas de la despedida que su pueblo le dedica hoy en el Teatro Solís de la ciudad que lo vio nacer y morir.

*Desde Montevideo.



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