Mapuches - Santiago Maldonado

Crónica de un país negado

. 25|08|17
Antes de las palabras Argentina y Chile que no significan nada en su lenguaje. Antes aun de capitanías y virreinatos, la Patagonia no era un páramo ignoto. Un complejo mosaico cultural la habitaba. No eran, no son, carmelitas descalzas. Como nosotros hoy, se autodefinen y afirman con conflictos y alianzas por la tierra y los recursos con otros pueblos, con vecinos de linaje común e incluso parientes. Conflictos que, carentes de un eje nacional, desmienten el relato anacrónico esencialista que avala la usurpación valiéndose de rígidas etiquetas y absurdos ropajes: mapuches chilenos que “bajaron” de los Andes con fusiles ingleses para conquistar a un dócil colectivo tehuelche argentino.

 El Instituto Patagónico de Ciencias Sociales y Humanas, que alberga a los científicos más prestigiosos en la materia, es categórico tanto sobre la legitimidad de su reclamo territorial y su identidad originaria como sobre los mitos que se esgrimen para deslegitimarlos. Lapidaria evidencia de asentamientos mapuches en la pampa que datan del siglo XI, en joyería y metalurgia como los aros de Pitrén. Y tehuelches en el sur de Chile. Densas relaciones de parentesco y continuidad genético-cultural cuya espesura no cede a través de la cordillera. Un sistema de trashumancia estacional los mantiene debajo de la línea de pobreza en la dureza de la estepa yerma a la que los empujó la “conquista” de un desierto que no era tal. Suben los altos andinos durante las “veranadas”, cuando en la primavera la nieve da lugar a verdes mallines para solaz de una exigua hacienda. Bajan a los valles en las “invernadas”, en procura, a veces vana, de mejor clima y pastura. Hoy, en medio de esta dramática belleza, están acorralados. Montañas, que de hogar se hicieron límite, excusa para dividirles la tierra desde ajenos como “las vaquitas” escritorios metropolitanos, y que hoy cercena su acceso a las veranadas. La globalización del mercado inmobiliario pone en valor segmentos antes desdeñados de la geografía extrapampeana que, solapados con sus rutas de movilidad, restringen paso a sus invernadas o, con una violencia mayor a la que les achaca una ministra impasible y su subordinado afecto a las cacerías, se las vuelven estancias con la protección de gobernadores, intendentes,“tropa privada” y gendarmes más baqueanos en alambrados que en hitos. En ocasiones, son rehenes del genuino conflicto entre economía y ambiente, pero un Estado sordo torna lo que en países desarrollados es un factor “a incluir” del crecimiento en mera externalidad, material descartable. Como cuando el fracking de Vaca Muerta se interpuso entre ellos y el acuífero Zapala, y recibieron, como siempre, palos en vez de agua. Por ellos, no por algo ilegal, sino por el artículo 17 inciso 15 de una Constitución que reconoce, entre otros, su derecho ancestral al suelo, lucha Santiago Maldonado. Las exhortaciones a la aparición con vida en los medios dominantes se acompañan de impugnaciones a su persona, a su grupo y a la causa por la que combate. Falacia ad hominem. Mancillar la memoria de alguien in absentia, es un acto de cobardía, hacerlo en base a una tergiversación, es una ofensa aun mayor. ¿Se necesita de un Santiago que “bajó de Sierra Maestra” y toda una comunidad criminalizada para que duela menos su desaparición?, ¿o para evitar la incomodidad de tener que admitir no ser los primeros ni los únicos con derecho a esta tierra?

Aun asumiendo como real la tergiversación, ¿no subyace acaso a tal argumento un intento legitimador de un hecho aberrante mediante la teoría de los dos demonios negando el monopolio de la fuerza del Estado? O vamos a inventar una guerra en la Patagonia junto a la categoría “guerrilla RAM” de la que nada se sabia hasta horas posteriores de la represión en el Lof de Cushamen. A casi un mes de su ausencia, Santiago es una herida abierta que no cerrará sin la verdad, la que nos debe el Ejecutivo nacional por su desaparición.

*Geógrafo UBA. MA, UA, UNY.

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