Defensor de los Lectores

Cómo hacer invisible lo evidente

Es muy interesante hacer una recorrida por las tapas de los diarios cuando suceden acontecimientos que ameritan –por el simple hecho de constituir noticias relevantes– un registro destacado en la portada, sea por títulos de grueso calibre o por fotografías reveladoras de la magnitud del hecho en cuestión. 26|05|18

Es muy interesante hacer una recorrida por las tapas de los diarios cuando suceden acontecimientos que ameritan –por el simple hecho de constituir noticias relevantes– un registro destacado en la portada, sea por títulos de grueso calibre o por fotografías reveladoras de la magnitud del hecho en cuestión. Ese ejercicio de viaje por los medios ofreció ayer una muy interesante valoración comparativa centrada en la multitudinaria manifestación del viernes en el Obelisco y sus aledaños.

Solo el posar la mirada sobre fotografías, videos y transmisiones televisivas en vivo fue suficiente como para calificar la marcha como la mayor que se recuerde en los últimos años. Era, claro, una expresión de protesta colectiva que excedió largamente –en número y composición– la convocatoria que hicieron gremios, organizaciones sociales, políticos de oposición (en particular enrolados en el kirchnerismo), defensores de derechos humanos, artistas, etc. Como bien lo expresó ayer en su columna el Jefe de Redacción de este diario, lo verdaderamente sorprendente fue la enorme cantidad de manifestantes no encuadrados, pertenecientes a todas las clases sociales y claramente no identificados con líderes políticos reconocibles. Ese es un dato que tiene mucho que ver con lo que se observó en las tapas e interiores de los medios.

¿Cuál fue el tratamiento que mereció el suceso? No fue uno sino variado, algo natural si se tienen en cuenta los intereses permanentes o circunstanciales de cada medio. Sin embargo, no puede ser considerado menos que un acto de manipulación y/o autocensura el marginar de las tapas semejante acontecimiento, o brindarle un espacio reducido. Para los dos diarios de mayor circulación, una muchedumbre que algunos exageraron en calcular por encima del millón de personas no merecía ser traducida en imágenes, y en uno de ellos ni siquiera se mencionó el acontecimiento (el otro le brindó un breve título inferior a una columna). Otros dos matutinos –identificados claramente con la oposición– le adjudicaron la tapa completa. PERFIL incluyó la foto de la manifestación en la imagen más destacada de su portada.

Este ombudsman quiere señalar a los lectores del diario lo que considera una clara violación de los principios éticos y de buen oficio que deben cumplir los medios para sostener su credibilidad. Ignorar o minimizar un acontecimiento de tal magnitud hasta casi invisibilizarlo puede servir a intereses empresariales o políticos, pero nunca a la población, y menos aún a los lectores.

En un artículo que tituló “Curso de manipulación periodística”, el periodista Gregorio Morán decía en La Vanguardia de Barcelona en febrero de 2016: “Hay que aprender a leer periódicos. Exige tiempo, atención y cierta agudeza. De ahí el éxito de la televisión; no necesita nada. Uno se planta ante la pantalla, se sienta en la butaca y soporta lo que le echen. El diario es otra cosa. Exige saber leer, y aunque a alguno le parezca un atrevimiento, la mayoría de la gente no sabe leer más allá de un titular”. Y el titular, en el caso que nos ocupa hoy, para colmo estuvo ausente o careció de la entidad merecida por el acontecimiento a registrar.

Lo curioso, o no tanto, es que la acertada valoración de la noticia forma parte del abecé del buen periodismo, y suele ser analizada por las cátedras de formación de nuevos profesionales casi desde las primeras clases del primer año de la carrera. Darle a un acontecimiento su justa medida y tratarlo en consecuencia es parte esencial del buen ejercicio de la profesión, y vale tanto para el redactor (o cronista) como para los editores. Cuánto más para quienes tienen en sus manos la potestad de definir qué hacer en su medio con el hecho en cuestión.

En definitiva, de lo que se habla en esta columna es de manipulación informativa, una acción que insulta a la opinión pública y agravia al periodismo. El costarricense Alfonso Palacios Echeverría dedicó al tema un amplio artículo que publicó en el diario digital ElPais.cr: “La esencia de la manipulación informativa –escribió– radica en el control de las ideas. Por una parte, lo que se repite hasta la saciedad cala entre el público y se convierte en verdad absoluta aunque no lo sea. Ya decía Joseph Goebbels, el artífice de la propaganda nazi, que ‘una mentira repetida mil veces se convierte en verdad’. Por otra parte, de lo que no se habla en los medios de comunicación sencillamente no existe, queda fuera del debate de las ideas y desaparece del espacio público”.

Quienes decidieron dejar fuera del debate de ideas y eliminar del espacio público (o concederle poca importancia) una manifestación de cientos de miles de personas cometieron un acto de censura y manipulación solo aceptable para la edición de un folleto político. No para un diario generalista.



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