Opinión

Billaristas en pantalla

Godard siempre estuvo fascinado por la belleza de las imágenes, de las caras, de la música y de las posibilidades para combinarlas. 22|10|17

Este año, el festival de Valdivia se caracterizó por los premios y los elogios a las películas hechas por mujeres. Pero nuestro momento de epifanía cinematográfica fue más bien masculino y ocurrió el miércoles 11 de octubre. Esa noche daban Grandeur et décadence d’un petit commerce de cinéma, de Jean-Luc Godard y con Flavia nos preparamos todo el día a para ver esa película producida para televisión en 1986, que desapareció del mapa y se exhibió por primera vez en pantalla grande en el último festival de Locarno.

La función de Godard era a las ocho de la noche y, para hacer tiempo, fuimos a ver Dos grandes sinvergüenzas que, por la descripción en el catálogo, parecía no ser parte del material que suelen exhibir los festivales. La copia era en 35 mm pero estaba destruida. Después Raúl Camargo, el director del FIC Valdivia, nos contó que la había programado nuestro amigo Gonzalo Maza con el argumento de que cualquier película sobre jugadores de billar es una película de culto. Filmada en 1989, The Baltimore Bullet cuenta cómo James Coburn (uno de los tipos más simpáticos de la historia del cine) y su joven socio Bruce Boxleitner recorren los salones de provincia engañando a los parroquianos locales (en el origen de la película está The Hustler, de Robert Rossen, cuya secuela filmó Scorsese en El color del dinero) esperando que su gran rival, el playboy-aristócrata-mafioso que hace Omar Shariff salga de la cárcel. El dúo es mucho más plebeyo y mientras Shariff anda en Rolls-Royce, los otros usan un coche destartalado y se disputan a la deliciosa Ronee Blakely. En un momento de la película, Coburn y Boxleitner se asombran mirándole el escote a la camarera. Uno dice que las tetas son de silicona y el otro que son naturales. Apuestan veinte dólares y, para saldar la cuestión, Boxleitner sigue a la chica a la cocina desde donde se escuchan gritos y ruido de platos rotos. Desde luego que esa escena ingenua, divertida y elegante no podría filmarse hoy. Pero el resto de la película tampoco: hay algo en ese cine que resulta irrepetible y es su buen humor visceral, su alegría y hasta el desprecio por el dinero que los protagonistas simulan perseguir. Hay en ella una cierta armonía con el mundo que no se parece a la resignación ni al arribismo.

Salimos levitando del cine y averiguamos que el director Robert Ellis Miller murió este año tras una larga campaña en cine y televisión y pocas referencia a su estatus autoral. Todo lo contrario de Godard, en principio. Sin embargo, Grandeza y decadencia... no pertenece a otro universo que The Baltimore Bullet. Godard siempre estuvo fascinado por la belleza de las imágenes, de las caras, de la música y de las posibilidades del cine para combinarlas. Esta película absurdamente secreta hasta ahora es un Godard mayor y uno de los más luminosos. Viene con Jean-Pierre Léaud (el actor que nunca tuvo una escena mala), las apariciones de Joplin, Dylan, Cohen, Mitchell y Bartok en la banda sonora, el homenaje más emocionante que el cine haya hecho a sus actores y una demostración de que la cinefilia no reconocía nichos y podía combinar una mirada ácida sobre el mundo con la arrogancia de saberse la única ideología contemporánea capaz de comunicarse de lleno con la felicidad. Godard siempre fue un gran jugador de pool.



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